Dos muchachos caminan adelante de mí. Es la forma en la que caminan la que me llama la atención. No es que uno brinque y el otro vaya cojeando. No, no es eso, es algo más, algo que sólo notas cuando les pones un poco de atención. Basta con observarlos un par de segundos para verlo, es algo diferente.
―¿Serán pareja?―me pregunto.
El de cabello largo busca algo en la mochila. Saca la chamarra, una botella, le pasa dos libros al de camisa blanca y sigue revolviendo el contenido de la mochila. El de camisa lo mira, guarda los libros en su mochila. El de cabello largo cierra la mochila y sostiene la botella con la mano derecha. El de camisa acerca su mano, la balancea, parece que quiere tocarlo y el de cabello largo se tensa, sube el brazo, lo baja. No sabe qué hacer con la botella. El chico de la camisa le quita la botella y la guarda en su mochila. El del cabello largo mete las manos en sus bolsillos. El de blanco sigue intentando rozar su piel, pero el de azul no se deja. Mientras yo pienso que si en la siguiente calle el de cabello largo no se deja tomar la mano, yo puedo tomar su lugar. Yo puedo caminar de la mano con el de blanco y que el mundo se escandalice. Que el del cabello largo se arrepienta por no atreverse a correr el riesgo.
Los miro alejarse. Sólo caminan, pero para mí es una danza. Se separan y se juntan. Sus brazos se acercan y se alejan. Y creo que en cualquier momento se van a tomar de la mano, lo harán unas calles más adelante, lejos de tanta gente, lejos de mi mirada, están esperando a estar solos.
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