domingo, 29 de septiembre de 2013

ASÍ NO SE TOMA UN LIBRO

A mi lado un niño lee, bueno en realidad deletrea. Me hace recordar viejos y dolorosos tiempos. ¡Pobre niño!

Lo veo y pienso en mí. Hoy puedo sin ningún problema leer un libro completo, devorarlo, después ir  a la búsqueda del siguiente, y el siguiente. Ese es un camino que no tiene fin.

Miro al niño y no puedo dejar de pensar en lo difícil que eran antes las palabras. Unas largas, larguísimas y casi incomprensibles. Mundos perfectos y lejanos venían a mi mente cuando una ene incomprensible me llevaba lejos, y una vocal traicionera con cara de a que siempre amenazaba con sonar como o. Yo deletreaba, leer, nunca. Era un sueño que creí inalcanzable.

La señora que martiriza al niño lo amenaza, le da un libro. ¡Demonios! ¿Es esa la biblia? Me muevo, hago acrobacias y compruebo que no, no es la biblia, y por más que me estiro, no logro ver nada, no sé con qué bloque pretende iniciarlo en la lectura.

Lo que veo es un libro enorme, sin ilustraciones, letra diminuta que ni en mis peores pesadillas llegaría a imaginar. Realmente se ve pesado, se le resbala de sus pequeñas manos. "Así no se toma un libro" lo regaña. 

Que alguien venga y le dé un golpe a esa señora que insiste en que el niño lea en voz alta. ¿Aquí, en medio de tanto adulto desconocido? ¿En serio?

El niño deletrea en voz baja, bajísima. Le señora le reclama porque no se le entiende nada. Por supuesto que no se entiende nada. Yo le hago gestos al niño y se ríe. Quiero llamarlo y decirle que  esos garabatos no son sus enemigos, que a su edad yo tampoco podía ni quería leer. Deseo compartir con él que por algún tiempo será una pesadilla, un juego atroz,  pero un día, lejos de la mirada de esa señora, lejos de nuestros oídos y esos ¡librotes!, por fin encontrará uno que reclame ser leído. Uno que esté tan solo como él y sin las exigencias de nadie, sólo así podrá leer libremente, pero no aquí enfrente de mí y en medio de tanta humillación.


Lejos de mi ensueño el niño regresa la mirada al libro, pasa las páginas más aburrido que enojado. La señora me mira y yo, después de verlo sufrir, le pregunto si quiere escuchar una historia. La señora me vuelve a mirar un poco asustada y el niño asiente animado. Comienzo mi relato, le confieso que yo leo libros para niños y ambos me miran incrédulos. Al final del relato le hablo de esas cosas raras llamadas bibliotecas públicas y la que pone cara de susto es la señora, pero yo le sonrió, le dedico la blancura más macabra que he venido reservando desde mi primera lectura. Pienso en ella, en la señora ¿será que volverá a señalar y sacar libros, obligará otra vez al niño a leer? ¿En voz alta, en público? ¿Volverá a disfrutar de esa malicia? Yo quiero que la señora se acuerde de mí, que nunca olvide este día. El niño me escucha y me pregunta por ese señor que escribe como si fuera un niño.

lunes, 16 de septiembre de 2013

GALERÍA

Afuera una calle llena de asistentes y un cristal sucio.

Adentro la explicación acelerada y un poco atropellada de un adolescente que no termina de entender qué hace ahí un viernes por la tarde. Una pareja que deambula por las salas sin saber bien a bien qué es lo que tienen enfrente.

En los pasillos la gente se turna para entrar y salir. Pasan de un artista a otro y  pareciera que no tienen relación alguna.

Dos manos por fin se unen y los sonidos dentro de sus cuerpos va en aumento.

Alguien pide que guarden silencio, que contengan el aire y miren con mucha atención la escultura que tienen enfrente. Por un momento todo se pausa y nadie se atreve a moverse.

Una sinfonía de miradas contemplan el beso de la pareja, el resto no saben si es un performance o un hecho aislado. Nadie se mueve. El guía se ha quedado sin palabras.

Los asistentes abandonan la sala, algunos esperan ver un poco más de los nuevos artistas anónimos.

PUM PUM PUM

Los cuadros miran indignados a los nuevos amantes. Se corre el rumor de nuevas tendencias.

El arte ya no es el mismo de antes —dice unos de los presentes― ahora ya nada es lo que parece. Ahora todo es una puesta en escena.

Los pasillos se van despejando. Los guías dan una explicación diferente a cada grupo, haciéndola cada vez más compleja  y sin sentido. 

