jueves, 21 de noviembre de 2013

BESTIARIO

De mi poemario Bestiario, ganador de 2do. Lugar en en la categoría de Poesía en el XIV Premio de Filosofía y Letras 2013. 


MOSCA
Este no es tu sitio
ni tu espacio.
Miles de veces el mismo lugar invadido,
zumbido infinito.
Alguien debería darte un trozo de pan,
eterna queja alada.
Todo el espacio es tuyo,
Diminutas marcas negras delatan tu atropello.
Retrocedes y el tiempo te pertenece,
nace dentro de ti algo efervescente,
rebasa tu cuerpo
y nos salpica a todos.
Ira alada,
 atraviesas,
irrumpes cada centímetro,
tus marcas están sobre todas las cosas.
Nada te pertenece,
deseas todo para ti,
incluso lo que no ha sido creado.

Quisiera responder sólo ante  el estimulo de la seda sensorial,
posarme con libertad,
estirarme encima de todos,
ir destapando cada poro,
rellenar los huecos
y agitar,
ver volar a todos
los miles de zumbidos siguiéndote,
venerándote,
preparando el cañón que te borrará.

Quisiera estirar tus alas
hacerte parte de mi colección.




LA PULGA

Ni el manto de tu madre nos mantendrá a salvo.
Siempre te perseguirá tu estirpe,
padre de tus sobrinos,
has condenado a que se repliquen generaciones
todas las voces serán iguales
y ante el espejo la ansiedad.
El terror será tu única recompensa,
trotador de mundos femeninos para siempre fecundados.

Ante ti caerán todas las leyes,
que vengan todas las voces en un solo reclamo,
que vengan y exijan tu cabeza,
tú, el que nunca conocerá la luz,
el por siempre no nacido.

Ansiedad y quebranto, tu legado
de suciedad y lamento,
brinca, brinca, permite que tus hermanas se alejen,
y dentro la historia
del infinito que respira
la eternidad. 

Ivonne Vira 

domingo, 29 de septiembre de 2013

ASÍ NO SE TOMA UN LIBRO

A mi lado un niño lee, bueno en realidad deletrea. Me hace recordar viejos y dolorosos tiempos. ¡Pobre niño!

Lo veo y pienso en mí. Hoy puedo sin ningún problema leer un libro completo, devorarlo, después ir  a la búsqueda del siguiente, y el siguiente. Ese es un camino que no tiene fin.

Miro al niño y no puedo dejar de pensar en lo difícil que eran antes las palabras. Unas largas, larguísimas y casi incomprensibles. Mundos perfectos y lejanos venían a mi mente cuando una ene incomprensible me llevaba lejos, y una vocal traicionera con cara de a que siempre amenazaba con sonar como o. Yo deletreaba, leer, nunca. Era un sueño que creí inalcanzable.

La señora que martiriza al niño lo amenaza, le da un libro. ¡Demonios! ¿Es esa la biblia? Me muevo, hago acrobacias y compruebo que no, no es la biblia, y por más que me estiro, no logro ver nada, no sé con qué bloque pretende iniciarlo en la lectura.

Lo que veo es un libro enorme, sin ilustraciones, letra diminuta que ni en mis peores pesadillas llegaría a imaginar. Realmente se ve pesado, se le resbala de sus pequeñas manos. "Así no se toma un libro" lo regaña. 

Que alguien venga y le dé un golpe a esa señora que insiste en que el niño lea en voz alta. ¿Aquí, en medio de tanto adulto desconocido? ¿En serio?

El niño deletrea en voz baja, bajísima. Le señora le reclama porque no se le entiende nada. Por supuesto que no se entiende nada. Yo le hago gestos al niño y se ríe. Quiero llamarlo y decirle que  esos garabatos no son sus enemigos, que a su edad yo tampoco podía ni quería leer. Deseo compartir con él que por algún tiempo será una pesadilla, un juego atroz,  pero un día, lejos de la mirada de esa señora, lejos de nuestros oídos y esos ¡librotes!, por fin encontrará uno que reclame ser leído. Uno que esté tan solo como él y sin las exigencias de nadie, sólo así podrá leer libremente, pero no aquí enfrente de mí y en medio de tanta humillación.


Lejos de mi ensueño el niño regresa la mirada al libro, pasa las páginas más aburrido que enojado. La señora me mira y yo, después de verlo sufrir, le pregunto si quiere escuchar una historia. La señora me vuelve a mirar un poco asustada y el niño asiente animado. Comienzo mi relato, le confieso que yo leo libros para niños y ambos me miran incrédulos. Al final del relato le hablo de esas cosas raras llamadas bibliotecas públicas y la que pone cara de susto es la señora, pero yo le sonrió, le dedico la blancura más macabra que he venido reservando desde mi primera lectura. Pienso en ella, en la señora ¿será que volverá a señalar y sacar libros, obligará otra vez al niño a leer? ¿En voz alta, en público? ¿Volverá a disfrutar de esa malicia? Yo quiero que la señora se acuerde de mí, que nunca olvide este día. El niño me escucha y me pregunta por ese señor que escribe como si fuera un niño.

lunes, 16 de septiembre de 2013

GALERÍA

Afuera una calle llena de asistentes y un cristal sucio.

Adentro la explicación acelerada y un poco atropellada de un adolescente que no termina de entender qué hace ahí un viernes por la tarde. Una pareja que deambula por las salas sin saber bien a bien qué es lo que tienen enfrente.

En los pasillos la gente se turna para entrar y salir. Pasan de un artista a otro y  pareciera que no tienen relación alguna.

