—Otro
día más, susurra. Yo no quiero voltear a ver su cara. Me cubro la cara con la chamarra y espero que el amanecer llegue. Todo lo que nos queda es esperar.
Los ruidos de la calle desaparecen gradualmente. Aquí adentro el encierro es doble. No quiero verlo y mucho menos escucharlo.
Regresemos el tiempo y veamos qué cosas ya no podrán regresar a su lugar.
Sólo es cuestión de ver nuestras caras, que alguien nos muestre la fotos y vayamos directamente a la hora de las aclaraciones.
Acudir despacio y sin expectativas. Dejarse llevar por la gente y su máscara. Pedir un trago morado y esperar que la realidad comience a saber divertida.
Tomar una mano inocente y no dejar que se marche nunca. Dejar caer todo nuestro miedo y sacudirse las reglas.
Reconocer rostros y voces. Acudir a ellos en busca de una historia entretenida y observar falsas sonrisas, fotografías de la familia con la que no sueñas, esa con la que te has empeñado en alejar.
Mueves tus fichas y cambias las que no necesitas. El juego parece divertido hasta que las confidencias dejan de serlo.
Palabras cálidas, palabras pesadas y agobiantes. Un amor no declarado llega a la pista y te mueres por cambiar de pareja, justo antes de que alguien más te diga cuánto tiempo lleva esperando encontrarte.
Luces que te hacen desviar la mirada. Música perfecta para alejarte brincando y haciendo crecer la esperanza de que al final de la pista seas capaz de regresar.
Las pisadas de los otros me anuncian el amanecer. Es el momento en el que todos nos damos cuenta de que es tarde para irnos y demasiado pronto para despedirnos.
Él se mueve, pero no abre los ojos. Supones que duerme profundamente. Quieres salir de la habitación, de este momento frío y solitario.
Un quejido largo y estridente obliga a todos a abrir los ojos, aún cuando estás segura que puedes permanecer ahí hasta que ya todos se hayan esfumado.
Un abrigo te cubre, unos pasos se alejan. No hay palabras de intercambio, nada que indique que debes esperar el regreso de nadie.
Son tus pasos lo único que se escucha dentro del cubo de las escaleras. Es tu respiración agitada y el sol clavándose en tus ojos, el son de tu retirada.
Música suave te llama. Música de un compositor anónimo que te busca y salta entre los hombres de las calles. Alguien podría estarte llamando, pero te es imposible escucharlo.