El maestro de teatro entra al
salón. Toma su lugar y comienza a hablar de las 36 situaciones dramáticas,
nosotros ignoramos sus palabras.
—Eso yo ya lo sé, me susurra D.
—Eso ya lo leí —pienso yo.
Son casi las 7 de la noche,
tenemos sueño, estamos aburridos y no podemos abrir la ventana, a esta hora la
calle es muy transitada.
Después de un rato me canso de
asentir cada vez que el profesor voltea a ver hacia dónde estamos D y yo.
Comienzo a creer que el maestro sí odia a D; pero también estoy muy aburrida y
cuando eso pasa me da por inventarme historias. También creo que a D le gusta
el profe, y obviamente al profe no le gustan los chicos.
D se llenó de ira el día que
conocimos a la novia del maestro. Pensé en muchos adjetivos para referirme a
ella. D dijo que estaba gorda, pero yo sólo pude pensar que era majestuosa. No
dije nada, le di la razón a D.
S y V hacen dibujos en una hoja,
se ríen. También están distraídas. L trabaja en sus notas para el periódico. No
ha dejado de teclear desde que acabó la clase de poesía. Para Yu la clase no le
sirve de nada.
―No sé hacer drama. Soy una tonta
para eso. Cuando mi novio me engañó ¡Yo le pedí perdón!, pero fue él quien
gritó y se enojó. Yo no pude.
Nunca la he visto enojarse, ni
siquiera el día que le dijeron que su trabajo parecía broma. Se exige, se pone
roja, pero nunca explota.
Cuando el maestro habló de
asesinato, una de nuestras situaciones dramáticas favoritas, todos estábamos en
otro sitio. No subió el tono de voz, ni siquiera se molestó. Nos miró a todos,
hizo una de esas miradas que él llama ´De cine´ y siguió hablando del tema.
Nuestras obras habían sido planas, aburridas y breves; le urgía que
entendiéramos que nos hacía falta hígado a la hora de escribir.
Todo fue lento y suave. Se asomó
por el balcón y corrió la cortina. Caminó hacia el escritorio y buscó algo
dentro de su mochila. No sacó nada, nos miró y sonrió. Fue a la puerta, la
cerró bien y puso el seguro. Nos dijo que a eso refería con crear un ambiente.
Nos miró y sonrió. Contó los pasos hasta llegar al escritorio. Sacó algo de la
mochila y lo ocultó detrás de su espalda. Nos miró alterado. Se acercó a S y V.
D se agachó, no pudo seguir mirando. El maestro apuntaba a S en la cabeza con
su mano, ella comenzó a reírse.
―¿Qué pasaría si de verdad
tuviera una pistola? ―preguntó mientras sacaba la pistola y apuntaba a V. Yu
gritó. Entonces el profe se rio. Giró el arma hacia donde estábamos nosotros.
Después apuntó hacia el fondo del salón. Todos gritaron. Yo nunca había
escuchado la detonación de un arma. D no dejaba de repetir que no era real.
Después el maestro guardó la pistola en su mochila. Nadie dentro del salón se
movió, las demás personas dentro de la escuela no acudieron a ver qué sucedía.
―Así son sus obras ―quieren
disparar pero nunca se atreven a jalar el gatillo. Así como yo me veo muy malo
y les sacó una pinche pistola de utilería, entonces todo el ambiente que había
trabajado se va al carajo. Así ustedes con sus pinches miedos y repeticiones.
Lo miré, ninguna de sus clases
había sido tan ilustrativa. Los demás seguían asustados. El maestro miró su
reloj, comenzó a ponerse el saco.
―Bueno, nos vemos la próxima
clase.
Salió del salón. D se enderezó,
aunque temblaba un poco.
―Ése wey está loco, pero me cae
bien. Ya me gusta su clase― comenzó a reírse mientras guardaba sus cosas.
Salimos del salón, esta vez no
hubo risas ni el ruido habitual del que se quejaban los demás. Nos fuimos
caminando en silencio. Nadie quiso decir nada. Mis obras de teatro siguen
siendo una mierda, no sé cómo explotar la utilería.
