Hace un par de días mi hermana
dejó sus libros en el piso y tuve que levantarlos. Pude haberlos brincado y
asunto resuelto, pero mi curiosidad me obligó a levantarlos. Tampoco pude
evitar hojearlos. Todos eran libros de dibujo. Perspectiva, iluminación,
técnica. Todos esos temas que a mí no me importan demasiado, que ya no me
importan. Todos libros grandes, pesados, llenos de trazos perfectos, excepto
por uno. El libro era el más pequeño de todos, casi como una biblia de
bolsillo. Pequeño, azul, liviano.
La primera página hablaba de los
dibujos de la infancia, de los colores y las escenas recurrentes. El libro me
hablaba de un pasado no sólo desconocido, si no también extranjero. Cuando
terminé de leer la primera página apenas pude reconocer de esas imágenes de las
que hablaba. Yo no recuerdo haber hecho un dibujo de mi familia, y mucho menos
presumirlo para recibir piropos de la abuela. Mis abuelas nunca estuvieron
cerca ni en mi infancia ni en ninguna etapa de mi vida. Segura estoy de que
tuve cajas de colores o crayolas, pero eso de andar dibujando casitas y
mascotas para que al final del día alguien las pegara en el refri. No,
definitivamente eso no pasó. Siempre he sido mala, pésima en eso del dibujo.
Los colores me gustan. Las pinturas me gustan. Le tengo un gran respeto a los
artistas, pintores, diseñadores, ilustradores y demás personas que me ofrezcan
una imagen que sea capaz de tocar mis fibras. Pero ese libro mentía. Le miente
a quien lo toma en sus manos.
Hace poco, poquísimo tiempo, he
tenido que regresar a los colores, a las caras y cuerpos deformes. He intentado
hacer mi mejor esfuerzo para que mis dibujos se confundan con los de los niños.
No ha sido como ir al pasado, no ha sido como algo que haya vivido antes.
Lo pienso y lo creo con toda la
firmeza del mundo: Los niños deberían de hacer los manuales de dibujo. Ellos sí
tienen una técnica que compartir. No me venden términos complejos e imágenes
ajenas a mí. Toman una hoja y ningún espacio los limita. Hay quienes eligen el
color al azar. Casi nunca planean qué van a dibujar, sólo se dejan llevar. A
veces les digo que no hay correcto o incorrecto, casi siempre lo creo.
Un león verde ahora mismo habita
un parque. Niños rojos afuera de un fondo amarillo. Muchos colores. No han
usado el color negro. Ya no necesitan usar lápiz para hacer el contorno. No
usan rojo para las mayúsculas. Ven algo y quieren dibujarlo. No se detienen a
pensar en si podrán. Ellos sólo dibujan.
Podría ver a la distancia los
dibujos que ahora habitan el parque y el dichoso libro. Los miraría por un
tiempo tratando de fusionarlos, de no separar la técnica y los consejos, pero
me sería imposible. Me es imposible. Prefiero los dibujos. Elijo la libertad de
crear, la inocencia que no aún no conoce las reglas. La próxima vez que mi
hermana deje sus libros en el piso, definitivamente, los brincaré. Le voy a
pedir a mi curiosidad que se relaje, que no nos condene a imágenes falsas y me
permita ver más allá de lo que mi pasado no tuvo tiempo de construir.
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