martes, 29 de noviembre de 2016

Clase de teatro

El maestro de teatro entra al salón. Toma su lugar y comienza a hablar de las 36 situaciones dramáticas, nosotros ignoramos sus palabras.
—Eso yo ya lo sé, me susurra D.
—Eso ya lo leí —pienso yo.
Son casi las 7 de la noche, tenemos sueño, estamos aburridos y no podemos abrir la ventana, a esta hora la calle es muy transitada.
Después de un rato me canso de asentir cada vez que el profesor voltea a ver hacia dónde estamos D y yo. Comienzo a creer que el maestro sí odia a D; pero también estoy muy aburrida y cuando eso pasa me da por inventarme historias. También creo que a D le gusta el profe, y obviamente al profe no le gustan los chicos.
D se llenó de ira el día que conocimos a la novia del maestro. Pensé en muchos adjetivos para referirme a ella. D dijo que estaba gorda, pero yo sólo pude pensar que era majestuosa. No dije nada, le di la razón a D.
S y V hacen dibujos en una hoja, se ríen. También están distraídas. L trabaja en sus notas para el periódico. No ha dejado de teclear desde que acabó la clase de poesía. Para Yu la clase no le sirve de nada.
―No sé hacer drama. Soy una tonta para eso. Cuando mi novio me engañó ¡Yo le pedí perdón!, pero fue él quien gritó y se enojó. Yo no pude.
Nunca la he visto enojarse, ni siquiera el día que le dijeron que su trabajo parecía broma. Se exige, se pone roja, pero nunca explota.
Cuando el maestro habló de asesinato, una de nuestras situaciones dramáticas favoritas, todos estábamos en otro sitio. No subió el tono de voz, ni siquiera se molestó. Nos miró a todos, hizo una de esas miradas que él llama ´De cine´ y siguió hablando del tema. Nuestras obras habían sido planas, aburridas y breves; le urgía que entendiéramos que nos hacía falta hígado a la hora de escribir.
Todo fue lento y suave. Se asomó por el balcón y corrió la cortina. Caminó hacia el escritorio y buscó algo dentro de su mochila. No sacó nada, nos miró y sonrió. Fue a la puerta, la cerró bien y puso el seguro. Nos dijo que a eso refería con crear un ambiente. Nos miró y sonrió. Contó los pasos hasta llegar al escritorio. Sacó algo de la mochila y lo ocultó detrás de su espalda. Nos miró alterado. Se acercó a S y V. D se agachó, no pudo seguir mirando. El maestro apuntaba a S en la cabeza con su mano, ella comenzó a reírse.
―¿Qué pasaría si de verdad tuviera una pistola? ―preguntó mientras sacaba la pistola y apuntaba a V. Yu gritó. Entonces el profe se rio. Giró el arma hacia donde estábamos nosotros. Después apuntó hacia el fondo del salón. Todos gritaron. Yo nunca había escuchado la detonación de un arma. D no dejaba de repetir que no era real. Después el maestro guardó la pistola en su mochila. Nadie dentro del salón se movió, las demás personas dentro de la escuela no acudieron a ver qué sucedía.
―Así son sus obras ―quieren disparar pero nunca se atreven a jalar el gatillo. Así como yo me veo muy malo y les sacó una pinche pistola de utilería, entonces todo el ambiente que había trabajado se va al carajo. Así ustedes con sus pinches miedos y repeticiones.
Lo miré, ninguna de sus clases había sido tan ilustrativa. Los demás seguían asustados. El maestro miró su reloj, comenzó a ponerse el saco.
―Bueno, nos vemos la próxima clase.
Salió del salón. D se enderezó, aunque temblaba un poco.
―Ése wey está loco, pero me cae bien. Ya me gusta su clase― comenzó a reírse mientras guardaba sus cosas.

Salimos del salón, esta vez no hubo risas ni el ruido habitual del que se quejaban los demás. Nos fuimos caminando en silencio. Nadie quiso decir nada. Mis obras de teatro siguen siendo una mierda, no sé cómo explotar la utilería.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Me siento cansada, cansadísima. Me ha agotado el sol, el viaje, la gente. Siempre es el mismo camino, las mismas caras, cosas que hoy se han llevado la poca energía que tenía.
Antes de bajar del autobús busco las llaves. Las cubro con mi mano, casi como si las protegiera. Al bajar no siento el golpe del viento, no siento frío. Camino sin ganas, sin prisa, casi sin vida.

Al llegar a casa enciendo la lámpara de la sala. Sacó de mi bolsa la ensalada que malcomí en la tarde y me siento. No tengo hambre, pero me obligo. Sólo come un pocopienso.

No hay llamadas, otra vez. Me están olvidando. Están dejando que me vaya.

Abandono la sala. Me quito con pereza los zapatos y el pantalón. Me meto a la cama. No siento frío. La cama es cómoda, suave y me hundo. Me voy, me sumerjo tan profundo como el cansancio me lo permite.

Este lugar suave y cálido no es mi departamento, me hundo más, abandono mi cama, caígo en una más suave más cómoda. Sé que algo anda mal, terriblemente mal. Tengo miedo, frío. No hay luz, no puedo ver nada. No quiero ver nada. Cierro los ojos aunque no hay necesidad.

Ningún movimiento, sólo el sonido de mi voz. Quiero despertar ahora, de inmediato.

Miedo irracional. No hay nadie, pero temo que aparezca, que una vez más venga con sus manos y quieran arrebatarme de aquí, que ahí donde deben estar sus ojos no haya nada y quiera repetir mi nombre mientras sonríe. 

No quiero verlo. La cama deja de ser cómoda. Despierto, pero el sueño sólo es distinto, sé que aquí sí me alcanzará. No me molesto en correr, me siento a esperarlo. Quiero ver su rostro sonriente. Sé que sabe que me he dado por vencida. Puede sentirlo.

Ya me han dejado atrás. Tomaron todas mis palabras y las borraron es por ello que no le temo. Otros tiemblan ante su presencia, no es que quiera hacerle frente. Ya no le temo, aunque encienda las luces de este lugar para que nunca borre su expresión de mi mente. Viene a mí cada vez que su rostro comienza a desvanecerse. Puede hundirme en miles de sueños, nunca desaparecer. Se aferra a mí. 

Puedo escuchar su respiración, lo excesivamente suave de la cama, el sudor en mis manos diciéndome, tratando de recordarme que igual puedo morir en este sueño, en el siguiente. Te entiendo, los entiendo. Hay que borrar lo podrido, lo que hiere. Me han dejado de lado, nos han convertido en ceniza. Este lugar siempre será ocupado por ti. 

Las luces se encienden. Esa sonrisa que llena todo de terror. No hay sonidos, me miras desde lejos, siempre próximo para liberar todos mis temores. Recordándome que has de seguirme. Dejo que te acerques cada vez un poco más, que tú no me olvides, que  tú nunca me abandones. 

La cama es blanda, suave. Mañana he de caer más profundo, tú has de venir por mí, como siempre.