Dos manos por fin se unen y los sonidos dentro de sus cuerpos va en aumento.

Alguien pide que guarden silencio, que contengan el aire y miren con mucha atención la escultura que tienen enfrente. Por un momento todo se pausa y nadie se atreve a moverse.

Una sinfonía de miradas contemplan el beso de la pareja, el resto no saben si es un performance o un hecho aislado. Nadie se mueve. El guía se ha quedado sin palabras.

Los asistentes abandonan la sala, algunos esperan ver un poco más de los nuevos artistas anónimos.

PUM PUM PUM

Los cuadros miran indignados a los nuevos amantes. Se corre el rumor de nuevas tendencias.

El arte ya no es el mismo de antes —dice unos de los presentes― ahora ya nada es lo que parece. Ahora todo es una puesta en escena.

Los pasillos se van despejando. Los guías dan una explicación diferente a cada grupo, haciéndola cada vez más compleja  y sin sentido. 

La pareja se pierde entre la multitud, su función ha terminado o una nueva está por iniciar en un nuevo lugar.


―Viste esos que fingían darse un beso —escucha el limpia vidrios en la calle. La fila ha disminuido. 

martes, 3 de septiembre de 2013

SEÑAS PARTICULARES


Miro mi cuerpo. Me detengo y lo contemplo de un lado hacia el otro, pero nada encuentro. Ni un centímetro me parece que sea diferente. Ahora lo veo de arriba hacia abajo tratando de encontrar algo que resalte. Lo único que noto son mis pies a la distancia, se ríen de mí. Mis brazos, aunque cercanos, siempre establecen cierta lejanía, y al igual que mis manos son casi incapaces de emitir calor. 

Deseo encontrar algo, no importa si es grande o insignificante, sólo quiero descubrirlo, saber que existe. No busco que me haga diferente a los demás, tampoco estoy buscando un detalle que de pronto me cargue de significado o me reformule. No, sólo busco una característica para que en caso de extravío puedan identificarme fácilmente. Sí, es eso lo que busco.

Le comento a la gente que me rodea qué es eso que podría hacerme diferente y lo primero que obtengo es una mueca no sé es de sorpresa o incredulidad, otros me contestan con una sonrisa incómoda; los más sinceros, y sospecho que menos creativos, se salen por la tangente preguntándome si eso de verdad importa. Luego viene el típico discurso de la belleza y yo pienso en que sólo era una pregunta, al final decido no volver a formularla.

Dependiendo del lugar desde el que se mira la vista será distinta. Por ejemplo, yo siempre he sido alta y no es algo de lo que me sienta orgullosa. Al salir a la calle lo olvido. Me mezclo entre la multitud y no hay estatura que haga la diferencia. Todos, absolutamente todos los que me conocen me han dicho que soy afortunada, pero no tienen ni la más mínima idea de lo que hablan. Para mí ser alta siempre ha sido algo engorroso y molesto. Cuando cumplí veinte, y por fin, dejé de pesar 45 kilos fui feliz, infinitamente feliz. Ir a comprar ropa y zapatos dejó de ser un mero requisito y por algún tiempo hasta lo encontré entretenido. Sospecho que si algún día me sincero con la gente y les digo lo que pienso se alarmarán y dirán que he perdido la razón o que no me basta con ser alta, sino que también tengo que exagerarlo. Insisto, es cuestión del lado desde el que se esté mirando, y no importa que se comparta la misma vista, lo que está ahí no es precisamente lo que todos ven. 

Recuerdo cuando compré mi uniforme de la secundaría. Al llegar con la señora que los vendía gritó al instante: ¡Otro especial! Las señoras que la ayudaban comenzaron a reír. ¿Qué demonios era un especial? Eso lo descubrí después y fue la sombra que me siguió por algún tiempo. Fue entonces que “Especial” comenzó a significar: Largo en el caso de vestidos (los que evité a toda costa), faldas (sólo la del uniforme) y pantalones (mis únicos aliados), pero angostos, muy angostos de la cintura. En otras palabras, especial se convirtió en una pesadilla. Creo, porque ahora no lo recuerdo muy bien, que la palabra especial me provocaba un malestar instantáneo.

Hubo un tiempo en el que creí que nunca dejaría de crecer. Desde siempre sentí lejanos mis pies y manos. Buscar cualquier tipo de prenda de vestir se convertía en una aventura para mi familia y para mí en crucifixión y casi nunca había la esperanza de resucitar. Hubo un tiempo en que me fastidiaron por no caminar derecha, lo que se dice exageradamente derecha e intenté caminar como orangután, de verdad que me esforcé, pero la falta de habilidad y masa corporal en los brazos, vino a echar abajo mis planes. 

Ser la más alta, en un lugar donde los pequeños reinaban me trajo grandes problemas y a veces algunas responsabilidades. Casi nunca me pude mover con soltura, en cualquier parte había un par de ojos que me observaban. Aprendí a engañar a la lupa que me seguía. Tuve que aprender a escabullirme, a no hablar fuerte y a no sonreír. Sonreír dentro del salón de clases ameritaba un reporte, una tarea extra o pasar al pizarrón: —Tú, la alta de atrás, mucha risa ¿no? ¿qué es lo acabo de decir?

Nada estaba de mi lado, al menos eso fue lo que creí por un largo tiempo. Una pasaba de una etapa a otra y en cada una iba perdiendo un poco de mí, suprimiendo para no opacar a nadie. De pronto los huesos crecen un poco más, el humor cambia y la que camina ya no es una persona, sino una adolescente y la etiqueta ahuyenta a cualquiera. Y fue en uno de esos momentos, en los que las penas y los tormentos me agobiaban, cuando justo después de ese instante en el que te estiras y tratas de relajar el cuello, entre que sonríes y respiras que me vi atravesada por un: “siempre me ha gustado la mancha de tu diente, no sé, se ve chida” así sin ninguna explicación o un comentario previo. Eso que antes era un defecto se convirtió en una cualidad. 

