A mi lado un
niño lee, bueno en realidad deletrea. Me hace recordar viejos y dolorosos
tiempos. ¡Pobre niño!
Lo veo y pienso
en mí. Hoy puedo sin ningún problema leer un libro completo, devorarlo, después
ir a la búsqueda del siguiente, y el
siguiente. Ese es un camino que no tiene fin.
Miro al niño y
no puedo dejar de pensar en lo difícil que eran antes las palabras. Unas
largas, larguísimas y casi incomprensibles. Mundos perfectos y lejanos venían a
mi mente cuando una ene incomprensible me llevaba lejos, y una vocal
traicionera con cara de a que siempre amenazaba con sonar como o. Yo deletreaba,
leer, nunca. Era un sueño que creí inalcanzable.
La señora que
martiriza al niño lo amenaza, le da un libro. ¡Demonios! ¿Es esa la biblia? Me
muevo, hago acrobacias y compruebo que no, no es la biblia, y por más que me
estiro, no logro ver nada, no sé con qué bloque pretende iniciarlo en la
lectura.
Lo que veo es un
libro enorme, sin ilustraciones, letra diminuta que ni en mis peores pesadillas
llegaría a imaginar. Realmente se ve pesado, se le resbala de sus pequeñas
manos. "Así no se toma un libro" lo regaña.
Que alguien
venga y le dé un golpe a esa señora que insiste en que el niño lea en voz alta.
¿Aquí, en medio de tanto adulto desconocido? ¿En serio?
El niño deletrea
en voz baja, bajísima. Le señora le reclama porque no se le entiende nada. Por
supuesto que no se entiende nada. Yo le hago gestos al niño y se ríe. Quiero
llamarlo y decirle que esos garabatos no
son sus enemigos, que a su edad yo tampoco podía ni quería leer. Deseo
compartir con él que por algún tiempo será una pesadilla, un juego atroz, pero un día, lejos de la mirada de esa
señora, lejos de nuestros oídos y esos ¡librotes!, por fin encontrará uno que
reclame ser leído. Uno que esté tan solo como él y sin las exigencias de nadie,
sólo así podrá leer libremente, pero no aquí enfrente de mí y en medio de tanta
humillación.
Lejos de mi
ensueño el niño regresa la mirada al libro, pasa las páginas más aburrido que
enojado. La señora me mira y yo, después de verlo sufrir, le pregunto si quiere
escuchar una historia. La señora me vuelve a mirar un poco asustada y el niño
asiente animado. Comienzo mi relato, le confieso que yo leo libros para niños y
ambos me miran incrédulos. Al final del relato le hablo de esas cosas raras
llamadas bibliotecas públicas y la que pone cara de susto es la señora, pero yo
le sonrió, le dedico la blancura más macabra que he venido reservando desde mi
primera lectura. Pienso en ella, en la señora ¿será que volverá a señalar y
sacar libros, obligará otra vez al niño a leer? ¿En voz alta, en público?
¿Volverá a disfrutar de esa malicia? Yo quiero que la señora se acuerde de mí,
que nunca olvide este día. El niño me escucha y me pregunta por ese señor que
escribe como si fuera un niño.
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