miércoles, 24 de julio de 2013

CICLOS ONÍRICOS

En una mano sujeta el vaso con agua, y con la otra aprisiona algo en su interior. No puede ver su cuerpo. Todo está oscuro. No tiene miedo, pero se desespera por no saber qué es lo que sucede. Mira hacia el piso y se da cuenta que está descalzo. Comienza a temblar sin poder soltar el vaso, sin poder abrir la mano y ver qué es lo que sujeta.

Jorge abre los ojos segundos antes de que el despertador suene. Se queda mirando como avanzaba el segundero, mientras  la música se apoderaba de la habitación. Trata de recordar su sueño, pero no puede. Sale de la cama, y al estirarse siente un piquete en el cuello. Se soba, pero no hay mejoría. Tiene la mano acalambrada. Cierra los ojos, hace un último esfuerzo para recordar qué es lo que ha soñado, pero nada llega a él. Después del baño y el desayuno el piquete regresa, pero con menor intensidad y se mantiene hasta que llega a  la oficina.

Una línea blanca pintada en el piso. Una línea que le indica el camino. Jorge está descalzo, posa cada pie con mucho cuidado para no salirse de la línea. Primero el izquierdo, luego el derecho. Pasos pequeños y certeros. Mueve sus manos, es como si quisiera reconocerlas. Con una sujeta un vaso, pero la otra no puede verla. Quiere moverse, pero no puede. Es como si estuviera prisionero dentro de su cuerpo. Jorge sabe que su mano está ahí, puede sentirla, pero no la ve. Intenta agacharse para observar su mano frente a la línea de luz, pero no lo logra, sigue avanzando de manera automática sobre la línea. El sonido del agua cayendo gota a gota cerca de él, pero sin tocarlo. Jorge voltea para mi mirar, pero no hay luz, no ha nada. Cierra lo ojos, trata de recordar cada mueble de la habitación, hacer un mapa para no perderse en la oscuridad.

Jorge se despierta segundos antes de que el despertador suene. Se sienta en la orilla de la cama. Se siente confundido, cansado. El frío del piso le hace mirar el piso. No hay ninguna línea blanca. Se lleva las manos a la cabeza. Enciende la lámpara. Apaga el despertador y bebe el agua que ha dejado sobre la mesa de noche. Otra vez un calambre en la mano lo acongoja. Otra vez se mantiene hasta que llega a la oficina.

Sus pies le parecen distantes, lejanos. Sigue la línea blanca. Marcha sobre la luz y alrededor de la oscuridad. Ahí está otra vez el vaso, y la mano cerrada. Avanza sin saber hacia donde se dirige. Jorge quiere salir, pero no sabe si está adentro o afuera, si su caminata lo llevará hacia algún lugar. Quiere huir. A lo lejos la cama y la mesa de noche comienzan a iluminarse. El paso de Jorge se vuelve más lento, presiente que al llegar a la cama su mano se abrirá, y por fin, sabrá qué es lo que aprisiona con tanta fuerza.

El despertador siempre suena a las seis, pero Jorge lo mira, y ya no escucha la música. Ha estado esperando que el segundero termine su ciclo para poder salir de la cama. Espera este momento toda la noche, cada noche. No deja de pensar en el amanecer. Naranja, rojo, rosa, cualquier color que le recuerde que el día ha llegado. Se sienta en la orilla de la cama, mira a través de la ventana. Tiene frío. Todo es parte de una cadena: el vaso, el piso frío y el calambre en la mano.

La cama y la mesa comienzan a perder su color pálido. La imagen y su forma se vuelven reales. La lámpara desaparece. Las gotas llenan poco a poco el vaso que descansa sobre la mesa El segundero juega con las manos de Jorge. Se reposa sobre la izquierda, danza en la derecha. No hay luz blanca. Toda la habitación está iluminada de rojo, naranja, y ámbar. La gran sinfonía de colores inunda cada rincón de la habitación. No hay amanecer, sólo el contoneo del frasco ámbar que crece poco a poco sobre la mesa de noche, sobre los sueños de Jorge.


—Te ves horrible―le dice su compañera de trabajo.
—Gracias―contesta Jorge.
― ¿Qué te pasa?—insiste la mujer.
―Nada, sólo he tenido una mala noche, cada noche―Aclara.
— ¡Ah! Ahora entiendo, problemas de sueño.
—Sí, no he logrado dormir bien.
—A mí me recetaron unas pastillas que hacen maravillas― la mujer busca en su bolsa y le extiende un frasco— Sólo tómate la mitad antes de irte a dormir y te vas a sentir mejor.

Jorge toma el frasco, no se detiene a observarlo, lo guarda presuroso dentro de la bolsa de su pantalón. No hace preguntas sólo le agradece a su compañera. Dibuja una semi sonrisa en su rostro cansado y se aleja.
  
Por la noche Jorge coloca el vaso con agua en la mesa. Programa el despertador. Apaga la lámpara. Da un giro, dos giros y no puede conciliar el sueño. Ya van tres, quizás cuatro semanas sin poder dormir más de cuatro horas. No sabe qué es lo que le sucede. Intenta controlar su respiración. Escucha a Mozart, a Chopin, Beethoven. Le recomiendan beber leche caliente. Darse una ducha antes de dormir. Hacer yoga. Escuchar música para meditar. Hacer ejercicio, pero nada, absolutamente nada le ayuda. Dentro de su pantalón el frasco palpita para anunciar su presencia.

Sentado en la orilla de la cama, alumbrado por la luz del amanecer, Jorge contempla el vaso sobre la mesa, el reloj sin manecillas y el frasco ámbar. Jorge sonríe. La línea de luz blanca ha desaparecido. Acaricia una y otra vez la marca en su mano, ahora libre del sueño y su prisión.