jueves, 31 de marzo de 2016

Sueño/Pesadilla

Me desperté. Estaba sudando, algo había pasado en mi sueño, porque no era una pesadilla. Las pesadillas suelen doler, llenarte la cabeza de un miedo del que no puedes huir, pero eso que sentí sólo fue una sensación de malestar, también es cierto que me hizo despertar como suelen hacerlo las pesadillas.
He tenido todo tipo de pesadillas desde aquellas de las que despiertas llorando, no un llanto cualquiera, hablo de ese llanto que está cargado de un dolor genuino, y las más simples, ésas que sólo provocan un poco de escalofrío. Nada que distraiga la mente.
Abrí los ojos, aún no amanecía. Dentro del sueño supe que algo andaba mal, terriblemente mal. Salté y al abrir los ojos miré mi mano, justo como lo había hecho segundos antes de abrirlos y reconocer esa sensación de desagrado. Camina entre un grupo de gente, amigos mezclados de toda la vida, rostros y voces que no había dejado escapar y que por alguna razón aquella noche me hacían compañía. Todo el tiempo hubo sol, esa luz cálida de las cinco de la tarde que deja que algunas cosas brillen sin lastimar la vista. Estábamos haciendo un recorrido. Los edificios se mezclaron también, estaban esas casas que nunca he visto, las que siempre he querido recorrer y los lugares en los que he estado. Todo parecía corresponder. Era un día normal el que mi sueño quería imitar, hasta que el grupo tuvo que hacer una fila para avanzar, creí reconocer la silueta de la persona que iba guiándome, digo creí porque todo se fusiona, supe que no era quien yo creía ver por la forma en la que sujetó mi mano. Sí, todos nos tomamos de la mano para avanzar, cuando sujeté su mano sentí que algo no iba bien. Quise cerciorarme, entonces apreté su mano dos veces, no hubo respuesta. La silueta cambio, la voz era la misma, levanté la vista y la luz del sol me deslumbró.
Abrí los ojos. Miraba mi mano, sentí incertidumbre. Mi teléfono sonó. No tuve miedo, la melodía era un aviso de bienestar.
―Casi te quedas dormida, otra vez, dijo la voz.
No hubo necesidad de apretar su mano dos veces. Todo estaba bien.


martes, 14 de abril de 2015

RELATOS SALVAJES

Podrían decirse muchas cosas de estos cortos, pero es mejor mirarlos y dejar que ellos hablen por si mismos. 

RELATOS SALVAJES (2014)
Director: Damián Szifron.

jueves, 7 de agosto de 2014

ESPANTAPÁJAROS-OLIVERIO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan
seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y
sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer
terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
.

miércoles, 25 de junio de 2014

FIN DE SEMANA

Ahora mismo tú te asomas por el balcón mientras yo busco el portal para leerte las noticias. Poco a poco interrumpirás mi lectura para darme tu opinión. Después, cansado de no notar nada diferente me pedirás que abandone lo que estoy haciendo y me aliste para salir. 

Tienes una manía extraña. Los fines de semana no puedes permanecer en casa. El mediodía te indica que algo no estamos viviendo y quieres salir de inmediato a alcanzarlo. 

A veces sólo quisiera permanecer en un sitio, pero te es imposible. Te mueves de un lado a otro y soy incapaz de volverte a pensar en el mismo lugar. Quisiera guardar un poco de ti aquí, justo ahora en ese balcón. No dejarte ir, pero te mueves casi como si no quisieras nada más que desaparecer. 

Me pides que me de prisa. Siempre tienes miedo de llegar tarde. Dices que no, pero ambos sabemos que no te gusta que la gente te mire. Te molesta que sea yo la razón por la que el tiempo tiene que ir más lento. 

Buscas una boina que haga juego con mis zapatos, un reloj que te recuerde el momento exacto por el cual atravesamos la puerta y partimos hacia esos planes que has estado orquestando mientras las noticias te indicaban qué lugar evitar, qué comida ordenar.

No quiero herirte nunca con mi ausencia, por eso hábito la tuya. Tomo tu mano y salimos. Me entrego a formar parte del conjunto, me permito estar a tu lado, aún después del atardecer y las horas vacías que dejamos pasar mientras el balcón nos mira alejarnos por la misma calle hacia un juego monótono que siempre nos permite reencontrarnos.

jueves, 5 de junio de 2014

AUTORRETRATOS

El ejercicio es simple, pero no deja de ser complejo: Hacer un autorretrato. ¿Qué problema puede haber con la petición? Sólo se trata de tomar cualquier elemento que permita plasmar mi rostro sobre una superficie, y cuando llegue el momento preciso decir que ésa, la de ahí, también soy yo.
La superficie blanca y un color negro me miran. Esperan por mí y mi primer movimiento, pero me freno, se que no puedo realizar tal tarea. Ni siquiera puedo recordar cómo soy.
Sé lo básico. Tengo un par de ojos, una nariz y una boca. Podría cometer el error y decir: tengo un rostro al igual que el resto de los habitantes del planeta, pero no lo digo. Sé que no es verdad.
Tener que pensarme aquí, justo frente a mí y al mismo tiempo serme ajena. Tener que llevarme a la representación sólo para poder hablar de mí. No, ¡Imposible!

Los autorretratos me parecen un acto que requieren regalarse ante la autocontemplación, por supuesto que se debe tener cuidado de no traicionar a la realidad. Estar enfrente y ser al mismo tiempo el objeto observado. Al final se trata de plasmar lo que se ve, pero ¿qué pasa con todo eso que no puedo contemplar? Me refiero a esos pequeños detalles que estoy segura que pasaré por alto, ¿seguiré siendo yo sin ellos?
La verdad es que más que traicionar mi imagen, tengo miedo de alterarla, perder un poco de mí ante la nueva representación. Ver cómo mis ojos me miran. Quedarme paralizada ante mi reflejo, viéndome siempre al revés. Perderme en la contemplación de lo que soy y no terminar de descubrirme. Cambiarme por lo que creo mirar.
¿Qué pasaría si dejo de ser yo? ¿A qué sitio irían a parar mis ojos o mis pestañas, el desorden que me habita cada día?

Un autorretrato significa, al mismo tiempo, confirmarse y negarse. Resaltar y borrar. Pensar una y otra vez qué es lo que se quiere mostrar. ¿He dicho ‘lo que se quiere mostrar’? ¿Debo dibujar la mueca que oculta el dolor o dibujar el dolor mismo?
Para este terrible acto es necesario saber hasta dónde nuestra mirada nos dice la verdad. Entonces, ¿retratamos lo que vemos o cómo nos vemos?
Después de decidir quien va primero si la representación o el modelo ¿qué debemos hacer? ¿En quién debemos reconocernos?
Examino mi rostro y mi cuerpo ante el reflejo en el agua. Pienso que así es como me gusta. Nada claro puede apreciarse. Lo indeterminado se traza frente a mí. Pienso que es un acto puro que me muestra lo que soy en realidad. Por fin puedo mirarme sin miedo a perderme.

El reflejo de un espejo resalta lo grotesco, lo que hiere. Busco debajo de la cama el color más cálido para el dolor de mis ojos. Trazo una línea. Cierro la boca y callo todo el dolor. Ante mí un autorretrato, ante él un momento de sinceridad.