Esperar
es una condición normal, algo que pasa todo el tiempo. No es que antes no me
haya dado cuenta, lo que sucede es que ahora me importa. Estuve sentada a la
orilla de mi cama por más de quince minutos pensando, no, recordando las veces
que he tenido que esperar y cómo es que mi tiempo se ha ido acumulando en
alguna parte que aún no he logrado encontrar.
Creo que esa condición de esperar
empezó cuando tenía seis o siete años. Recuerdo que fui a conocer lo que en ese
entonces era el maravilloso planetario, pero la verdad es que los recuerdos del
viaje se vieron opacados con lo que pasó
después del bendito recorrido.
Yo iba en primero de primaria y mis hermanas
en quinto. Nosotros, los pequeños regresaríamos temprano, pero por alguna razón
yo nunca me enteré. Los grandes, es decir, mis hermanas regresarían después de
la seis. Entonces después de la película de animales, de los juegos en los
jardines regresamos a la escuela. Pude ver a las mamás saludando a sus hijos,
esperando en la banqueta. Mis compañeros
bajaron apresurados, buscaban a sus madres en el estacionamiento. Yo también
busqué, quizás por error o por pura suerte mi madre se había enterado y estaría
ahí, mezclada entre el mar de gente, pero no fue así. Uno a uno se fueron mis
compañeros y la maestra me miraba con cara de: a qué hora van a venir por ti.
Por supuesto que yo ni por error le dije que sí iban a llegar, pero tarde, muy tarde. Así que me senté en la banqueta, me sacudí la
falda y abrí mi lonchera busqué qué comer, mientras ella, ya más desesperada
que preocupada, entró a la escuela para hablar a mi casa, pero por supuesto que
nadie contestó.
No sé cuántas horas pasaron, la
maestra se fue, pero claro que me dejó encargada con la señora de la limpieza.
Yo jugué a subir y bajar las escaleras. Me senté enfrente de los salones de
quinto que representaban una aventura, porque estaban en la planta alta. Me
senté en el borde y colgué mis piernas. Las balanceé a velocidades diferentes y
miré el atardecer. Nunca he visto el cielo más naranja ni morado ni rosa como
aquella tarde, no he encontrado nada más dulce que aquel viento rosándome la
cara. Creo que nunca disfruté tanto estar en la escuela, al menos no como
aquella vez que tuve que esperar a que llegarán por mí.
Lo que vino después, cuando el
camión de los grandes llegó, fue rápido, reclamos breves, pero fuertes para mis
hermanas. Regaños para mí por no avisar. Lágrimas de culpabilidad. Varios ¡Lo
siento, no vuelve a pasar!, y ese sabor a libertad. ¿Cuántas veces tuve que esperar en las
escaleras? ¿Cuántos ¡Lo siento, no vuelve a pasar tuve que escuchar!? No sé,
supongo que los necesarios. No puedo negarlo, todos esperamos, pero cada espera
es diferente, nos deja un sabor distinto. Siempre hay una historia pequeña que
nos cambia.