miércoles, 6 de abril de 2016

¿ESCRIBIR CARTAS?

Hace días me encontrado una convocatoria el tema parece ser simple, pero yo encuentro una amenaza: Escribir una carta a un escritor del pasado. Mi librero está lleno de autores contemporáneos, personas que sigo en las redes sociales y a quiénes leo. No siempre tiene algo que decir, y eso también, está bien.
Ellos, a los que llaman autores del pasado,  se me imaginan seres rígidos, expuestos en una vitrina con una clara nota: Admírese y tema. Prefiero sólo pensar en el asunto de las cartas, he de confesarlo, siempre he querido mandar cartas a alguien. A quien sea.
Hace años conocí, quizás como el resto del mundo, a un amigo en Internet. Ambos teníamos 12 años y nos encantaba hablar sin fin de nuestro mal sino amoroso. También hablábamos de otras cosas, pero en ese tiempo se nos daba bien sufrir y lo hacíamos con el rigor necesario. Nunca intentamos ser parte de una obra de teatro, pero estoy casi segura que de haberlo intentado lo hubiésemos hecho de maravilla.

Al principio escribíamos correos electrónicos breves. Nos poníamos al día de cómo iban las cosas en la escuela, si fulana lo vio y sólo le sonrió o si yo, por fin, le sonreí a fulano y le hablé. Visto a la distancia éramos súper cursis. El mundo se nos venía encima en un instante y por cualquier cosa.

Con el paso del tiempo los correos comenzaron a ser cada vez más largos. Se presentaron grandes dudas, grandes confesiones. Había un vínculo que ninguno de los dos habíamos podido establecer con nadie más.

Extrañé demasiado cuando nuestros horarios coincidieron y podíamos hablar. La bandeja de entrada dejó de estar llena de nuestros correos. Hubo periodos de silencio. Días que creíamos que no había nada que decir y era mejor no escribir ni un hola.

Yo nunca había sido consejera y mucho menos había pensado en contar todos, o la mayoría, de mis secretos. Quizás la distancia fue el mejor de los aliados.

Cada vez que uno de los dos sale o no puede hacer una actividad por no tener un aliado nos lamentamos, entonces nos escribimos: Hoy estaba en la calle y tuve ganas de gritar una tontería, pero estaba solo y  no puede decir nada. Me hubiera gustado que estuvieras aquí. 

En el momento lo lamentamos, sufrimos lo necesario. Pero después de haberlo pensado mucho confirmamos que la distancia está bien. Que nuestra amistad se ha mantenido por eso, por los grandes huecos, por los días de silencios. Ambos sabemos lo que es ir perdiendo amigos, pero nosotros aún nos buscamos, nos reímos de la simpleza de nuestras quejas.

Quizás no escriba cartas. Quizás nunca reciba una postal. Quizás nunca compre estampillas ni escriba la dirección de alguien  en un sobre, pero sí tengo un amigo con el que intercambio palabras de alivio, dolor e inquietud. Tengo un cómplice que no conoce mi voz, pero sabe reconocer cuáles con mis frases favoritas.


No quiero escribirle a un autor del pasado, porque no obtendré respuesta. Prefiero reservar esas palabras para alguien que conoce mis días, alguien que elegirá las suyas para contarme lo que sea.

domingo, 3 de abril de 2016

DE DIBUJOS Y FALSAS IMÁGENES

Hace un par de días mi hermana dejó sus libros en el piso y tuve que levantarlos. Pude haberlos brincado y asunto resuelto, pero mi curiosidad me obligó a levantarlos. Tampoco pude evitar hojearlos. Todos eran libros de dibujo. Perspectiva, iluminación, técnica. Todos esos temas que a mí no me importan demasiado, que ya no me importan. Todos libros grandes, pesados, llenos de trazos perfectos, excepto por uno. El libro era el más pequeño de todos, casi como una biblia de bolsillo. Pequeño, azul, liviano.

La primera página hablaba de los dibujos de la infancia, de los colores y las escenas recurrentes. El libro me hablaba de un pasado no sólo desconocido, si no también extranjero. Cuando terminé de leer la primera página apenas pude reconocer de esas imágenes de las que hablaba. Yo no recuerdo haber hecho un dibujo de mi familia, y mucho menos presumirlo para recibir piropos de la abuela. Mis abuelas nunca estuvieron cerca ni en mi infancia ni en ninguna etapa de mi vida. Segura estoy de que tuve cajas de colores o crayolas, pero eso de andar dibujando casitas y mascotas para que al final del día alguien las pegara en el refri. No, definitivamente eso no pasó. Siempre he sido mala, pésima en eso del dibujo. Los colores me gustan. Las pinturas me gustan. Le tengo un gran respeto a los artistas, pintores, diseñadores, ilustradores y demás personas que me ofrezcan una imagen que sea capaz de tocar mis fibras. Pero ese libro mentía. Le miente a quien lo toma en sus manos.

