Basta que alguien haga un poco de ruido, que grite
para que el resto de la gente tiemble de miedo, pero yo no me muevo. Me quedo
quieta para ver cómo es que los demás reaccionan. Me gusta ver en sus caras esa
expresión de dolor y desconcierto, de alguna forma eso me hace pensar en ti. Tu
recuerdo me habita una vez más. Corro y me siento a un lado de la ventana. Jalo
tu sillón y me acomodo como tú solías hacerlo. Levanto al gato del suelo y lo
pongo en mi regazo. Después de un rato todos se calman. El temblor se ha terminado.
Pasa el tiempo y ninguno de los dos nos movemos. El
gato no hace ningún ruido y mi respiración es lenta, casi tranquila, entonces
sé que te he fallado, porque no he podido mantenerme despierta, como tú.
El gato se
vuelve a mover. Ahora todos se acercan y comienzan a contar su historia. Yo no quiero
escucharlos, no quiero enterarme de nada, sólo quiero estar aquí y ver la
desesperación en sus caras, el dolor en sus ojos, pero sonríen, se alegran de
que todo haya pasado. Por supuesto que me desilusiono y quiero que se vuelva a
repetir la escena. Deseo con fuerza verlos correr una vez más, pero el gato se
vuelve a mover. Se va. Entonces entiendo que la función se acabó.
Quiero cerrar otra vez los ojos, ver un poco más allá,
pero no me lo permites. Me pongo de pie, coloco tu sillón en el sitio de siempre
y me marcho. Te dejo ahí, a ti y a tu gato, a la tempestad que un día despertaste,
y de la cual, ahora no puedo liberarme.
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