miércoles, 20 de marzo de 2013

LOS MURMULLOS DE LA CALLE




―Es altísima―escuche que dijo uno de los hombres que se iban quedando atrás. 

         No sé que significa eso, en qué radica la diferencia. Y si yo le dijera a ese hombre y a todos que esta altura o en cualquier otra no hay paz, que no se ve  diferencia alguna.

      Cómo le explico al resto que al salir y mezclarme entre ellos los centímetros poco importan, porque son sus pasos y sus miradas las que me asombran. Pero como siempre no puedo hacerlo, y a veces quiero decirle a la gente que la admiro. Sí, a veces quiero decirle al señor de café: ¡qué bien se ve! o a las que caminan a mi lado que su expresión me parece fascinante, pero podría asegurar que lo que yo veo, de eso que carezco, ellos no lo notarán. Entonces entiendo que todos estamos llenos de carencias, que las mías y las de los otros se hacen compañía. Es por eso guardo silencio cuando alguien habla del largo de mis brazos, por eso no le digo a nadie lo maravilloso que me parecen, por eso mejor paso la página, aprieto el paso y me llevo sus palabras con la esperanza de que más tarde podamos reunirnos en otro sitio y con otro rostro para poder admirar eso que no podemos ver en nosotros mismos. 

        Voy dejando atrás los murmullos de la calle. Me voy llenando de sonrisas, de pedazos de la gente que no puede ver. Me voy y los guardo para siempre. 

martes, 19 de marzo de 2013

CONVERSACIONES QUE SE CONVIERTE EN ACUERDOS.



Es algo que Ella no puede evitar, pero siempre que charla con él se imagina que habla con ella y con otra tres más. No se pone ni triste ni celosa, porque no sabe cómo es que debe reaccionar. Está al tanto de la situación. Sabe lo que pasa.

            En un momento de honestidad se ofreció como sujeto de experimentación. Decidió formar parte del club, círculo, comunidad, como sea que después decidieran nombrarlo. No hubo mentiras, pero ahora le es inevitable no caer en los terribles cuestionamientos, en el y si.

            Maldice y bendice el momento aquel en el que creyó que necesitaba honestidad.

            Ahora con todas las formalidades, y siguiendo las políticas necesarias, se pregunta por él, pero rodea el tema, y  cuando ambos están cansados deja que salgan las preguntas que le carcomen desde el principio.

            Recuerda.

¿Cuán honesto quieres que sea?le pregunta él.

            Hasta ese momento Ella desconocía que se podía ser honesto a medias, por tanto, antes de que siguiera con sus juegos le pidió que fuera completa e irrevocablemente honesto.  

            Ella miró la pantalla por un momento, se detuvo a respirar, y después se dedicó a leer cada una de las líneas que él le había mandado. Antes de que Ella pudiera demandar alguna explicación, él la lleno de verdades no solicitadas.

            Después de un discurso breve y conciso le preguntó si estaba bien. El error fue que no lo pensó, sólo respondió que sí, aceptaba. Poco después pensó que había sido un momento de arrebato, pero mientras sus manos y sus cejas le sudaban, cada vez más se convencía de que no tenía nada que perder.

             Sí— le volvió a contestar. Ella no tenía ningún problema, podían seguir adelante. No había error.
            No le molesta esperar, mientras él contesta, mientras existe para ser compartido. Revisa su agenda. Tacha la casilla “Hablar con él” y revisa las que faltan: “Sacar la basura” “Pagar la luz” “Releer las notas”.

            Regresa a la realidad que los contiene, más tarde tendrán tiempo para reformular su vocabulario. Ahora hablan con sinceridad, corren el riesgo de decir lo que sea necesario, y ver que no pasa nada. Nunca pasa nada.  Ahora ya sabe que puede sentirse tranquila.

No hay traición, no hay mentiras.

Todo lo demás desaparece.

Y en el asunto del correo:


Y en el asunto del correo: ‘Porque usted quería saber la verdad’.  No sé, y de verdad que no lo sé. Me quedó pensando si es de verdad lo que quiero o es lo que quieren que crea que quiero. Por supuesto que no conozco el remitente y no pienso abrir el dichoso mensaje, ese que se cree el portador de la verdad. 