La pareja se pierde entre la multitud, su función ha terminado o una nueva está por iniciar en un nuevo lugar.


―Viste esos que fingían darse un beso —escucha el limpia vidrios en la calle. La fila ha disminuido. 

martes, 3 de septiembre de 2013

SEÑAS PARTICULARES


Miro mi cuerpo. Me detengo y lo contemplo de un lado hacia el otro, pero nada encuentro. Ni un centímetro me parece que sea diferente. Ahora lo veo de arriba hacia abajo tratando de encontrar algo que resalte. Lo único que noto son mis pies a la distancia, se ríen de mí. Mis brazos, aunque cercanos, siempre establecen cierta lejanía, y al igual que mis manos son casi incapaces de emitir calor. 

Deseo encontrar algo, no importa si es grande o insignificante, sólo quiero descubrirlo, saber que existe. No busco que me haga diferente a los demás, tampoco estoy buscando un detalle que de pronto me cargue de significado o me reformule. No, sólo busco una característica para que en caso de extravío puedan identificarme fácilmente. Sí, es eso lo que busco.

Le comento a la gente que me rodea qué es eso que podría hacerme diferente y lo primero que obtengo es una mueca no sé es de sorpresa o incredulidad, otros me contestan con una sonrisa incómoda; los más sinceros, y sospecho que menos creativos, se salen por la tangente preguntándome si eso de verdad importa. Luego viene el típico discurso de la belleza y yo pienso en que sólo era una pregunta, al final decido no volver a formularla.

Dependiendo del lugar desde el que se mira la vista será distinta. Por ejemplo, yo siempre he sido alta y no es algo de lo que me sienta orgullosa. Al salir a la calle lo olvido. Me mezclo entre la multitud y no hay estatura que haga la diferencia. Todos, absolutamente todos los que me conocen me han dicho que soy afortunada, pero no tienen ni la más mínima idea de lo que hablan. Para mí ser alta siempre ha sido algo engorroso y molesto. Cuando cumplí veinte, y por fin, dejé de pesar 45 kilos fui feliz, infinitamente feliz. Ir a comprar ropa y zapatos dejó de ser un mero requisito y por algún tiempo hasta lo encontré entretenido. Sospecho que si algún día me sincero con la gente y les digo lo que pienso se alarmarán y dirán que he perdido la razón o que no me basta con ser alta, sino que también tengo que exagerarlo. Insisto, es cuestión del lado desde el que se esté mirando, y no importa que se comparta la misma vista, lo que está ahí no es precisamente lo que todos ven. 

Recuerdo cuando compré mi uniforme de la secundaría. Al llegar con la señora que los vendía gritó al instante: ¡Otro especial! Las señoras que la ayudaban comenzaron a reír. ¿Qué demonios era un especial? Eso lo descubrí después y fue la sombra que me siguió por algún tiempo. Fue entonces que “Especial” comenzó a significar: Largo en el caso de vestidos (los que evité a toda costa), faldas (sólo la del uniforme) y pantalones (mis únicos aliados), pero angostos, muy angostos de la cintura. En otras palabras, especial se convirtió en una pesadilla. Creo, porque ahora no lo recuerdo muy bien, que la palabra especial me provocaba un malestar instantáneo.

Hubo un tiempo en el que creí que nunca dejaría de crecer. Desde siempre sentí lejanos mis pies y manos. Buscar cualquier tipo de prenda de vestir se convertía en una aventura para mi familia y para mí en crucifixión y casi nunca había la esperanza de resucitar. Hubo un tiempo en que me fastidiaron por no caminar derecha, lo que se dice exageradamente derecha e intenté caminar como orangután, de verdad que me esforcé, pero la falta de habilidad y masa corporal en los brazos, vino a echar abajo mis planes. 

Ser la más alta, en un lugar donde los pequeños reinaban me trajo grandes problemas y a veces algunas responsabilidades. Casi nunca me pude mover con soltura, en cualquier parte había un par de ojos que me observaban. Aprendí a engañar a la lupa que me seguía. Tuve que aprender a escabullirme, a no hablar fuerte y a no sonreír. Sonreír dentro del salón de clases ameritaba un reporte, una tarea extra o pasar al pizarrón: —Tú, la alta de atrás, mucha risa ¿no? ¿qué es lo acabo de decir?