Sorprendida seguía avanzando, tratando de no dar pasos tan amplios para estar a la altura de los demás, pero los pasos no fueron lo demasiado cortos para que alguien más me hiciera ver que la bendita mancha era una cosa linda, claro que eso se dio mucho después y bajo otras circunstancias. Quién hubiera pensado que una mancha blanca en el diente (de conejo) se vería linda. Y luego otro fisgón ―al que por supuesto se le agradece la observación―, señaló otra mancha, en realidad un lunar. Sí, un lunar en el brazo izquierdo, justo arriba del codo y que cambia de color. Nadie puede creer que dependiendo de la temperatura corporal pueda ir del granate, al rojo coral, a veces pasando por el color teja y en algunas ocasiones termina por instaurarse en el color naranja, aunque eso casi nunca pasa. 

Yo lo veo y digo que parece un trébol, alguien más me ha dicho que es una flor y los menos que es una isla o una mancha cualquiera. Una tía con claros tintes alarmistas me dijo que era cáncer. Sí, cáncer. Me sentenció a una muerte prematura, pero aquí seguimos el lunar y yo. 

Recuerdo que hubo un tiempo en el que me jactaba del lunar, nadie más de mi familia tenía uno igual, y supongo que por eso andaba por el mundo saludando extraños y ensañando “El Lunar”. ―Mire señor, señora, es único y cambia de color. ¿Cuántas veces lo repetí? ¿Alguna vez me cansé? Ahora huyo de la gente, a veces ni mi nombre completo doy, por supuesto que el lunar ha pasado a convertirse en un anónimo más. 

Pienso otra vez en la forma del lunar, en su color y no puedo encontrar un significado especial, ni el color ni el tamaño, igual y si hubiera estado en alguno de los hombros, pero hubiera parecido moretón y ninguna responsabilidad debe caer sobre esa mancha marrón. Sólo es una necedad esa de querer darle algún significado porque después de todo sólo es una marca —me repito― nada extraordinario. 


miércoles, 24 de julio de 2013

CICLOS ONÍRICOS

En una mano sujeta el vaso con agua, y con la otra aprisiona algo en su interior. No puede ver su cuerpo. Todo está oscuro. No tiene miedo, pero se desespera por no saber qué es lo que sucede. Mira hacia el piso y se da cuenta que está descalzo. Comienza a temblar sin poder soltar el vaso, sin poder abrir la mano y ver qué es lo que sujeta.

Jorge abre los ojos segundos antes de que el despertador suene. Se queda mirando como avanzaba el segundero, mientras  la música se apoderaba de la habitación. Trata de recordar su sueño, pero no puede. Sale de la cama, y al estirarse siente un piquete en el cuello. Se soba, pero no hay mejoría. Tiene la mano acalambrada. Cierra los ojos, hace un último esfuerzo para recordar qué es lo que ha soñado, pero nada llega a él. Después del baño y el desayuno el piquete regresa, pero con menor intensidad y se mantiene hasta que llega a  la oficina.

Una línea blanca pintada en el piso. Una línea que le indica el camino. Jorge está descalzo, posa cada pie con mucho cuidado para no salirse de la línea. Primero el izquierdo, luego el derecho. Pasos pequeños y certeros. Mueve sus manos, es como si quisiera reconocerlas. Con una sujeta un vaso, pero la otra no puede verla. Quiere moverse, pero no puede. Es como si estuviera prisionero dentro de su cuerpo. Jorge sabe que su mano está ahí, puede sentirla, pero no la ve. Intenta agacharse para observar su mano frente a la línea de luz, pero no lo logra, sigue avanzando de manera automática sobre la línea. El sonido del agua cayendo gota a gota cerca de él, pero sin tocarlo. Jorge voltea para mi mirar, pero no hay luz, no ha nada. Cierra lo ojos, trata de recordar cada mueble de la habitación, hacer un mapa para no perderse en la oscuridad.

Jorge se despierta segundos antes de que el despertador suene. Se sienta en la orilla de la cama. Se siente confundido, cansado. El frío del piso le hace mirar el piso. No hay ninguna línea blanca. Se lleva las manos a la cabeza. Enciende la lámpara. Apaga el despertador y bebe el agua que ha dejado sobre la mesa de noche. Otra vez un calambre en la mano lo acongoja. Otra vez se mantiene hasta que llega a la oficina.

Sus pies le parecen distantes, lejanos. Sigue la línea blanca. Marcha sobre la luz y alrededor de la oscuridad. Ahí está otra vez el vaso, y la mano cerrada. Avanza sin saber hacia donde se dirige. Jorge quiere salir, pero no sabe si está adentro o afuera, si su caminata lo llevará hacia algún lugar. Quiere huir. A lo lejos la cama y la mesa de noche comienzan a iluminarse. El paso de Jorge se vuelve más lento, presiente que al llegar a la cama su mano se abrirá, y por fin, sabrá qué es lo que aprisiona con tanta fuerza.

El despertador siempre suena a las seis, pero Jorge lo mira, y ya no escucha la música. Ha estado esperando que el segundero termine su ciclo para poder salir de la cama. Espera este momento toda la noche, cada noche. No deja de pensar en el amanecer. Naranja, rojo, rosa, cualquier color que le recuerde que el día ha llegado. Se sienta en la orilla de la cama, mira a través de la ventana. Tiene frío. Todo es parte de una cadena: el vaso, el piso frío y el calambre en la mano.

