El ejercicio es simple, pero no
deja de ser complejo: Hacer un autorretrato. ¿Qué problema puede haber con la
petición? Sólo se trata de tomar cualquier elemento que permita plasmar mi
rostro sobre una superficie, y cuando llegue el momento preciso decir que ésa,
la de ahí, también soy yo.
La superficie blanca y un color
negro me miran. Esperan por mí y mi primer movimiento, pero me freno, se que no
puedo realizar tal tarea. Ni siquiera puedo recordar cómo soy.
Sé lo básico. Tengo un par de
ojos, una nariz y una boca. Podría cometer el error y decir: tengo un rostro al
igual que el resto de los habitantes del planeta, pero no lo digo. Sé que no es
verdad.
Tener que pensarme aquí, justo
frente a mí y al mismo tiempo serme ajena. Tener que llevarme a la representación
sólo para poder hablar de mí. No, ¡Imposible!
Los autorretratos me parecen un
acto que requieren regalarse ante la autocontemplación, por supuesto que se
debe tener cuidado de no traicionar a la realidad. Estar enfrente y ser al
mismo tiempo el objeto observado. Al final se trata de plasmar lo que se ve,
pero ¿qué pasa con todo eso que no puedo contemplar? Me refiero a esos pequeños
detalles que estoy segura que pasaré por alto, ¿seguiré siendo yo sin ellos?
La verdad es que más que
traicionar mi imagen, tengo miedo de alterarla, perder un poco de mí ante la
nueva representación. Ver cómo mis ojos me miran. Quedarme paralizada ante mi
reflejo, viéndome siempre al revés. Perderme en la contemplación de lo que soy
y no terminar de descubrirme. Cambiarme por lo que creo mirar.
¿Qué pasaría si dejo de ser yo?
¿A qué sitio irían a parar mis ojos o mis pestañas, el desorden que me habita
cada día?
Un autorretrato significa, al
mismo tiempo, confirmarse y negarse. Resaltar y borrar. Pensar una y otra vez
qué es lo que se quiere mostrar. ¿He dicho ‘lo que se quiere mostrar’? ¿Debo
dibujar la mueca que oculta el dolor o dibujar el dolor mismo?
Para este terrible acto es
necesario saber hasta dónde nuestra mirada nos dice la verdad. Entonces, ¿retratamos
lo que vemos o cómo nos vemos?
Después de decidir quien va
primero si la representación o el modelo ¿qué debemos hacer? ¿En quién debemos
reconocernos?
Examino mi rostro y mi cuerpo
ante el reflejo en el agua. Pienso que así es como me gusta. Nada claro puede
apreciarse. Lo indeterminado se traza frente a mí. Pienso que es un acto puro
que me muestra lo que soy en realidad. Por fin puedo mirarme sin miedo a
perderme.
El reflejo de un espejo resalta
lo grotesco, lo que hiere. Busco debajo de la cama el color más cálido para el
dolor de mis ojos. Trazo una línea. Cierro la boca y callo todo el dolor. Ante
mí un autorretrato, ante él un momento de sinceridad.