viernes, 1 de abril de 2016

FOTOGRAFÍA

Busco, aunque tengo la certeza de que no encontraré otra foto. La única foto que tengo es aquella que tomaron hace cinco años. ¡Cinco años! Es una foto terrible, sólo puedo ver con claridad los zapatos, pero no las caras. Sé que somos nosotros porque estuve ahí, porque recuerdo aquella noche, de otra forma el manchón que es esta foto no representaría nada para mí. 
 No nos gustaban las fotos. Nunca nos importó salvar un poco de nosotros, siempre hicimos lo posible por ir perdiéndonos. Casi lo logramos, si no hubiera sido por este pedazo de papel todo lo que nunca deseamos guardar hoy lo hemos perdido.
 Hace cinco años tenías que decir adiós y por esa suerte de destino nos encontramos. Ahora tenemos lo necesario para comunicarnos, pero no lo hacemos. Recuerdo cuando aún temblaba ante la posibilidad de verte, de escucharte decir ´Estoy bien´.
 Alguien ajeno al grupo tomó la foto. Salíamos del bar, fue una tarde de lluvia y se sentía un poco de frío; eso también lo recuerdo. También recuerdo los pretextos que llegaron uno a uno para alargar la velada, para no pronunciar las palabras que confirmarían que aquella noche nos habíamos reunido para decirte adiós. Muchas veces después de aquel día nos dijimos adiós, pero nunca tuvimos uno tan sincero y real como el de aquella noche de septiembre.
 En la foto no estamos juntos. Descubro que nunca lo hemos estado. Siempre en medio de algo, siempre ingeniando algo para poner un poco de distancia.
 A veces, cuando me vienen pedazos de aquella noche creo fielmente que estábamos juntos, que estuvimos juntos. Pero ahora, en este momento estamos lejos. Es una distancia que no sabe a nada, y que tal vez mañana ya no me importe conservar una prueba de haber coincidido. Ya no pienso en ti con esa firme promesa de no dejarte ir, sólo trato de aclarar tu imagen. Ha sido algo que me ha asaltado de pronto. Tu rostro ya no estaba, y tampoco el rostro de lo que éramos. Ya no me queda más. Ha sido por eso que he buscado una foto. He querido recordar cuál era nuestra expresión. ¿Sonreíamos? ¿Temblábamos a causa del frío? 
 Busco una vez más, pienso que esta foto no puede ser lo único que nos quede, lo único que me diga que un día la gente agarra un camino y no vuelve más.
Hay otros recuerdos que se me mezclan con suposiciones. No hay a quién recurrir, esto que creo que son recuerdos también podrían ser invenciones.
No hay más, por más que busque sólo tengo esta foto y sólo somos eso. Nadie más ha de mirar la foto, los que por error lo hagan no van a entender que estábamos contentos en medio de una noche que no íbamos a repetir. 
La única foto que poseo no dice nada, al igual que nosotros que creímos que las palabras nos iban a durar para siempre. No he podido recordar nuestros rostros, quizás sea mejor que todo se borre, que nos convierta en una anécdota mal contada. 


jueves, 31 de marzo de 2016

Sueño/Pesadilla

Me desperté. Estaba sudando, algo había pasado en mi sueño, porque no era una pesadilla. Las pesadillas suelen doler, llenarte la cabeza de un miedo del que no puedes huir, pero eso que sentí sólo fue una sensación de malestar, también es cierto que me hizo despertar como suelen hacerlo las pesadillas.
He tenido todo tipo de pesadillas desde aquellas de las que despiertas llorando, no un llanto cualquiera, hablo de ese llanto que está cargado de un dolor genuino, y las más simples, ésas que sólo provocan un poco de escalofrío. Nada que distraiga la mente.
Abrí los ojos, aún no amanecía. Dentro del sueño supe que algo andaba mal, terriblemente mal. Salté y al abrir los ojos miré mi mano, justo como lo había hecho segundos antes de abrirlos y reconocer esa sensación de desagrado. Camina entre un grupo de gente, amigos mezclados de toda la vida, rostros y voces que no había dejado escapar y que por alguna razón aquella noche me hacían compañía. Todo el tiempo hubo sol, esa luz cálida de las cinco de la tarde que deja que algunas cosas brillen sin lastimar la vista. Estábamos haciendo un recorrido. Los edificios se mezclaron también, estaban esas casas que nunca he visto, las que siempre he querido recorrer y los lugares en los que he estado. Todo parecía corresponder. Era un día normal el que mi sueño quería imitar, hasta que el grupo tuvo que hacer una fila para avanzar, creí reconocer la silueta de la persona que iba guiándome, digo creí porque todo se fusiona, supe que no era quien yo creía ver por la forma en la que sujetó mi mano. Sí, todos nos tomamos de la mano para avanzar, cuando sujeté su mano sentí que algo no iba bien. Quise cerciorarme, entonces apreté su mano dos veces, no hubo respuesta. La silueta cambio, la voz era la misma, levanté la vista y la luz del sol me deslumbró.
Abrí los ojos. Miraba mi mano, sentí incertidumbre. Mi teléfono sonó. No tuve miedo, la melodía era un aviso de bienestar.
―Casi te quedas dormida, otra vez, dijo la voz.
No hubo necesidad de apretar su mano dos veces. Todo estaba bien.


martes, 14 de abril de 2015

RELATOS SALVAJES

Podrían decirse muchas cosas de estos cortos, pero es mejor mirarlos y dejar que ellos hablen por si mismos. 

RELATOS SALVAJES (2014)
Director: Damián Szifron.

jueves, 7 de agosto de 2014

ESPANTAPÁJAROS-OLIVERIO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan
seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y
sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer
terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
.

miércoles, 25 de junio de 2014

FIN DE SEMANA

Ahora mismo tú te asomas por el balcón mientras yo busco el portal para leerte las noticias. Poco a poco interrumpirás mi lectura para darme tu opinión. Después, cansado de no notar nada diferente me pedirás que abandone lo que estoy haciendo y me aliste para salir. 

Tienes una manía extraña. Los fines de semana no puedes permanecer en casa. El mediodía te indica que algo no estamos viviendo y quieres salir de inmediato a alcanzarlo. 

A veces sólo quisiera permanecer en un sitio, pero te es imposible. Te mueves de un lado a otro y soy incapaz de volverte a pensar en el mismo lugar. Quisiera guardar un poco de ti aquí, justo ahora en ese balcón. No dejarte ir, pero te mueves casi como si no quisieras nada más que desaparecer. 

Me pides que me de prisa. Siempre tienes miedo de llegar tarde. Dices que no, pero ambos sabemos que no te gusta que la gente te mire. Te molesta que sea yo la razón por la que el tiempo tiene que ir más lento. 

Buscas una boina que haga juego con mis zapatos, un reloj que te recuerde el momento exacto por el cual atravesamos la puerta y partimos hacia esos planes que has estado orquestando mientras las noticias te indicaban qué lugar evitar, qué comida ordenar.

No quiero herirte nunca con mi ausencia, por eso hábito la tuya. Tomo tu mano y salimos. Me entrego a formar parte del conjunto, me permito estar a tu lado, aún después del atardecer y las horas vacías que dejamos pasar mientras el balcón nos mira alejarnos por la misma calle hacia un juego monótono que siempre nos permite reencontrarnos.