La cama y la mesa comienzan a perder su color pálido. La imagen y su forma se vuelven reales. La lámpara desaparece. Las gotas llenan poco a poco el vaso que descansa sobre la mesa El segundero juega con las manos de Jorge. Se reposa sobre la izquierda, danza en la derecha. No hay luz blanca. Toda la habitación está iluminada de rojo, naranja, y ámbar. La gran sinfonía de colores inunda cada rincón de la habitación. No hay amanecer, sólo el contoneo del frasco ámbar que crece poco a poco sobre la mesa de noche, sobre los sueños de Jorge.


—Te ves horrible―le dice su compañera de trabajo.
—Gracias―contesta Jorge.
― ¿Qué te pasa?—insiste la mujer.
―Nada, sólo he tenido una mala noche, cada noche―Aclara.
— ¡Ah! Ahora entiendo, problemas de sueño.
—Sí, no he logrado dormir bien.
—A mí me recetaron unas pastillas que hacen maravillas― la mujer busca en su bolsa y le extiende un frasco— Sólo tómate la mitad antes de irte a dormir y te vas a sentir mejor.

Jorge toma el frasco, no se detiene a observarlo, lo guarda presuroso dentro de la bolsa de su pantalón. No hace preguntas sólo le agradece a su compañera. Dibuja una semi sonrisa en su rostro cansado y se aleja.
  
Por la noche Jorge coloca el vaso con agua en la mesa. Programa el despertador. Apaga la lámpara. Da un giro, dos giros y no puede conciliar el sueño. Ya van tres, quizás cuatro semanas sin poder dormir más de cuatro horas. No sabe qué es lo que le sucede. Intenta controlar su respiración. Escucha a Mozart, a Chopin, Beethoven. Le recomiendan beber leche caliente. Darse una ducha antes de dormir. Hacer yoga. Escuchar música para meditar. Hacer ejercicio, pero nada, absolutamente nada le ayuda. Dentro de su pantalón el frasco palpita para anunciar su presencia.

Sentado en la orilla de la cama, alumbrado por la luz del amanecer, Jorge contempla el vaso sobre la mesa, el reloj sin manecillas y el frasco ámbar. Jorge sonríe. La línea de luz blanca ha desaparecido. Acaricia una y otra vez la marca en su mano, ahora libre del sueño y su prisión.


jueves, 20 de junio de 2013

Cuenta cuentos


―¿En qué me quedé? ¿Qué te estaba diciendo?― me preguntas. 
Yo subo los hombros e inicias nuevamente el relato. Veo tu boca moverse, pero no escucho lo que dices. No tiene sentido ponerte atención, al menos, no desde el principio. Ambos sabemos que tienes un talento natural para mejorar tus historias, por eso ahora te ignoro.  Sé que la próxima vez que inicies el relato te darás cuenta de los errores del pasado, llenarás los huecos, cambiarás el adjetivo que viene sobrando, y entonces sí, ¡Qué historia!

domingo, 9 de junio de 2013

Basta que alguien haga un poco de ruido, que grite para que el resto de la gente tiemble de miedo, pero yo no me muevo. Me quedo quieta para ver cómo es que los demás reaccionan. Me gusta ver en sus caras esa expresión de dolor y desconcierto, de alguna forma eso me hace pensar en ti. Tu recuerdo me habita una vez más. Corro y me siento a un lado de la ventana. Jalo tu sillón y me acomodo como tú solías hacerlo. Levanto al gato del suelo y lo pongo en mi regazo. Después de un rato todos se calman. El temblor se ha terminado.

Pasa el tiempo y ninguno de los dos nos movemos. El gato no hace ningún ruido y mi respiración es lenta, casi tranquila, entonces sé que te he fallado, porque no he podido mantenerme despierta, como tú.

 El gato se vuelve a mover. Ahora todos se acercan y comienzan a contar su historia. Yo no quiero escucharlos, no quiero enterarme de nada, sólo quiero estar aquí y ver la desesperación en sus caras, el dolor en sus ojos, pero sonríen, se alegran de que todo haya pasado. Por supuesto que me desilusiono y quiero que se vuelva a repetir la escena. Deseo con fuerza verlos correr una vez más, pero el gato se vuelve a mover. Se va. Entonces entiendo que la función se acabó.


Quiero cerrar otra vez los ojos, ver un poco más allá, pero no me lo permites. Me pongo de pie, coloco tu sillón en el sitio de siempre y me marcho. Te dejo ahí, a ti y a tu gato, a la tempestad que un día despertaste, y de la cual, ahora no puedo liberarme. 

viernes, 10 de mayo de 2013

NO CORRO, NO GRITO, Y LO DEMÁS TAMPOCO ME IMPORTA.



Nos piden que abandonemos el salón en silencio, y por supuesto no hay quejas. Nadie le encuentra inconveniente alguno de salir del salón por más de quince minutos bajo el rayo del sol. Las posibilidades de diversión son infinitas. ¡Uff!

Camino entre ellos. No me quejo, después de todo debemos descansar un poco. ¿Descansar? ¿Será que es muy agotador estar en la sombra sin hacer nada? ¿De esperar media hora por una firma que te llevará al ridículo: Sí cumplió?  

