Nos piden que abandonemos el
salón en silencio, y por supuesto no hay quejas. Nadie le encuentra
inconveniente alguno de salir del salón por más de quince minutos bajo el rayo
del sol. Las posibilidades de diversión son infinitas. ¡Uff!
Camino entre ellos. No me
quejo, después de todo debemos descansar un poco. ¿Descansar? ¿Será que es muy
agotador estar en la sombra sin hacer nada? ¿De esperar media hora por una
firma que te llevará al ridículo: Sí cumplió?
Nos concentramos en el
patio. Todos buscamos el lugar que nos reguardara del peligro. A lo lejos los
maestros se reúnen, el director comienza a dar los oportunos avisos y aclara
que se trata de un simulacro. Por supuesto que es un simulacro, en una verdadera
emergencia nadie sabe cómo debe reaccionar. Correr, gritar, buscar a los amigos
o ponerse a llorar son las únicas opciones que les parecen lógicas o inmediatas.
Me siento y guardo silencio.
Alguien se queja y otro más dice que le importa un carajo cuánto tiempo nos
tomó desalojar los edificios. Nos regañan y nos recuerdan lo que se debe hacer,
cómo se debe reaccionar. ¿Cómo se debe reaccionar? Para qué hacerlo, vivir bajo
el cobijo de la ignorancia ha resultado bien hasta el momento. ¿Qué decir? No
hay manuales, no importa cuánto tiempo te plantes enfrente del espejo y lo
repitas, el fenómeno del reflejo no te dirá ni te mostrará nada, porque no hay
magia ni ilusión potente detrás del reflejado. No la hay.
¿Qué mañana no hay clases?
La ovación es inmediata, ¿pero la felicidad es genuina? ¿De verdad lo es? Cuchicheos
alrededor. Planes abundantes y carentes de creatividad. Maestros leones rondándonos,
callando nuestro deseos. Respira, disfruta el sol, mañana el encierro.
No puedo dejar de pensar que
el simulacro después del simulacro es lo genuino, lo único, lo real, el pan de
cada día. Nosotros, sí, todos nosotros los personajes protagonistas celebrando,
sólo eso, celebrando la dicha de la ignorancia.
La vida es sencilla, todo se
reduce a sacudir las rodillas, esperar un par de horas más y salir. Ir de un
cautiverio a otro. Gritar de felicidad, porque mañana y el resto de los días
seguirán siendo la oda perfecta.
Nos levantamos, entonces lo pienso: No corro, no
grito, y lo demás tampoco me importa.