miércoles, 21 de mayo de 2014

Sin título #1

—Otro día más, susurra. Yo no quiero voltear a ver su cara. Me cubro la cara con la chamarra y espero que el amanecer llegue. Todo lo que nos queda es esperar.
   Los ruidos de la calle desaparecen gradualmente. Aquí adentro el encierro es doble. No quiero verlo y mucho menos escucharlo.
   Regresemos el tiempo y veamos qué cosas ya no podrán regresar a su lugar.


Sólo es cuestión de ver nuestras caras, que alguien nos muestre la fotos y vayamos directamente a la hora de las aclaraciones.
   Acudir despacio y sin expectativas. Dejarse llevar por la gente y su máscara. Pedir un trago morado y esperar que la realidad comience a saber divertida.
  Tomar una mano inocente y no dejar que se marche nunca. Dejar caer todo nuestro miedo y sacudirse las reglas.
   Reconocer rostros y voces. Acudir a ellos en busca de una historia entretenida y observar falsas sonrisas, fotografías de la familia con la que no sueñas, esa con la que te has empeñado en alejar.
   Mueves tus fichas y cambias las que no necesitas. El juego parece divertido hasta que las confidencias dejan de serlo.
   Palabras cálidas, palabras pesadas y agobiantes. Un amor no declarado llega a la pista y te mueres por cambiar de pareja, justo antes de que alguien más te diga cuánto tiempo lleva esperando encontrarte.
  Luces que te hacen desviar la mirada. Música perfecta para alejarte brincando y haciendo crecer la esperanza de que al final de la pista seas capaz de regresar.
  Las pisadas de los otros me anuncian el amanecer. Es el momento en el que todos nos damos cuenta de que es tarde para irnos y demasiado pronto para despedirnos.
             

Él se mueve, pero no abre los ojos. Supones que duerme profundamente. Quieres salir de la habitación, de este momento frío y solitario.
   Un quejido largo y estridente obliga a todos a abrir los ojos, aún cuando estás segura que puedes permanecer ahí hasta que ya todos se hayan esfumado.
  Un abrigo te cubre, unos pasos se alejan. No hay palabras de intercambio, nada que indique que debes esperar el regreso de nadie.
  Son tus pasos lo único que se escucha dentro del cubo de las escaleras. Es tu respiración agitada y el sol clavándose en tus ojos, el son de tu retirada.
  Música suave te llama. Música de un compositor anónimo que te busca y salta entre los hombres de las calles. Alguien podría estarte llamando, pero te es imposible escucharlo.

sábado, 19 de abril de 2014

EVITAR CALLES O LLENARSE DE ILUSIÓN



Siempre a la misma hora tengo la impresión de que en algún lugar estás esperándome. Te imagino en la misma silla de siempre detrás del periódico riéndote de la tanta insensatez. De vez en cuando miras el reloj y buscas, entre la gente que pasa, mi rostro. No haces ningún tipo de mueca, no tienes una cara especial que indique que estás esperando encontrarme. Simplemente miras lo que hay a tu alrededor. No esperas nada. En cambio tú deberías mirarme entrar en este estado de pánico y felicidad. La boca se me seca y las manos sudan. Pienso que hoy tendré suerte. Hago las cosas bien y con mucho cuidado para no dañar tu recuerdo. ¿Era está la calle? Eso no importa, basta que en mis recuerdos elaborados te piense en esta calle esperando abordar algún autobús, dirigiéndote a cualquier parte, pero siempre con la intención de ir a mi encuentro. 

Sólo a veces yo también quiero coincidir contigo. Camino por las calles que alguna vez transitamos juntos, pero se caen de ordinarias. Pienso que bien pudiste caminar por aquí un día cualquiera que ibas a ningún destino en particular. Otras veces, y en las que me convierto en una creyente ferviente y espero que al dar la vuelta estés en la parada. 

Imaginarte es tan fácil que hubo un tiempo en el que evite por completo una gran avenida. No me importó caminar varias calles para rodear el lugar. Ahora lo sé, tenía miedo de encontrarte. Temblaba cada vez que la luz roja me sorprendía y no había ningún remedio más que el de permanecer ahí. Por segundos lo único que me habitó fue el pánico. Un pánico especial, uno que me recordaba detalles, que me sacaba una que otra sonrisa. ¿Y si te hubiera encontrado parado esperando para poder avanzar? ¿Qué nos hubiéramos dicho? 

Sólo puedo pensar que tú sí me hubieras encontrado. Tú sí me hubieras visto una y otra vez doblar la esquina, detenerme a mirar antes de cruzar la calle, riendo ante el mal clima. Tú sí, pero yo no. 

Poco a poco caminar se ha convertido en evitar calles, en llenarse de ilusión, en nunca perder la esperanza de que un día la fantasía sea realidad, de que la sombra desconocida sea un cuerpo conocido. Caminar y esperar.

miércoles, 9 de abril de 2014

Caída Libre

Estirar la mano y no sentir nada. Escuchar cada uno de mis movimientos, identificarlos con un color. Ante mí una paleta de sabores. Afuera la gente sigue moviéndose, lo sé porque puedo escuchar los ruidos de la calle, pero no me molesta, ya no me invitan a levantarme,  a salir y averiguar qué anda mal.  Me muevo dentro de la cama buscando una postura que no moleste, que me permita seguir con los ojos abiertos en otro sitio.Vuelvo a soñar lo mismo. ¿Cuántas veces se puede soñar con lo mismo?