Nos concentramos en el patio. Todos buscamos el lugar que nos reguardara del peligro. A lo lejos los maestros se reúnen, el director comienza a dar los oportunos avisos y aclara que se trata de un simulacro. Por supuesto que es un simulacro, en una verdadera emergencia nadie sabe cómo debe reaccionar. Correr, gritar, buscar a los amigos o ponerse a llorar son las únicas opciones que les parecen lógicas o inmediatas.

Me siento y guardo silencio. Alguien se queja y otro más dice que le importa un carajo cuánto tiempo nos tomó desalojar los edificios. Nos regañan y nos recuerdan lo que se debe hacer, cómo se debe reaccionar. ¿Cómo se debe reaccionar? Para qué hacerlo, vivir bajo el cobijo de la ignorancia ha resultado bien hasta el momento. ¿Qué decir? No hay manuales, no importa cuánto tiempo te plantes enfrente del espejo y lo repitas, el fenómeno del reflejo no te dirá ni te mostrará nada, porque no hay magia ni ilusión potente detrás del reflejado.  No la hay.

¿Qué mañana no hay clases? La ovación es inmediata, ¿pero la felicidad es genuina? ¿De verdad lo es? Cuchicheos alrededor. Planes abundantes y carentes de creatividad. Maestros leones rondándonos, callando nuestro deseos. Respira, disfruta el sol, mañana el encierro.

No puedo dejar de pensar que el simulacro después del simulacro es lo genuino, lo único, lo real, el pan de cada día. Nosotros, sí, todos nosotros los personajes protagonistas celebrando, sólo eso, celebrando la dicha de la ignorancia.

La vida es sencilla, todo se reduce a sacudir las rodillas, esperar un par de horas más y salir. Ir de un cautiverio a otro. Gritar de felicidad, porque mañana y el resto de los días seguirán siendo la oda perfecta.


Nos levantamos, entonces lo pienso: No corro, no grito, y lo demás tampoco me importa.

martes, 7 de mayo de 2013

Fotografías



Aún trataba de asimilar todo lo que había pasado la noche anterior, pero en cuanto  encontré las fotos, volví a sentirme fuera de mi órbita.

¿Así nos veíamos, todos cansados y aburridos? Cansados lo entiendo, pero ¿aburridos? La verdad es que había pasado mucho tiempo entre nosotros, es decir, había pasado el tiempo, ellos eran, y yo, sólo estaba.

Descubrí que ellos eran, precisamente eso, una unión y yo me convertí en el anexo. Al principio pensé que estaba exagerando, pero conforme fue avanzando la noche, lo confirmé. Estaba consciente de que yo había desaparecido, y al volver no tuve ni la más mínima cortesía por preguntar  lo esencial. Trate de que todo se mantuviera igual, pero fue imposible, debí haber advertido todos los cambios. Quizás si yo hubiera...

No tuve tiempo para nada, sólo quería averiguar lo otro, lo que parecía ser lo inmediato., y por lo tanto, lo más importante. Debo admitir que tengo todos los detalles que andaba buscando, pero no hay satisfacción alguna, es más un hueco. Siento que perdí el tiempo y  es una herida lo que me queda al final.

Entre broma y broma pude escuchar todo eso de lo que me perdí, y ahora tengo que explicarles que no era necesario, que al ahorrase todos los detalles me hicieron sentir culpable, lejana.  Ellos no pudieron ver mi mueca, y no hay manera de recuperar el tiempo, o de volver al pasado e incluirme, todos sabemos que no sería lo mismo. Y ahora tengo que pretender que entiendo su lenguaje improvisado, que yo también puedo recordar. Ojalá yo...

Ahí estábamos todos, pero a tres millones de años luz lejos, tan distantes como me habían reclamado.

Vuelvo a ver la foto, pienso que quizás sólo estamos muy cansados, tan fastidiados del simulacro que hemos tenido que vivir. ¿Desde cuándo no tenemos nada que decir? ¿De qué hablábamos antes? 

Trato de no cerrar los ojos y comprender lo que sucedió, quisiera asimilar que ya no somos, pero podemos volver a intentarlo. Quizás es la falta de enfoque y la poca luz que hay en la foto, quizás sea eso lo que nubla todo y no me permite entender lo que sucede en realidad. 

sábado, 4 de mayo de 2013

CUALQUIER ESPACIO PUEDE SUPLIR EL PRESENTE.



Cierro los ojos y apunto en cualquier dirección. Pienso que  nada contiene todo lo necesario. Trato de pensar en el pasado. Fijo mi mirada en todos los detalles, pero hay pequeños borrones que no me permiten ver todo el conjunto. Quizás mañana. Quizás otro día o más tarde con otros ojos. 

        A esta hora siento que cualquier espacio puede suplir el presente. Cualquier yo puede salir disparado para siempre, y ser otro alejado de mi ser. Puede tener la ventaja de una vida que si le pertenece.

 Quiero ser el rey de los espacios en blanco. Entrar en cualquier parte de la historia y ser casi tan real como el tiempo inventado. Convertirme en el portador de las esparcimientos y los retrasos. Trazos de vidas no pasadas ni futuras. Recipiente incapaz de contener los sueños. Ver llorar a las cigüeñas. Alargar la diversión que hay detrás de la entregar de problemas y niños rotos. Esperar detrás de la puerta para poder sentir ese silencio cálido que hay detrás de la frustración.  

 Permanecer hasta que hablen esas voces que nada saben, que todo lo ignoran y que levantan muros. Que hablen esas voces negras, llenas de pasiones ajenas. Que hablen para siempre del sinsentido. Que hablen eternamente de lo que nunca han sentido. Mantenerse de pie bajo el sol sólo para ver como una piel amarga, ácida, por fin las contenga. Que las habite el trueno y la tormenta. Sus voces-lamentos llegaran a todos en forma de reliquias. Guarden un pedazo de éste, que amenaza con ser su única recompensa.

