―Es
altísima―escuche que dijo uno de los hombres que se iban quedando atrás.
No sé
que significa eso, en qué radica la diferencia. Y si yo le dijera a ese hombre y
a todos que esta altura o en cualquier otra no hay paz, que no se ve diferencia alguna.
Cómo
le explico al resto que al salir y mezclarme entre ellos los centímetros poco
importan, porque son sus pasos y sus miradas las que me asombran. Pero como siempre no puedo
hacerlo, y a veces quiero decirle a la gente que la admiro. Sí, a veces quiero
decirle al señor de café: ¡qué bien se ve! o a las que caminan a mi lado que su
expresión me parece fascinante, pero podría asegurar que lo que yo veo, de eso
que carezco, ellos no lo notarán. Entonces entiendo que todos estamos llenos de
carencias, que las mías y las de los otros se hacen compañía. Es por eso guardo
silencio cuando alguien habla del largo de mis brazos, por eso no le digo a
nadie lo maravilloso que me parecen, por eso mejor paso la página, aprieto el
paso y me llevo sus palabras con la esperanza de que más tarde podamos reunirnos
en otro sitio y con otro rostro para poder admirar eso que no podemos ver en
nosotros mismos.
Voy dejando atrás los murmullos de la calle. Me voy llenando de sonrisas, de pedazos de la gente que no puede ver. Me voy y los guardo para siempre.