El perro me mira desconcertado, y sé que tengo miedo, mucho más que él. Su respiración me parece más acelerada, casi violenta. La recámara se ilumina con las bombas que anuncian la fiesta de la iglesia. El perro llora y yo trato de calmarnos. Quiero que el sol salga y nos caliente un poco. Quitarme la duda. Salir corriendo y asegurarme de que aún está todo ahí, justo en el sitio donde lo he dejado meses atrás.
La respiración del perro inunda la habitación. Llena cada parte y las imágenes regresan a mi mente. Las manos me tiemblan y tengo mucho miedo. Los sueños no sirven para nada, pienso. Lo único que quiero es olvidar. Sí, cerrar los ojos y borrar esta nueva preocupación. A partir de este momento renuncio a los sueños, me repito. Ya no quiero ver todos los colores juntos ni formas diferentes e inexistentes. Deseo borrar todo, pero mantener la calma. ¡Ya no quiero volver a soñar! No me importa nada. Quiero arrepentirme más adelante, pero dejar de ver rostros que me abandonan, dejar los sueños atrás y mantener la pantalla en negro sólo por algún tiempo.
El perro mantiene fija su mirada en mí y no puedo tranquilizarme. Tengo tanto miedo de que este sueño se convierta en una certeza. A nadie le gusta andar husmeando en el futuro. Nadie tiene tiempo para vivir con el remordimiento.
Salgo de la cama. Extiendo las sábanas y vuelvo a acostarme. Trato de regular mi respiración. Cierro los ojos. Trato de no pensar en nada. Cuento hasta quedarme dormida. Me doy vuelta y el perro se despierta. Respira fuerte y largo, sé que es su forma de quejarse. Durante el resto de la noche nos turnamos para interrumpir nuestros sueños, nos permitimos asegurarnos de que cada ladrillo, libro, sonrisa siga en su sitio.
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