Hace poco, poquísimo tiempo, he tenido que regresar a los colores, a las caras y cuerpos deformes. He intentado hacer mi mejor esfuerzo para que mis dibujos se confundan con los de los niños. No ha sido como ir al pasado, no ha sido como algo que haya vivido antes.

Lo pienso y lo creo con toda la firmeza del mundo: Los niños deberían de hacer los manuales de dibujo. Ellos sí tienen una técnica que compartir. No me venden términos complejos e imágenes ajenas a mí. Toman una hoja y ningún espacio los limita. Hay quienes eligen el color al azar. Casi nunca planean qué van a dibujar, sólo se dejan llevar. A veces les digo que no hay correcto o incorrecto, casi siempre lo creo.

Un león verde ahora mismo habita un parque. Niños rojos afuera de un fondo amarillo. Muchos colores. No han usado el color negro. Ya no necesitan usar lápiz para hacer el contorno. No usan rojo para las mayúsculas. Ven algo y quieren dibujarlo. No se detienen a pensar en si podrán. Ellos sólo dibujan.

Podría ver a la distancia los dibujos que ahora habitan el parque y el dichoso libro. Los miraría por un tiempo tratando de fusionarlos, de no separar la técnica y los consejos, pero me sería imposible. Me es imposible. Prefiero los dibujos. Elijo la libertad de crear, la inocencia que no aún no conoce las reglas. La próxima vez que mi hermana deje sus libros en el piso, definitivamente, los brincaré. Le voy a pedir a mi curiosidad que se relaje, que no nos condene a imágenes falsas y me permita ver más allá de lo que mi pasado no tuvo tiempo de construir.

sábado, 2 de abril de 2016

¡Anda, escribe!

Nadie me ha dicho que escriba. No me han ofrecido un pedazo de papel y me han pedido que me queje ahí, que vaya guardando mis memorias. Pero qué palabra: M E M O R I A. Tengo miedo de perderla, más miedo me da que alguien pretenda contar mis historias y que no las cuenten como es debido, tampoco sé a qué me refiero con eso.

Yo puedo decir que hay mucho para contar y que nadie me ha ofrecido un muro para llenarlo con mis palabras, pero podrían darme el muro y ni mi nombre voy a querer escribir.

He estado reclamando ese espacio, que estado diciendo que odio el típico Había una vez, pero no puedo renunciar al Érase una vez. He querido ser más que una vez, más que tres palabras que invitan a querer escuchar. He querido ser el deseo y permanecer.

Nadie me ha pedido que cuente una historia, cualquier historia, sin embargo, yo voy y la cuento. No detengo a la gente en la calle. No rompo internet con una noticia ni siquiera le pido a mis amigos que se queden a escucharme. Yo agarro y la escribo, le borro por aquí por allá, la borro toda, la vuelvo a pensar, la abandono, regreso a ella, dejo de entenderla, sentirla, quererla.

Nadie me ha dicho que hable de un tema en particular y por eso quiero hablar de todo. Las palabras se me junta y las confundo, no las invento, ellas vienen y deciden en qué lugar han de quedarse. Cuando, por fin, encuentra su sitio quiero correr y agradecerles, pero no lo hago, las contemplo, dejo que se queden un rato ahí, sin moverse, sin existir.  Las miro con la distancia que creo deben ser vistas.

Ciertamente nadie me ha dicho: ¡Anda, escribe!; también es cierto que nadie me ha dicho: No, aquí no puedes venir a llenarnos con tus palabras. Estoy sobre la línea que me permite contemplar ambos lugares, estoy perdida o cobijada. Sólo estoy. Tomo las palabras y las dispongo en no sé qué orden, queriendo provocar no sé qué sentimiento. Tomo las palabras antes de que se vayan y no puedan volver a encontrarme.

Escribo rápido, casi con prisa, hay una súplica pequeña para que las letras no se me vayan. Escribo lento, repito tantas veces la misma palabra hasta que siento que no existe, que la acabo de inventar, la abrazo, siento que sólo a mí me pertenece ¿En dónde está mi muro? ¿Quién quiere escuchar una historia? 

