Hace días me encontrado una
convocatoria el tema parece ser simple, pero yo encuentro una amenaza: Escribir
una carta a un escritor del pasado. Mi librero está lleno de autores
contemporáneos, personas que sigo en las redes sociales y a quiénes leo. No
siempre tiene algo que decir, y eso también, está bien.
Ellos, a los que llaman autores
del pasado, se me imaginan seres
rígidos, expuestos en una vitrina con una clara nota: Admírese y tema. Prefiero
sólo pensar en el asunto de las cartas, he de confesarlo, siempre he querido
mandar cartas a alguien. A quien sea.
Hace años conocí, quizás como el
resto del mundo, a un amigo en Internet. Ambos teníamos 12 años y nos encantaba
hablar sin fin de nuestro mal sino amoroso. También hablábamos de otras cosas,
pero en ese tiempo se nos daba bien sufrir y lo hacíamos con el rigor
necesario. Nunca intentamos ser parte de una obra de teatro, pero estoy casi
segura que de haberlo intentado lo hubiésemos hecho de maravilla.
Al principio escribíamos correos
electrónicos breves. Nos poníamos al día de cómo iban las cosas en la escuela,
si fulana lo vio y sólo le sonrió o si yo, por fin, le sonreí a fulano y le
hablé. Visto a la distancia éramos súper cursis. El mundo se nos venía encima
en un instante y por cualquier cosa.
Con el paso del tiempo los
correos comenzaron a ser cada vez más largos. Se presentaron grandes dudas,
grandes confesiones. Había un vínculo que ninguno de los dos habíamos podido
establecer con nadie más.
Extrañé demasiado cuando nuestros
horarios coincidieron y podíamos hablar. La bandeja de entrada dejó de estar
llena de nuestros correos. Hubo periodos de silencio. Días que creíamos que no
había nada que decir y era mejor no escribir ni un hola.
Yo nunca había sido consejera y
mucho menos había pensado en contar todos, o la mayoría, de mis secretos.
Quizás la distancia fue el mejor de los aliados.
Cada vez que uno de los dos sale
o no puede hacer una actividad por no tener un aliado nos lamentamos, entonces
nos escribimos: Hoy estaba en la calle y tuve ganas de gritar una tontería,
pero estaba solo y no puede decir nada.
Me hubiera gustado que estuvieras aquí.
En el momento lo lamentamos,
sufrimos lo necesario. Pero después de haberlo pensado mucho confirmamos que la
distancia está bien. Que nuestra amistad se ha mantenido por eso, por los
grandes huecos, por los días de silencios. Ambos sabemos lo que es ir perdiendo
amigos, pero nosotros aún nos buscamos, nos reímos de la simpleza de nuestras
quejas.
Quizás no escriba cartas. Quizás
nunca reciba una postal. Quizás nunca compre estampillas ni escriba la
dirección de alguien en un sobre, pero
sí tengo un amigo con el que intercambio palabras de alivio, dolor e inquietud.
Tengo un cómplice que no conoce mi voz, pero sabe reconocer cuáles con mis
frases favoritas.
No quiero escribirle a un autor
del pasado, porque no obtendré respuesta. Prefiero reservar esas palabras para
alguien que conoce mis días, alguien que elegirá las suyas para contarme lo que
sea.
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