Afuera una
calle llena de asistentes y un cristal sucio.
Adentro la explicación
acelerada y un poco atropellada de un adolescente que no termina de entender
qué hace ahí un viernes por la tarde. Una pareja que deambula por las salas sin
saber bien a bien qué es lo que tienen enfrente.
En los
pasillos la gente se turna para entrar y salir. Pasan de un artista a otro y pareciera que no tienen relación alguna.
Dos manos
por fin se unen y los sonidos dentro de sus cuerpos va en aumento.
Alguien pide
que guarden silencio, que contengan el aire y miren con mucha atención la
escultura que tienen enfrente. Por un momento todo se pausa y nadie se atreve a
moverse.
Una
sinfonía de miradas contemplan el beso de la pareja, el resto no saben si es un
performance o un hecho aislado. Nadie se mueve. El guía se ha quedado sin
palabras.
Los
asistentes abandonan la sala, algunos esperan ver un poco más de los nuevos
artistas anónimos.
PUM PUM PUM
Los cuadros
miran indignados a los nuevos amantes. Se corre el rumor de nuevas tendencias.
El arte ya
no es el mismo de antes —dice unos de los presentes― ahora ya nada es lo que
parece. Ahora todo es una puesta en escena.
Los
pasillos se van despejando. Los guías dan una explicación diferente a cada
grupo, haciéndola cada vez más compleja
y sin sentido.
La pareja
se pierde entre la multitud, su función ha terminado o una nueva está por
iniciar en un nuevo lugar.
―Viste esos
que fingían darse un beso —escucha el limpia vidrios en la calle. La fila ha
disminuido.
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