 Mis pies flotan sobre una hoja de papel. Puedo ser yo o cualquiera la que viste de azul y se pierde en el cielo. Un sonido dentro de la casa hace que me mueva, me invita a despertar, pero no quiero, me siento y eso me basta.  Mis abrazos son alas de mosca que me llevan a probar cada detalle del mundo. Soy una mosca golosa que sólo se posa sobre lo que le gusta.

Mis alas se extienden, estiro mis patas quiero que mis huellas se impregnen en el sabor de las cosas.
Soy papel y mosca. Soy mosca dentro de mis sueños. Soy el papel que he postergado. Soy un sueño cotidiano. Soy de papel. Soy una mosca de papel.

La hoja de papel sobre la floto comienza a moverse cada vez más rápido y cambia de dirección de manera arbitraria. No hay sonido. No hay un sitio al cual dirigirme. Me dejo llevar y mis alas desaparecen. Mis brazos arden  al contacto con el viento. La hoja comienza a romperse.  Ya no floto.  Voy en caída libre.

Lo normal es que para este punto tiemble de miedo, que grite o intente salvarme, pero por el contrario yo quiero saber cómo acaba este sueño repetido, a dónde ha de llevarme esa caída. 

Un punto negro aparece en la muñeca de mi brazo izquierdo. Cierro los ojos, el azul del cielo desaparece. Mi peso no importa. El impacto será equivalente a la sorpresa del lugar que me reciba.

Es el ruido del primer mundo el que me indica que el sueño ha terminado. Son las luces del día los que no me dejan ver que un punto se convierte en línea debajo de mi piel, una línea que más tarde seguiré, más tarde cuando las luces y los sonidos no cuenten como realidad.


El sueño inicia y termina de la misma forma cada noche y cada despertar busco el punto debajo de mi brazo, pero no crece no avanza. Salgo de la cama, sigo la línea punteada que me lleva a todas partes, la que me permite rodear cada detalle. 

Ya no hay hoja de papel. No hay alas de mosca. Todo es caída libre. Un sueño repetido. 

viernes, 21 de marzo de 2014

De mi poemario Bestiario, ganador de 2do. Lugar en en la categoría de Poesía en el XIV Premio de Filosofía y Letras 2013.


KINKAJÚ


Y detrás de cada pesadilla: un mono nocturno.
Amarillo marrón que amenaza en convertirse  tormenta.
Ser de hábitos comunes,
hábil trepador,
contorsionista, devorador de flores.
¡Vamos!, salta de esta pesadilla
limpia tus culpas,
ve, busca el fruto.
ése que no se amarga en tu boca,
estírate,
redes cazadoras,
busca la selva madriguera donde reptarás durante el día.

Mono diminuto, temible monstruo,
kinkajú,
detrás de tu nombre el enigma:
en medio del azabache de tus ojos;
la luz de terror.



MANIACTUS

El maniactus no posee arco ni garras. Observa a sus presas, les hace saber que está presente en todo momento. No se mueve con sigilo ni se oculta. Nunca muestra sus dos caras, pues le gusta confundir al enemigo.
Con sus más de trescientos y diminutos ojos amarillos registra cada movimiento, no hay ruta que no conozca, ni rumor o burbuja que no perciba.
El maniactus es un ser solitario, sin forma fija. Lo mismo da que vista de gris o de rojo, si su pelaje es largo o corto, ya que nadie puede dejar de ver sus temibles ojos amarillos.
Desde la soledad de su nido se teje con sus propios brazos un manto que nunca lo ha de cubrir del frío. 

domingo, 23 de febrero de 2014

¡Ya no quiero volver a soñar!


El perro me mira desconcertado, y sé que tengo miedo, mucho más que él. Su respiración me parece más acelerada, casi violenta. La recámara se ilumina con las bombas que anuncian la fiesta de la iglesia. El perro llora y yo trato de calmarnos. Quiero que el sol salga y nos caliente un poco. Quitarme la duda. Salir corriendo y asegurarme de que aún está todo ahí, justo en el sitio donde lo he dejado meses atrás.

La respiración del perro inunda la habitación. Llena cada parte y las imágenes regresan a mi mente. Las manos me tiemblan y tengo mucho miedo. Los sueños no sirven para nada, pienso. Lo único que quiero es olvidar. Sí, cerrar los ojos y borrar esta nueva preocupación. A partir de este momento renuncio a los sueños, me repito. Ya no quiero ver todos los colores juntos ni formas diferentes e inexistentes. Deseo borrar todo, pero mantener la calma. ¡Ya no quiero volver a soñar! No me importa nada. Quiero arrepentirme más adelante, pero dejar de ver rostros que me abandonan, dejar los sueños atrás y mantener la pantalla en negro sólo por algún tiempo. 

El perro mantiene fija su mirada en mí y no puedo tranquilizarme. Tengo tanto miedo de que este sueño se convierta en una certeza. A nadie le gusta andar husmeando en el futuro. Nadie tiene tiempo para vivir con el remordimiento.

Salgo de la cama. Extiendo las sábanas y vuelvo a acostarme. Trato de regular mi respiración. Cierro los ojos. Trato de no pensar en nada. Cuento hasta quedarme dormida. Me doy vuelta y el perro se despierta. Respira fuerte y largo, sé que es su forma de quejarse. Durante el resto de la noche nos turnamos para interrumpir nuestros sueños, nos permitimos asegurarnos de que cada ladrillo, libro, sonrisa siga en su sitio.