 Sus manos se alargan y me llaman a lo lejos, me hacen recordar que debo aprehender todo lo que esté al alcance de mi luz. Sus ondas me indican que camino seguir para ir de una órbita a otra, para recordar la única tarea que está atada a mi piel, me susurran que debo alienar todas las vidas futuras del hombre que pronostica el tiempo. 

 Cierro los ojos y apunto en cualquier dirección, sus manos me extraen de esta vida, y me llevan a la siguiente, donde su color huele a todos los males que no evité.

miércoles, 1 de mayo de 2013

¿QUÉ CLASE DE AVE, ERES TÚ?





Después de apagar el ordenador me imagino que alguien llega y me pregunta: ¿qué clase de ave soy yo?, seguramente respondería: golondrina, sólo porque me gusta la forma en la que vuelan al atardecer, y por supuesto el desorbitante azul de su plumaje, pero de igual forma podría responder: perico, porque no puedo dejar de pensar que alguien podría enseñarme a decir "ya llegue, cariño". También existe la posibilidad de que responda que me gustaría ser un flamingo o un avestruz, ya saben, porque ambos tienen las patas largas y delgadas, son tan diferentes el uno del otro. Eso me gusta. En qué coinciden, lo desconozco. 

Yo  veo a cada una de esa aves de lejos, y creo que puedo ser como ellas, no una mezcla, eso jamás. No, ser uno por un día o por una hora, ver qué es lo que me pueden ofrecer.

No sé, supongo que de la forma en la que sea formulada la pregunta, evidentemente, la respuesta puede variar. Algo es seguro, si me escuchas decir colibrí o pavo real debes dar la vuelta y huir, no dudes ni pienses que son aves hermosas o únicas, la verdad es que te estoy tomando el pelo,  y quizás más tarde, te diga algo elaborado acerca del por qué de esa respuesta y creas que es verdad, que de mi boca sale un canto único, pero que no deja de ser mentira. 

Supongo que sólo soy un ave que sólo pinta su plumaje dependiendo del tono en el que le canten. 

lunes, 29 de abril de 2013

El terrible quizás...


Quizás no llegue, entonces para qué preocuparse, para qué imaginar que estos muros nos contendrán por un par de minutos. Para qué hacerlo...

Tal vez  me vea antes de entrar y se de cuenta de que todo esto está mal, que es mejor dar marcha atrás. Arrepentirse a tiempo. Yo lo llamaría cobarde y él me diría imprudente. Haríamos un recuento, tal vez un inventario de todos los encuentros que hemos frustrado. Reclamaríamos cosas que carecen de sentido.

Nos imagino  cerrando los ojos al mismo tiempo.

Me acomodo en el sillón y cierro los ojos. Nos pienso tan separados como siempre, tú parado en la entrada observando cada uno de mis movimientos, también cerrando los ojos tratando de compartir este momento conmigo, entonces antes de entrar lo ves venir todo, lo real y lo imaginario. Decides que es demasiado tarde y poca la lejanía. Te vas.

Abro los ojos, y siento como tu sombra se retira.

Quizás no llegue, tal vez el tiempo es demasiada espera.

Ahora sí, con todas las ganas de mundo cierro los ojos y te reto, te reto a que no aparezcas, a que te arrepientas de último momento. Quizás yo me vaya antes de que llegues. 

domingo, 14 de abril de 2013

LA PIEL DEL DOMINGO



Abro los ojos y la luz me obliga a cerrarlos de inmediato. No quiero saber la hora. Sé que es tarde. El sol me quema la cara, pero no quiero levantarme. ¿Para qué correr el riesgo de salir de la cama? ¿Para qué arriesgarme a perder la seguridad que me ofrecen las sábanas? Sé que es domingo y eso debe bastarme.

            Entre el sonido del viento pasando debajo de la puerta y la música de la calle, intento tomar valor para mover las piernas, pero tengo miedo, a veces son traicioneras. No basta con que uno les suplique, siempre siguen su voluntad y la caída es obligatoria.

             ¿Qué desastre provocaré hoy? ¿Qué tragedia iré a presenciar?

            No hay confesión de última hora. No me molesta que el señor de la calle cante otra vez. Nada puede ser real. La piel del domingo es resistente y fácil de limpiar.

              Voy a irme lejos, al menos por ahora, mientras la eternidad se posa en cabecera. Le voy a dar la oportunidad de mirarme de cerca.

            Cierro los ojos una vez y  otra vez. Primero lento, después aumento la velocidad. Juego a que tengo seis años y mis ojos, no son mis ojos, sino una cámara y puedo tomar todas las fotos que yo quiera. Puedo guardarlo todo. Cada uno de esos momentos vergonzosos, los que más dolieron y los que llenan los huecos. Todo. 

            Me aburro rápido.

            Ahora aguanto la respiración. Primero por diez segundos, después por veinte. Me mareo. Me gusta esa sensación. Regresa a mí ese deseo por comer golosinas antes del desayuno, caminar descalzo, hacer casas con las sábanas, esconder la carne y sólo comer las verduras que no saben feas. Deseo regresar en el tiempo. Necesito ser el niño que nunca pude ser, pero soy prisionero de este cuerpo lleno de cicatrices. Pasan los años y uno descubre que las limitaciones se incrementan y los deseos, ellos también crecen de manera desproporcional.

