lunes, 11 de marzo de 2013

ESPERAR #1


Esperar es una condición normal, algo que pasa todo el tiempo. No es que antes no me haya dado cuenta, lo que sucede es que ahora me importa. Estuve sentada a la orilla de mi cama por más de quince minutos pensando, no, recordando las veces que he tenido que esperar y cómo es que mi tiempo se ha ido acumulando en alguna parte que aún no he logrado encontrar.

            Creo que esa condición de esperar empezó cuando tenía seis o siete años. Recuerdo que fui a conocer lo que en ese entonces era el maravilloso planetario, pero la verdad es que los recuerdos del viaje se vieron opacados con  lo que pasó después del bendito recorrido.

             Yo iba en primero de primaria y mis hermanas en quinto. Nosotros, los pequeños regresaríamos temprano, pero por alguna razón yo nunca me enteré. Los grandes, es decir, mis hermanas regresarían después de la seis. Entonces después de la película de animales, de los juegos en los jardines regresamos a la escuela. Pude ver a las mamás saludando a sus hijos, esperando en la banqueta.  Mis compañeros bajaron apresurados, buscaban a sus madres en el estacionamiento. Yo también busqué, quizás por error o por pura suerte mi madre se había enterado y estaría ahí, mezclada entre el mar de gente, pero no fue así. Uno a uno se fueron mis compañeros y la maestra me miraba con cara de: a qué hora van a venir por ti. Por supuesto que yo ni por error le dije que sí  iban a llegar, pero tarde, muy tarde.  Así que me senté en la banqueta, me sacudí la falda y abrí mi lonchera busqué qué comer, mientras ella, ya más desesperada que preocupada, entró a la escuela para hablar a mi casa, pero por supuesto que nadie contestó.

            No sé cuántas horas pasaron, la maestra se fue, pero claro que me dejó encargada con la señora de la limpieza. Yo jugué a subir y bajar las escaleras. Me senté enfrente de los salones de quinto que representaban una aventura, porque estaban en la planta alta. Me senté en el borde y colgué mis piernas. Las balanceé a velocidades diferentes y miré el atardecer. Nunca he visto el cielo más naranja ni morado ni rosa como aquella tarde, no he encontrado nada más dulce que aquel viento rosándome la cara. Creo que nunca disfruté tanto estar en la escuela, al menos no como aquella vez que tuve que esperar a que llegarán por mí.

            Lo que vino después, cuando el camión de los grandes llegó, fue rápido, reclamos breves, pero fuertes para mis hermanas. Regaños para mí por no avisar. Lágrimas de culpabilidad. Varios ¡Lo siento, no vuelve a pasar!, y ese sabor a libertad.  ¿Cuántas veces tuve que esperar en las escaleras? ¿Cuántos ¡Lo siento, no vuelve a pasar tuve que escuchar!? No sé, supongo que los necesarios. No puedo negarlo, todos esperamos, pero cada espera es diferente, nos deja un sabor distinto. Siempre hay una historia pequeña que nos cambia. 

lunes, 25 de febrero de 2013


Ve y explícale al mundo por qué antes no salías, no sonreías, y que a veces tu cuerpo temblaba por el temor a los demás. Anda ve y diles que poco a poco aprendiste un arte, esa espada con la que ahora cargas. No digas que no es una amenaza. Te reto  a que les cuentes todo. No te quedes parada, ve y confiésate.  

domingo, 24 de febrero de 2013

SE RENTA



Regresó el miércoles por la tarde. Subió las escaleras y tocó la puerta, pero no había nadie en la casa. Se sentó a esperar. Nadie le advirtió del anuncio que colgaba en la parte posterior de la casa. 

viernes, 22 de febrero de 2013

I Wanna Hold Your Hand


Dos muchachos caminan adelante de mí. Es la forma en la que caminan la que me llama la atención. No es que uno brinque y el otro vaya cojeando. No, no es eso, es algo más, algo que sólo notas cuando les pones un poco de atención. Basta con observarlos un par de segundos para verlo, es algo diferente. 

―¿Serán pareja?―me pregunto. 

El de cabello largo busca algo en la mochila. Saca la chamarra, una botella, le pasa dos libros al de camisa blanca y sigue revolviendo el contenido de la mochila. El de camisa lo mira, guarda los libros en su mochila. El de cabello largo cierra la mochila y sostiene la botella con la mano derecha. El de camisa acerca su mano, la balancea, parece que quiere tocarlo y el de cabello largo se tensa, sube el brazo, lo baja. No sabe qué hacer con la botella. El chico de la camisa le quita la botella y la guarda en su mochila. El del cabello largo mete las manos en sus bolsillos. El de blanco sigue intentando rozar su piel, pero el de azul no se deja. Mientras yo pienso que si en la siguiente calle el de cabello largo no se deja tomar  la mano, yo puedo tomar su lugar. Yo puedo caminar  de la mano con el de blanco y que el mundo se escandalice. Que el del cabello largo se arrepienta por no atreverse a correr el riesgo. 

Los miro alejarse. Sólo caminan, pero para mí es  una danza. Se separan y se juntan. Sus brazos se acercan y se alejan. Y creo que en cualquier momento se van a tomar de la mano, lo harán unas calles más adelante, lejos de tanta gente, lejos de mi mirada, están esperando a estar solos. 

martes, 19 de febrero de 2013

Cartas vs. Recados


He descubierto que las cartas no son lo mío, yo prefiero los recados.

 Los recados tienen muchas ventajas, sólo tienes que anotar lo que deseas decir, no hay más. Por supuesto que para escribirlos hay que tener mucha claridad y precisión en el mensaje que se desea transmitir, en las cartas uno desvaría, termina contando anécdotas, poniendo al día al otro. Yo prefiero los recados, me arrepiento de las cartas que escrito últimamente, yo hubiera querido ser franca y breve, pero me dio por lo poético, lo elaborado cuando en realidad quería decirle: Vine a verte. Llámame, quiero verte. Pero no, me senté a pensar más en cómo quería decirle las cosas que en el mensaje, y claro terminé escribiendo una carta ni larga ni breve y ahora dudo, puedo afirmar que el mensaje se perdió entre tanta palabrería. 

Dejé que los reclamos acerca de mi brevedad me invadieran, por eso me puse en mi papel epistolar, pero falle. No entendiste el mensaje y ahora lo confieso: YO ODIO LAS CARTAS.