Érase una vez... 


viernes, 1 de abril de 2016

FOTOGRAFÍA

Busco, aunque tengo la certeza de que no encontraré otra foto. La única foto que tengo es aquella que tomaron hace cinco años. ¡Cinco años! Es una foto terrible, sólo puedo ver con claridad los zapatos, pero no las caras. Sé que somos nosotros porque estuve ahí, porque recuerdo aquella noche, de otra forma el manchón que es esta foto no representaría nada para mí. 
 No nos gustaban las fotos. Nunca nos importó salvar un poco de nosotros, siempre hicimos lo posible por ir perdiéndonos. Casi lo logramos, si no hubiera sido por este pedazo de papel todo lo que nunca deseamos guardar hoy lo hemos perdido.
 Hace cinco años tenías que decir adiós y por esa suerte de destino nos encontramos. Ahora tenemos lo necesario para comunicarnos, pero no lo hacemos. Recuerdo cuando aún temblaba ante la posibilidad de verte, de escucharte decir ´Estoy bien´.
 Alguien ajeno al grupo tomó la foto. Salíamos del bar, fue una tarde de lluvia y se sentía un poco de frío; eso también lo recuerdo. También recuerdo los pretextos que llegaron uno a uno para alargar la velada, para no pronunciar las palabras que confirmarían que aquella noche nos habíamos reunido para decirte adiós. Muchas veces después de aquel día nos dijimos adiós, pero nunca tuvimos uno tan sincero y real como el de aquella noche de septiembre.
 En la foto no estamos juntos. Descubro que nunca lo hemos estado. Siempre en medio de algo, siempre ingeniando algo para poner un poco de distancia.
 A veces, cuando me vienen pedazos de aquella noche creo fielmente que estábamos juntos, que estuvimos juntos. Pero ahora, en este momento estamos lejos. Es una distancia que no sabe a nada, y que tal vez mañana ya no me importe conservar una prueba de haber coincidido. Ya no pienso en ti con esa firme promesa de no dejarte ir, sólo trato de aclarar tu imagen. Ha sido algo que me ha asaltado de pronto. Tu rostro ya no estaba, y tampoco el rostro de lo que éramos. Ya no me queda más. Ha sido por eso que he buscado una foto. He querido recordar cuál era nuestra expresión. ¿Sonreíamos? ¿Temblábamos a causa del frío? 
 Busco una vez más, pienso que esta foto no puede ser lo único que nos quede, lo único que me diga que un día la gente agarra un camino y no vuelve más.
Hay otros recuerdos que se me mezclan con suposiciones. No hay a quién recurrir, esto que creo que son recuerdos también podrían ser invenciones.
No hay más, por más que busque sólo tengo esta foto y sólo somos eso. Nadie más ha de mirar la foto, los que por error lo hagan no van a entender que estábamos contentos en medio de una noche que no íbamos a repetir. 
La única foto que poseo no dice nada, al igual que nosotros que creímos que las palabras nos iban a durar para siempre. No he podido recordar nuestros rostros, quizás sea mejor que todo se borre, que nos convierta en una anécdota mal contada. 


jueves, 31 de marzo de 2016

Sueño/Pesadilla

Me desperté. Estaba sudando, algo había pasado en mi sueño, porque no era una pesadilla. Las pesadillas suelen doler, llenarte la cabeza de un miedo del que no puedes huir, pero eso que sentí sólo fue una sensación de malestar, también es cierto que me hizo despertar como suelen hacerlo las pesadillas.
He tenido todo tipo de pesadillas desde aquellas de las que despiertas llorando, no un llanto cualquiera, hablo de ese llanto que está cargado de un dolor genuino, y las más simples, ésas que sólo provocan un poco de escalofrío. Nada que distraiga la mente.
Abrí los ojos, aún no amanecía. Dentro del sueño supe que algo andaba mal, terriblemente mal. Salté y al abrir los ojos miré mi mano, justo como lo había hecho segundos antes de abrirlos y reconocer esa sensación de desagrado. Camina entre un grupo de gente, amigos mezclados de toda la vida, rostros y voces que no había dejado escapar y que por alguna razón aquella noche me hacían compañía. Todo el tiempo hubo sol, esa luz cálida de las cinco de la tarde que deja que algunas cosas brillen sin lastimar la vista. Estábamos haciendo un recorrido. Los edificios se mezclaron también, estaban esas casas que nunca he visto, las que siempre he querido recorrer y los lugares en los que he estado. Todo parecía corresponder. Era un día normal el que mi sueño quería imitar, hasta que el grupo tuvo que hacer una fila para avanzar, creí reconocer la silueta de la persona que iba guiándome, digo creí porque todo se fusiona, supe que no era quien yo creía ver por la forma en la que sujetó mi mano. Sí, todos nos tomamos de la mano para avanzar, cuando sujeté su mano sentí que algo no iba bien. Quise cerciorarme, entonces apreté su mano dos veces, no hubo respuesta. La silueta cambio, la voz era la misma, levanté la vista y la luz del sol me deslumbró.
Abrí los ojos. Miraba mi mano, sentí incertidumbre. Mi teléfono sonó. No tuve miedo, la melodía era un aviso de bienestar.
―Casi te quedas dormida, otra vez, dijo la voz.
No hubo necesidad de apretar su mano dos veces. Todo estaba bien.