            Vuelvo a cerrar los ojos. Me calmo y trato de respirar con normalidad. Afuera el señor de la calle sigue cantando. Taladra muy dentro de mí. Nos descubro una vez más, entre los restos del domingo, agonizando cada uno a su manera.

jueves, 11 de abril de 2013

OLÍA A...



Te digo ese muchacho olía más que bien. ¿Cómo que qué muchacho? Pues el de la esquina y ya deja de  mirarme de esa forma.
            ¿A qué olía? Era un olor que te dejaba poner un pie en el edén. Fue un momento breve, pero te juro que por un momento pude tocar lo eterno.  Sí, quizás exagero... quizás.
            No, por supuesto que no olía a cítricos. Te digo que era un olor especial, no digo que único, es especial para mí. Es algo que no provoca mareo o repulsión. No, es algo diferente.
             Olía, como esa angustia que queda después de la primera mentira. Como la desproporción de las limitaciones. Un ir en reversa y querer mantener el ritmo.
            Por supuesto que puedo identificar ese aroma, y no, no estoy inventando nada. Claro que puedo decir el nombre exacto.
            Te digo que ese muchacho, al que hemos dejado tres cuadras atrás, olía a...

martes, 9 de abril de 2013

SESIONES



No sé si mis palabras te harán bien o te sumergirán en esa niebla en la que te empeñas en vivir. No sé si debo cruzar esta línea imaginaria y decir algo para romper este silencio que nos gobierna.

¿Debo cruzar la calle? ¿Hablaremos del clima como todos los demás o prefieres hablar de ti o de la invención de ti?

Cruzo los brazos y respiro.

Ya le había dicho al doctor que no puedo controlar este deseo de que me llames a las cuatro de la mañana en medio de una crisis, diciéndome no sé que cosas y reclamando sólo una, pero no llamas. Entonces tengo que volver a explicarle al doctor toda nuestra historia y yo vuelvo a sufrir cumpliendo con todas las reglas que dicta el manual del dolor.

Me acomodo en el sillón, me quedo pensando en todo lo que no dijimos. Le cuento al doctor que, por fin, tú has aceptado que tienes  la culpa de todo y que aceptas  la responsabilidad. El doctor me regaña, pero antes de que me llene con esas palabras de siempre, yo me cubro los oídos. No quiero escuchar nada.  Sólo quiero establecer una charla ininterrumpida con tus labios. Quiero reconocerte en medio de tanto deseo. Ahora sí estoy dispuesto a decirte todo y de manera clara. Quiero que tu cuerpo vibre después de escucharme, deseo que te falten los pretextos ante tanta claridad.

El doctor cierra la libreta y me mira entre serio y enojado. Me pide que le cuente mi día, pero está vez me pide que dejé a un lado el libro. Lo miro y quiero explicarle que sabes mejor en estás páginas, que no te soporto en medio del concreto y la realidad. El doctor suspira y me pide que le cuente el libro, pero que la próxima sesión debo hablar de ti, sin invenciones o tramas robadas. Yo suspiro. Me acomodo en el sillón y hablo de tus proezas. 

miércoles, 3 de abril de 2013

AMORFO


Esta es la cuarta vez que toma el teléfono, pero no se atreve a marcar el número. Se mueve de un lado a otro de la habitación, está nervioso, se siente inseguro. No sabe cómo decirle, no encuentra las palabras adecuadas, como si a estas alturas las palabras se pudieran clasificar, como si de verdad su peso no importara.
Ya no quiere nada. Lleva toda la semana evitando recrear la conversación, lo puede recordar todo y le duele. Maldice su suerte, su estúpida mente que le va dejando notas para no olvidar. Mas que necesitar, debe borrarlo todo.
Vacía la vitrina, acaba con todas la botellas, con los restos de las botellas del fin de semana pasado, pero no consigue nada, ahí está el tacto, los susurros, y siente que se arrepentirá para siempre.
No le ha dicho la verdad. Tiene miedo de romper la barrera que los separa o  peor aún de intensificar la que los une. Él sabe que no es difícil, basta con tomar el teléfono y llamarla, decirle que se arrepintió, que ha retrasado el viaje, pero eso ¿qué significa? ¿Qué significa  para él, para este cuerpo sin rumbo, sin forma? Él que siempre ha sido tan fácil de llevar, de perderse en cualquier mente, siempre está en busca de algo, de alguien, de ella, de todo y nada.

No fueron las cosas que dijo las que le preocupan, sino las que le hicieron falta escuchar, pero no sabe cómo reclamarlas, cómo exigirlas. Ante ella es difícil hacer preguntas sin terminar con más dudas. ¿Cómo sentirse una bestia a su lado? ¿Cómo ignorar todos los sentimientos acumulados? Él no niega, afirma su etérea presencia, esas dos cuencas que lo invaden y le piden que se entregue, que ignore todo y que se pierda junto a ella.
No se quiere sentar en el sillón y ultrajar los recuerdos. El cuerpo le tiembla sólo con estar cerca, la oscuridad lo llena, le susurra que ya va siendo hora de tomar una decisión, pero ella no llama. Él sabe que ella no llamará, se convenció de eso en cuanto se despido de él. Sabía que comenzaría a lamentarse en cuanto ella cruzara el umbral.
—Son sus manos lo que necesito—se repite. Son sus manos el cobijo que necesita. Pobre diablo, antes de la fiesta, antes del encuentro, él ya estaba perdido. Su alma había sido masacrada por una fuerza desconocida. Él, al que nada le importaba, esta noche aún sigue temblando, hablando solo. Rogándole al vacío que la traiga, le pide que le conceda otra ronda.
Ha perdido la cordura y la determinación. Se detiene a pesar de los temblores, la maleta ahí sigue, espera por él, sabe que debe darle tiempo, que ya casi está listo para partir.