Nada estaba de mi lado, al menos eso fue lo que creí por un largo tiempo. Una pasaba de una etapa a otra y en cada una iba perdiendo un poco de mí, suprimiendo para no opacar a nadie. De pronto los huesos crecen un poco más, el humor cambia y la que camina ya no es una persona, sino una adolescente y la etiqueta ahuyenta a cualquiera. Y fue en uno de esos momentos, en los que las penas y los tormentos me agobiaban, cuando justo después de ese instante en el que te estiras y tratas de relajar el cuello, entre que sonríes y respiras que me vi atravesada por un: “siempre me ha gustado la mancha de tu diente, no sé, se ve chida” así sin ninguna explicación o un comentario previo. Eso que antes era un defecto se convirtió en una cualidad. 

Sorprendida seguía avanzando, tratando de no dar pasos tan amplios para estar a la altura de los demás, pero los pasos no fueron lo demasiado cortos para que alguien más me hiciera ver que la bendita mancha era una cosa linda, claro que eso se dio mucho después y bajo otras circunstancias. Quién hubiera pensado que una mancha blanca en el diente (de conejo) se vería linda. Y luego otro fisgón ―al que por supuesto se le agradece la observación―, señaló otra mancha, en realidad un lunar. Sí, un lunar en el brazo izquierdo, justo arriba del codo y que cambia de color. Nadie puede creer que dependiendo de la temperatura corporal pueda ir del granate, al rojo coral, a veces pasando por el color teja y en algunas ocasiones termina por instaurarse en el color naranja, aunque eso casi nunca pasa. 

Yo lo veo y digo que parece un trébol, alguien más me ha dicho que es una flor y los menos que es una isla o una mancha cualquiera. Una tía con claros tintes alarmistas me dijo que era cáncer. Sí, cáncer. Me sentenció a una muerte prematura, pero aquí seguimos el lunar y yo. 

Recuerdo que hubo un tiempo en el que me jactaba del lunar, nadie más de mi familia tenía uno igual, y supongo que por eso andaba por el mundo saludando extraños y ensañando “El Lunar”. ―Mire señor, señora, es único y cambia de color. ¿Cuántas veces lo repetí? ¿Alguna vez me cansé? Ahora huyo de la gente, a veces ni mi nombre completo doy, por supuesto que el lunar ha pasado a convertirse en un anónimo más. 

Pienso otra vez en la forma del lunar, en su color y no puedo encontrar un significado especial, ni el color ni el tamaño, igual y si hubiera estado en alguno de los hombros, pero hubiera parecido moretón y ninguna responsabilidad debe caer sobre esa mancha marrón. Sólo es una necedad esa de querer darle algún significado porque después de todo sólo es una marca —me repito― nada extraordinario. 


miércoles, 24 de julio de 2013

CICLOS ONÍRICOS

En una mano sujeta el vaso con agua, y con la otra aprisiona algo en su interior. No puede ver su cuerpo. Todo está oscuro. No tiene miedo, pero se desespera por no saber qué es lo que sucede. Mira hacia el piso y se da cuenta que está descalzo. Comienza a temblar sin poder soltar el vaso, sin poder abrir la mano y ver qué es lo que sujeta.

Jorge abre los ojos segundos antes de que el despertador suene. Se queda mirando como avanzaba el segundero, mientras  la música se apoderaba de la habitación. Trata de recordar su sueño, pero no puede. Sale de la cama, y al estirarse siente un piquete en el cuello. Se soba, pero no hay mejoría. Tiene la mano acalambrada. Cierra los ojos, hace un último esfuerzo para recordar qué es lo que ha soñado, pero nada llega a él. Después del baño y el desayuno el piquete regresa, pero con menor intensidad y se mantiene hasta que llega a  la oficina.

Una línea blanca pintada en el piso. Una línea que le indica el camino. Jorge está descalzo, posa cada pie con mucho cuidado para no salirse de la línea. Primero el izquierdo, luego el derecho. Pasos pequeños y certeros. Mueve sus manos, es como si quisiera reconocerlas. Con una sujeta un vaso, pero la otra no puede verla. Quiere moverse, pero no puede. Es como si estuviera prisionero dentro de su cuerpo. Jorge sabe que su mano está ahí, puede sentirla, pero no la ve. Intenta agacharse para observar su mano frente a la línea de luz, pero no lo logra, sigue avanzando de manera automática sobre la línea. El sonido del agua cayendo gota a gota cerca de él, pero sin tocarlo. Jorge voltea para mi mirar, pero no hay luz, no ha nada. Cierra lo ojos, trata de recordar cada mueble de la habitación, hacer un mapa para no perderse en la oscuridad.

