sábado, 19 de abril de 2014

EVITAR CALLES O LLENARSE DE ILUSIÓN



Siempre a la misma hora tengo la impresión de que en algún lugar estás esperándome. Te imagino en la misma silla de siempre detrás del periódico riéndote de la tanta insensatez. De vez en cuando miras el reloj y buscas, entre la gente que pasa, mi rostro. No haces ningún tipo de mueca, no tienes una cara especial que indique que estás esperando encontrarme. Simplemente miras lo que hay a tu alrededor. No esperas nada. En cambio tú deberías mirarme entrar en este estado de pánico y felicidad. La boca se me seca y las manos sudan. Pienso que hoy tendré suerte. Hago las cosas bien y con mucho cuidado para no dañar tu recuerdo. ¿Era está la calle? Eso no importa, basta que en mis recuerdos elaborados te piense en esta calle esperando abordar algún autobús, dirigiéndote a cualquier parte, pero siempre con la intención de ir a mi encuentro. 

Sólo a veces yo también quiero coincidir contigo. Camino por las calles que alguna vez transitamos juntos, pero se caen de ordinarias. Pienso que bien pudiste caminar por aquí un día cualquiera que ibas a ningún destino en particular. Otras veces, y en las que me convierto en una creyente ferviente y espero que al dar la vuelta estés en la parada. 

Imaginarte es tan fácil que hubo un tiempo en el que evite por completo una gran avenida. No me importó caminar varias calles para rodear el lugar. Ahora lo sé, tenía miedo de encontrarte. Temblaba cada vez que la luz roja me sorprendía y no había ningún remedio más que el de permanecer ahí. Por segundos lo único que me habitó fue el pánico. Un pánico especial, uno que me recordaba detalles, que me sacaba una que otra sonrisa. ¿Y si te hubiera encontrado parado esperando para poder avanzar? ¿Qué nos hubiéramos dicho? 

Sólo puedo pensar que tú sí me hubieras encontrado. Tú sí me hubieras visto una y otra vez doblar la esquina, detenerme a mirar antes de cruzar la calle, riendo ante el mal clima. Tú sí, pero yo no. 

Poco a poco caminar se ha convertido en evitar calles, en llenarse de ilusión, en nunca perder la esperanza de que un día la fantasía sea realidad, de que la sombra desconocida sea un cuerpo conocido. Caminar y esperar.

miércoles, 9 de abril de 2014

Caída Libre

Estirar la mano y no sentir nada. Escuchar cada uno de mis movimientos, identificarlos con un color. Ante mí una paleta de sabores. Afuera la gente sigue moviéndose, lo sé porque puedo escuchar los ruidos de la calle, pero no me molesta, ya no me invitan a levantarme,  a salir y averiguar qué anda mal.  Me muevo dentro de la cama buscando una postura que no moleste, que me permita seguir con los ojos abiertos en otro sitio.Vuelvo a soñar lo mismo. ¿Cuántas veces se puede soñar con lo mismo?

 Mis pies flotan sobre una hoja de papel. Puedo ser yo o cualquiera la que viste de azul y se pierde en el cielo. Un sonido dentro de la casa hace que me mueva, me invita a despertar, pero no quiero, me siento y eso me basta.  Mis abrazos son alas de mosca que me llevan a probar cada detalle del mundo. Soy una mosca golosa que sólo se posa sobre lo que le gusta.

Mis alas se extienden, estiro mis patas quiero que mis huellas se impregnen en el sabor de las cosas.
Soy papel y mosca. Soy mosca dentro de mis sueños. Soy el papel que he postergado. Soy un sueño cotidiano. Soy de papel. Soy una mosca de papel.

La hoja de papel sobre la floto comienza a moverse cada vez más rápido y cambia de dirección de manera arbitraria. No hay sonido. No hay un sitio al cual dirigirme. Me dejo llevar y mis alas desaparecen. Mis brazos arden  al contacto con el viento. La hoja comienza a romperse.  Ya no floto.  Voy en caída libre.

Lo normal es que para este punto tiemble de miedo, que grite o intente salvarme, pero por el contrario yo quiero saber cómo acaba este sueño repetido, a dónde ha de llevarme esa caída. 

Un punto negro aparece en la muñeca de mi brazo izquierdo. Cierro los ojos, el azul del cielo desaparece. Mi peso no importa. El impacto será equivalente a la sorpresa del lugar que me reciba.

Es el ruido del primer mundo el que me indica que el sueño ha terminado. Son las luces del día los que no me dejan ver que un punto se convierte en línea debajo de mi piel, una línea que más tarde seguiré, más tarde cuando las luces y los sonidos no cuenten como realidad.


El sueño inicia y termina de la misma forma cada noche y cada despertar busco el punto debajo de mi brazo, pero no crece no avanza. Salgo de la cama, sigo la línea punteada que me lleva a todas partes, la que me permite rodear cada detalle. 

Ya no hay hoja de papel. No hay alas de mosca. Todo es caída libre. Un sueño repetido.