Prende un cigarro, le da el prime golpe y por fin se sumerge en el sillón.
 — ¡Que bien se mueve! ¡Con que maestría se comunica!—se repite. 
 Pasan horas, minutos necesarios, al final se duerme. Por primera vez desde el último abrazo no hay pesadillas ni sueños, sólo descansa. Se sumerge en la oscuridad, por un rato deja descansar la imagen, la estampa a la que tanto le ha rezado.

La luz y las aves están ahí, igual que aquel lejano amanecer junto a ella, como el día en que descubrió que era posible carecer de una estructura de red molecular. Ese era el efecto que ella provocaba, la oferta de una posibilidad única, la unión del todo y la nada.
¿En qué momento entró? ¿Cuándo se convirtió en el único eje? Desconocía la respuesta, él sólo sabía que la necesitaba, que ya no era posible seguir.
¿Para qué irse si podía tenerla, para qué poseerla cuando ya se estaba marchando?
Las manos le tiemblan. Desear ya no es suficiente, recorrer los bordes sólo lo martirizan, ya no es necesario imaginarla, ella está ahí, y por eso no puede tomar una decisión. No sabe si irse como lo había planeado o quedarse con ella. Él sabe que si no hubiera sido porque su partida, ella nunca hubiera llegado a sus brazos.

Era casi el mediodía cuando se decidió y llamó al taxi. Todo estaba tan iluminado, que casi cegaba. Antes de salir de la casa marcó, pero ella no  contestó.
–Mañana, siempre será mañana—Tomó la maleta y se marchó. 

martes, 2 de abril de 2013

Sí, el hubiera...


Y yo que no era fan del terrible hubiera, ahora no puedo negarlo. Me rindo ante él y pido disculpas. Me arrepiento por tantos años de vivir en medio de la contradicción. Realmente me arrepiento.

            Veo al hubiera rosando mis huesos y no puedo dejar de pensar en todas esas posibilidades que antes dejé pasar. Me siento a meditar en eso que se fue y que ya no regresará. ¿Será que puedo pedirle que me perdone? ¿Lo haría, de verdad me daría una oportunidad?  

            Trato de imaginar si ahora seríamos un amasijo de dulzura o cualquier otra cosa irreal. ¿Cómo saberlo o tratar de suponerlo? ¿Cómo?  Las cosas cambias y el soplamocos es inminente. ¡INMINENTE!

            ―Disculpe, le juro que no lo vuelvo a hacer― pero el señor Hubiera no me mira. No me escucha.

            Me deja ver un rostro con la cara maquillada. Algo a lo lejos que puede ser cualquier cosa, un tigre, un león, un gato o un niño que nunca creció. Sigue a lo lejos, de pie a un lado de sus padres, de su familia a la que nunca ha negado. No sé si yo hubiera cumplido con los requisitos para ser parte de la foto.

            ― ¿Señor, usted cree que yo hubiera tenido una oportunidad?― no me contesta. El silencio lo gobierna. El viento sopla fuerte, insiste en llevar mi cabello de un lado a otro y no puedo controlarlo.

            ― Señor por favor, no me mire así. Le pido que no me mire de esa manera.― Le suplico una última vez, pero no me mira, no se mueve. Comienzo a caminar lejos de él. Cierro los ojos. No hay más preguntas.

            Me rindo ante el esplendor y la vanidad del hubiera. Me entrego a él como si fuera lo único de lo que puedo vivir, y me voy pensando en los nuevos lamentos que esto me provocará. Me duele todo con sólo pensarlo y lo disfruto.

            Alabado sea el hubiera. Alabado sea. 

TORTUGAS


            Estoy segura que la tortuga emprendió la huía cinco minutos antes del mediodía. Lo sé, porque hizo mucho ruido y me despertó. Se salió de la tina en la que paso la noche, y se fue siguiendo al sol.  

            Al principio me fastidio el ruido que iba haciendo mientras avanzaba por el mar de hojas que había en el piso, pero no me levante. Me quedé acostada en el sillón, y la observé hacer su recorrido.

            Se quedaba quieta para tomar sol, y sólo se movía para seguir el rayo que la ventana le ofrecía. Yo quise seguir su ejemplo, pero me rehúse a bajarme del sueño que me invadía.

             Yo miraba a la tortuga o ella me miraba a mí. Ambas estábamos en silencio. Cada vez que abría los ojos descubría que la tortuga  se había movido un poco más.

            Ya no podía dormir, pero cerré los ojos e hice una lista de las cosas que debía hacer: Hablar con la familia; después lavar la ropa de la semana, pero antes llamar a la tienda para pedir lo de la comida, y al final revisar el correo electrónico. No era demasiado, pero en lugar de hacerlo le di la espalda al sol, a la tortuga y a los pendientes.  Dejé que el sol llegará hasta el sofá y me bañará de la espalda a los pies.

            Pasó mucho tiempo. Cuando desperté. Ya no había sol y la tortuga hacia el recorrido de regreso a la tina. Otra vez volvió a hacer ruido, pero era un ruido lento, casi dolía. Seguí sin moverme y volví a contemplarla.

             Por fin me levanté. Contemplé por última vez a la tortuga, los restos del pan y el café. Tomé el teléfono y le pedí que viniera por ella.

            Era necesario  dejar atrás sus pasos lentos, ya no tenía sentido escribir más historias sobre nosotras. No había espacio para ambas. De ahora en adelante sólo había espacio para mi caparazón, y esos rayos sólo podían pertenecerme a mí.