miércoles, 25 de junio de 2014

FIN DE SEMANA

Ahora mismo tú te asomas por el balcón mientras yo busco el portal para leerte las noticias. Poco a poco interrumpirás mi lectura para darme tu opinión. Después, cansado de no notar nada diferente me pedirás que abandone lo que estoy haciendo y me aliste para salir. 

Tienes una manía extraña. Los fines de semana no puedes permanecer en casa. El mediodía te indica que algo no estamos viviendo y quieres salir de inmediato a alcanzarlo. 

A veces sólo quisiera permanecer en un sitio, pero te es imposible. Te mueves de un lado a otro y soy incapaz de volverte a pensar en el mismo lugar. Quisiera guardar un poco de ti aquí, justo ahora en ese balcón. No dejarte ir, pero te mueves casi como si no quisieras nada más que desaparecer. 

Me pides que me de prisa. Siempre tienes miedo de llegar tarde. Dices que no, pero ambos sabemos que no te gusta que la gente te mire. Te molesta que sea yo la razón por la que el tiempo tiene que ir más lento. 

Buscas una boina que haga juego con mis zapatos, un reloj que te recuerde el momento exacto por el cual atravesamos la puerta y partimos hacia esos planes que has estado orquestando mientras las noticias te indicaban qué lugar evitar, qué comida ordenar.

No quiero herirte nunca con mi ausencia, por eso hábito la tuya. Tomo tu mano y salimos. Me entrego a formar parte del conjunto, me permito estar a tu lado, aún después del atardecer y las horas vacías que dejamos pasar mientras el balcón nos mira alejarnos por la misma calle hacia un juego monótono que siempre nos permite reencontrarnos.

jueves, 5 de junio de 2014

AUTORRETRATOS

El ejercicio es simple, pero no deja de ser complejo: Hacer un autorretrato. ¿Qué problema puede haber con la petición? Sólo se trata de tomar cualquier elemento que permita plasmar mi rostro sobre una superficie, y cuando llegue el momento preciso decir que ésa, la de ahí, también soy yo.
La superficie blanca y un color negro me miran. Esperan por mí y mi primer movimiento, pero me freno, se que no puedo realizar tal tarea. Ni siquiera puedo recordar cómo soy.
Sé lo básico. Tengo un par de ojos, una nariz y una boca. Podría cometer el error y decir: tengo un rostro al igual que el resto de los habitantes del planeta, pero no lo digo. Sé que no es verdad.
Tener que pensarme aquí, justo frente a mí y al mismo tiempo serme ajena. Tener que llevarme a la representación sólo para poder hablar de mí. No, ¡Imposible!

Los autorretratos me parecen un acto que requieren regalarse ante la autocontemplación, por supuesto que se debe tener cuidado de no traicionar a la realidad. Estar enfrente y ser al mismo tiempo el objeto observado. Al final se trata de plasmar lo que se ve, pero ¿qué pasa con todo eso que no puedo contemplar? Me refiero a esos pequeños detalles que estoy segura que pasaré por alto, ¿seguiré siendo yo sin ellos?
La verdad es que más que traicionar mi imagen, tengo miedo de alterarla, perder un poco de mí ante la nueva representación. Ver cómo mis ojos me miran. Quedarme paralizada ante mi reflejo, viéndome siempre al revés. Perderme en la contemplación de lo que soy y no terminar de descubrirme. Cambiarme por lo que creo mirar.
¿Qué pasaría si dejo de ser yo? ¿A qué sitio irían a parar mis ojos o mis pestañas, el desorden que me habita cada día?

Un autorretrato significa, al mismo tiempo, confirmarse y negarse. Resaltar y borrar. Pensar una y otra vez qué es lo que se quiere mostrar. ¿He dicho ‘lo que se quiere mostrar’? ¿Debo dibujar la mueca que oculta el dolor o dibujar el dolor mismo?
Para este terrible acto es necesario saber hasta dónde nuestra mirada nos dice la verdad. Entonces, ¿retratamos lo que vemos o cómo nos vemos?
Después de decidir quien va primero si la representación o el modelo ¿qué debemos hacer? ¿En quién debemos reconocernos?
Examino mi rostro y mi cuerpo ante el reflejo en el agua. Pienso que así es como me gusta. Nada claro puede apreciarse. Lo indeterminado se traza frente a mí. Pienso que es un acto puro que me muestra lo que soy en realidad. Por fin puedo mirarme sin miedo a perderme.

El reflejo de un espejo resalta lo grotesco, lo que hiere. Busco debajo de la cama el color más cálido para el dolor de mis ojos. Trazo una línea. Cierro la boca y callo todo el dolor. Ante mí un autorretrato, ante él un momento de sinceridad.