En una mano sujeta el vaso con agua, y con la otra
aprisiona algo en su interior. No puede ver su cuerpo. Todo está oscuro. No
tiene miedo, pero se desespera por no saber qué es lo que sucede. Mira hacia el
piso y se da cuenta que está descalzo. Comienza a temblar sin poder soltar el
vaso, sin poder abrir la mano y ver qué es lo que sujeta.
Jorge abre los ojos segundos antes de que el despertador
suene. Se queda mirando como avanzaba el segundero, mientras la música se apoderaba de la habitación.
Trata de recordar su sueño, pero no puede. Sale de la cama, y al estirarse
siente un piquete en el cuello. Se soba, pero no hay mejoría. Tiene la mano
acalambrada. Cierra los ojos, hace un último esfuerzo para recordar qué es lo
que ha soñado, pero nada llega a él. Después del baño y el desayuno el piquete
regresa, pero con menor intensidad y se mantiene hasta que llega a la oficina.
Una línea blanca pintada en el piso. Una línea que le
indica el camino. Jorge está descalzo, posa cada pie con mucho cuidado para no
salirse de la línea. Primero el izquierdo, luego el derecho. Pasos pequeños y certeros.
Mueve sus manos, es como si quisiera reconocerlas. Con una sujeta un vaso, pero
la otra no puede verla. Quiere moverse, pero no puede. Es como si estuviera
prisionero dentro de su cuerpo. Jorge sabe que su mano está ahí, puede
sentirla, pero no la ve. Intenta agacharse para observar su mano frente a la
línea de luz, pero no lo logra, sigue avanzando de manera automática sobre la
línea. El sonido del agua cayendo gota a gota cerca de él, pero sin tocarlo. Jorge
voltea para mi mirar, pero no hay luz, no ha nada. Cierra lo ojos, trata de
recordar cada mueble de la habitación, hacer un mapa para no perderse en la
oscuridad.
Jorge se despierta segundos antes de que el
despertador suene. Se sienta en la orilla de la cama. Se siente confundido,
cansado. El frío del piso le hace mirar el piso. No hay ninguna línea blanca.
Se lleva las manos a la cabeza. Enciende la lámpara. Apaga el despertador y
bebe el agua que ha dejado sobre la mesa de noche. Otra vez un calambre en la
mano lo acongoja. Otra vez se mantiene hasta que llega a la oficina.
Sus pies le parecen distantes, lejanos. Sigue la línea
blanca. Marcha sobre la luz y alrededor de la oscuridad. Ahí está otra vez el
vaso, y la mano cerrada. Avanza sin saber hacia donde se dirige. Jorge quiere
salir, pero no sabe si está adentro o afuera, si su caminata lo llevará hacia
algún lugar. Quiere huir. A lo lejos la cama y la mesa de noche comienzan a
iluminarse. El paso de Jorge se vuelve más lento, presiente que al llegar a la
cama su mano se abrirá, y por fin, sabrá qué es lo que aprisiona con tanta
fuerza.
El despertador siempre suena a las seis, pero Jorge lo
mira, y ya no escucha la música. Ha estado esperando que el segundero termine
su ciclo para poder salir de la cama. Espera este momento toda la noche, cada noche.
No deja de pensar en el amanecer. Naranja, rojo, rosa, cualquier color que le
recuerde que el día ha llegado. Se sienta en la orilla de la cama, mira a
través de la ventana. Tiene frío. Todo es parte de una cadena: el vaso, el piso
frío y el calambre en la mano.
La cama y la mesa comienzan a perder su color pálido.
La imagen y su forma se vuelven reales. La lámpara desaparece. Las gotas llenan
poco a poco el vaso que descansa sobre la mesa El segundero juega con las manos
de Jorge. Se reposa sobre la izquierda, danza en la derecha. No hay luz blanca.
Toda la habitación está iluminada de rojo, naranja, y ámbar. La gran sinfonía
de colores inunda cada rincón de la habitación. No hay amanecer, sólo el
contoneo del frasco ámbar que crece poco a poco sobre la mesa de noche, sobre
los sueños de Jorge.
—Te ves horrible―le dice su compañera de trabajo.
—Gracias―contesta Jorge.
― ¿Qué te pasa?—insiste la mujer.
―Nada, sólo he tenido una mala noche, cada noche―Aclara.
— ¡Ah! Ahora entiendo, problemas de sueño.
—Sí, no he logrado dormir bien.
—A mí me recetaron unas pastillas que hacen maravillas― la mujer busca
en su bolsa y le extiende un frasco— Sólo tómate la mitad antes de irte a
dormir y te vas a sentir mejor.
Jorge toma el frasco, no se detiene a observarlo, lo
guarda presuroso dentro de la bolsa de su pantalón. No hace preguntas sólo le
agradece a su compañera. Dibuja una semi sonrisa en su rostro cansado y se
aleja.
Por la noche Jorge coloca el vaso con agua en la mesa.
Programa el despertador. Apaga la lámpara. Da un giro, dos giros y no puede
conciliar el sueño. Ya van tres, quizás cuatro semanas sin poder dormir más de
cuatro horas. No sabe qué es lo que le sucede. Intenta controlar su
respiración. Escucha a Mozart, a Chopin, Beethoven. Le recomiendan beber leche
caliente. Darse una ducha antes de dormir. Hacer yoga. Escuchar música para
meditar. Hacer ejercicio, pero nada, absolutamente nada le ayuda. Dentro de su
pantalón el frasco palpita para anunciar su presencia.
Sentado en la orilla de la cama, alumbrado por la luz
del amanecer, Jorge contempla el vaso sobre la mesa, el reloj sin manecillas y
el frasco ámbar. Jorge sonríe. La línea de luz blanca ha desaparecido. Acaricia
una y otra vez la marca en su mano, ahora libre del sueño y su prisión.