Jorge se despierta segundos antes de que el despertador suene. Se sienta en la orilla de la cama. Se siente confundido, cansado. El frío del piso le hace mirar el piso. No hay ninguna línea blanca. Se lleva las manos a la cabeza. Enciende la lámpara. Apaga el despertador y bebe el agua que ha dejado sobre la mesa de noche. Otra vez un calambre en la mano lo acongoja. Otra vez se mantiene hasta que llega a la oficina.

Sus pies le parecen distantes, lejanos. Sigue la línea blanca. Marcha sobre la luz y alrededor de la oscuridad. Ahí está otra vez el vaso, y la mano cerrada. Avanza sin saber hacia donde se dirige. Jorge quiere salir, pero no sabe si está adentro o afuera, si su caminata lo llevará hacia algún lugar. Quiere huir. A lo lejos la cama y la mesa de noche comienzan a iluminarse. El paso de Jorge se vuelve más lento, presiente que al llegar a la cama su mano se abrirá, y por fin, sabrá qué es lo que aprisiona con tanta fuerza.

El despertador siempre suena a las seis, pero Jorge lo mira, y ya no escucha la música. Ha estado esperando que el segundero termine su ciclo para poder salir de la cama. Espera este momento toda la noche, cada noche. No deja de pensar en el amanecer. Naranja, rojo, rosa, cualquier color que le recuerde que el día ha llegado. Se sienta en la orilla de la cama, mira a través de la ventana. Tiene frío. Todo es parte de una cadena: el vaso, el piso frío y el calambre en la mano.

La cama y la mesa comienzan a perder su color pálido. La imagen y su forma se vuelven reales. La lámpara desaparece. Las gotas llenan poco a poco el vaso que descansa sobre la mesa El segundero juega con las manos de Jorge. Se reposa sobre la izquierda, danza en la derecha. No hay luz blanca. Toda la habitación está iluminada de rojo, naranja, y ámbar. La gran sinfonía de colores inunda cada rincón de la habitación. No hay amanecer, sólo el contoneo del frasco ámbar que crece poco a poco sobre la mesa de noche, sobre los sueños de Jorge.


—Te ves horrible―le dice su compañera de trabajo.
—Gracias―contesta Jorge.
― ¿Qué te pasa?—insiste la mujer.
―Nada, sólo he tenido una mala noche, cada noche―Aclara.
— ¡Ah! Ahora entiendo, problemas de sueño.
—Sí, no he logrado dormir bien.
—A mí me recetaron unas pastillas que hacen maravillas― la mujer busca en su bolsa y le extiende un frasco— Sólo tómate la mitad antes de irte a dormir y te vas a sentir mejor.

Jorge toma el frasco, no se detiene a observarlo, lo guarda presuroso dentro de la bolsa de su pantalón. No hace preguntas sólo le agradece a su compañera. Dibuja una semi sonrisa en su rostro cansado y se aleja.
  
Por la noche Jorge coloca el vaso con agua en la mesa. Programa el despertador. Apaga la lámpara. Da un giro, dos giros y no puede conciliar el sueño. Ya van tres, quizás cuatro semanas sin poder dormir más de cuatro horas. No sabe qué es lo que le sucede. Intenta controlar su respiración. Escucha a Mozart, a Chopin, Beethoven. Le recomiendan beber leche caliente. Darse una ducha antes de dormir. Hacer yoga. Escuchar música para meditar. Hacer ejercicio, pero nada, absolutamente nada le ayuda. Dentro de su pantalón el frasco palpita para anunciar su presencia.

Sentado en la orilla de la cama, alumbrado por la luz del amanecer, Jorge contempla el vaso sobre la mesa, el reloj sin manecillas y el frasco ámbar. Jorge sonríe. La línea de luz blanca ha desaparecido. Acaricia una y otra vez la marca en su mano, ahora libre del sueño y su prisión.


jueves, 20 de junio de 2013

Cuenta cuentos


―¿En qué me quedé? ¿Qué te estaba diciendo?― me preguntas. 
Yo subo los hombros e inicias nuevamente el relato. Veo tu boca moverse, pero no escucho lo que dices. No tiene sentido ponerte atención, al menos, no desde el principio. Ambos sabemos que tienes un talento natural para mejorar tus historias, por eso ahora te ignoro.  Sé que la próxima vez que inicies el relato te darás cuenta de los errores del pasado, llenarás los huecos, cambiarás el adjetivo que viene sobrando, y entonces sí, ¡Qué historia!