Seguramente será uno de los tantos sitios de adivinación que me andan rondando, y no entiendo por qué, pero últimamente me llega un sinfín de correos de esa clase. Sí, a mí que me importa un carajo lo que me tiene deparado el dichoso destino. No tengo tiempo para terminar de imaginarme una salida cuando ya me andan achacando otra adivinación. ¿Será que es un mensaje importante y me rehúso a verlo? ¿Sí? ¿Existe la remota posibilidad de que alguien esté tratando de poner sobre aviso?

Sacudo la cabeza. Izquierda, derecha. Doble clic y adiós tentación. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Es esta terrible necesidad...




Es esta terrible necesidad de no comunicar nada, pero saber que se puede decir algo. Se trata de hacer el intento de establecer una seudoespecie de comunicación. Usted ahora no lo entiende, pero no se preocupe con el tiempo y un poco más de estos mensajes crípticos desarrollará la habilidad para descifrar lo que le quiero decir, sólo le pido un poco de tiempo y  paciencia. No se desespere, ya pronto la claridad le llegará.  

lunes, 11 de marzo de 2013

ESPERAR #1


Esperar es una condición normal, algo que pasa todo el tiempo. No es que antes no me haya dado cuenta, lo que sucede es que ahora me importa. Estuve sentada a la orilla de mi cama por más de quince minutos pensando, no, recordando las veces que he tenido que esperar y cómo es que mi tiempo se ha ido acumulando en alguna parte que aún no he logrado encontrar.

            Creo que esa condición de esperar empezó cuando tenía seis o siete años. Recuerdo que fui a conocer lo que en ese entonces era el maravilloso planetario, pero la verdad es que los recuerdos del viaje se vieron opacados con  lo que pasó después del bendito recorrido.

             Yo iba en primero de primaria y mis hermanas en quinto. Nosotros, los pequeños regresaríamos temprano, pero por alguna razón yo nunca me enteré. Los grandes, es decir, mis hermanas regresarían después de la seis. Entonces después de la película de animales, de los juegos en los jardines regresamos a la escuela. Pude ver a las mamás saludando a sus hijos, esperando en la banqueta.  Mis compañeros bajaron apresurados, buscaban a sus madres en el estacionamiento. Yo también busqué, quizás por error o por pura suerte mi madre se había enterado y estaría ahí, mezclada entre el mar de gente, pero no fue así. Uno a uno se fueron mis compañeros y la maestra me miraba con cara de: a qué hora van a venir por ti. Por supuesto que yo ni por error le dije que sí  iban a llegar, pero tarde, muy tarde.  Así que me senté en la banqueta, me sacudí la falda y abrí mi lonchera busqué qué comer, mientras ella, ya más desesperada que preocupada, entró a la escuela para hablar a mi casa, pero por supuesto que nadie contestó.

            No sé cuántas horas pasaron, la maestra se fue, pero claro que me dejó encargada con la señora de la limpieza. Yo jugué a subir y bajar las escaleras. Me senté enfrente de los salones de quinto que representaban una aventura, porque estaban en la planta alta. Me senté en el borde y colgué mis piernas. Las balanceé a velocidades diferentes y miré el atardecer. Nunca he visto el cielo más naranja ni morado ni rosa como aquella tarde, no he encontrado nada más dulce que aquel viento rosándome la cara. Creo que nunca disfruté tanto estar en la escuela, al menos no como aquella vez que tuve que esperar a que llegarán por mí.

            Lo que vino después, cuando el camión de los grandes llegó, fue rápido, reclamos breves, pero fuertes para mis hermanas. Regaños para mí por no avisar. Lágrimas de culpabilidad. Varios ¡Lo siento, no vuelve a pasar!, y ese sabor a libertad.  ¿Cuántas veces tuve que esperar en las escaleras? ¿Cuántos ¡Lo siento, no vuelve a pasar tuve que escuchar!? No sé, supongo que los necesarios. No puedo negarlo, todos esperamos, pero cada espera es diferente, nos deja un sabor distinto. Siempre hay una historia pequeña que nos cambia.