viernes, 25 de junio de 2010

CASIDA DEL ODIO- MARIO BOJÓRQUEZ


IV

TODOS tenemos una

partícula del odio.


Y nuestros corazones

que fueron hechos para albergar amor

retuercen hoy sus músculos, bombean

los jugos desesperados de la ira.

y nuestros corazones

otro tiempo tan plenos

contraen cada fibra

y explotan.

VI

Todos tenemos una partícula de

odio

y cuando el índice se agita señalando con fuego

cuando imprime en el aire su marca de lo infame

cuando se erecta pleno falange por falange

¡Ah! qué lluvia de ácidos reproches

qué arduos continentes se contraen.

El gest, el ademán, la mueca

el dedo acusativo

y la uña

¡ay! la uña

corva rodela hincándose en el pecho.

VII

Todos tenemos al que reprocharle al mundo

su inexacta porción de placer y de melancolía

su pausada, enojosa, virtud de quedar más allá

en otra parte

donde nuestras manos se cierran con estruendo aferradas al aire de

la desilusión; su también, por qué no, circunstacia de borde, de

extrema lasitud, de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas.

VIII

Todos tenemos algo que decir de los demás

y nos callamos.

Pero siempre detrás de la sonrisa

de los dientes felices, perfectos y blanquísimos

en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,

los verdugos amables.

(CODA)

En alguna parte de nuestro cuerpo

hay una alarma súbita

un termostato alerta enviando sus pulsiones

algo que dice:

ahora

y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse por los

ojos, las mandíbulas truenan y mascan bocanadas de aire envenenado

y la espina dorsal, choque eléctrico, piano destrozado y molido por

un hacha y los vellos, las barbas y el escroto, se erizan puercoespín

y las manos se hinchan de amoratadas venas, el cuerpo sacude

convulsiones violetas y todo dura sólo, apenas, un segundo y una

última ola de sangre oxigenada nos regresa la calma.

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