viernes, 10 de mayo de 2013

NO CORRO, NO GRITO, Y LO DEMÁS TAMPOCO ME IMPORTA.



Nos piden que abandonemos el salón en silencio, y por supuesto no hay quejas. Nadie le encuentra inconveniente alguno de salir del salón por más de quince minutos bajo el rayo del sol. Las posibilidades de diversión son infinitas. ¡Uff!

Camino entre ellos. No me quejo, después de todo debemos descansar un poco. ¿Descansar? ¿Será que es muy agotador estar en la sombra sin hacer nada? ¿De esperar media hora por una firma que te llevará al ridículo: Sí cumplió?  

Nos concentramos en el patio. Todos buscamos el lugar que nos reguardara del peligro. A lo lejos los maestros se reúnen, el director comienza a dar los oportunos avisos y aclara que se trata de un simulacro. Por supuesto que es un simulacro, en una verdadera emergencia nadie sabe cómo debe reaccionar. Correr, gritar, buscar a los amigos o ponerse a llorar son las únicas opciones que les parecen lógicas o inmediatas.

Me siento y guardo silencio. Alguien se queja y otro más dice que le importa un carajo cuánto tiempo nos tomó desalojar los edificios. Nos regañan y nos recuerdan lo que se debe hacer, cómo se debe reaccionar. ¿Cómo se debe reaccionar? Para qué hacerlo, vivir bajo el cobijo de la ignorancia ha resultado bien hasta el momento. ¿Qué decir? No hay manuales, no importa cuánto tiempo te plantes enfrente del espejo y lo repitas, el fenómeno del reflejo no te dirá ni te mostrará nada, porque no hay magia ni ilusión potente detrás del reflejado.  No la hay.

¿Qué mañana no hay clases? La ovación es inmediata, ¿pero la felicidad es genuina? ¿De verdad lo es? Cuchicheos alrededor. Planes abundantes y carentes de creatividad. Maestros leones rondándonos, callando nuestro deseos. Respira, disfruta el sol, mañana el encierro.

No puedo dejar de pensar que el simulacro después del simulacro es lo genuino, lo único, lo real, el pan de cada día. Nosotros, sí, todos nosotros los personajes protagonistas celebrando, sólo eso, celebrando la dicha de la ignorancia.

La vida es sencilla, todo se reduce a sacudir las rodillas, esperar un par de horas más y salir. Ir de un cautiverio a otro. Gritar de felicidad, porque mañana y el resto de los días seguirán siendo la oda perfecta.


Nos levantamos, entonces lo pienso: No corro, no grito, y lo demás tampoco me importa.

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