Supongo que todo comenzó el día que entró una llamada equivocada. Ese
día yo contesté porque él estaba en la cocina. La que llamó era una mujer,
preguntaba por un tal Ulises. Estaba a punto de decirle a la que llamaba que
había marcado mal, pero él apareció de la nada y me arrebato el teléfono.
Comenzó a decirle que la quería, que la extrañaba y que le hacía falta. Por
supuesto que le colgaron. Fue esa vitalidad la que me motivo a hacer las
llamadas.
No lo voy a negar, me
gusta jugar con él. Me gusta ver su cara llena de ese brillo. La alegría que lo
invade cada vez que su fantasma llama. Y pienso, algo dentro de mí sabe que
estoy haciendo mal, que debería parar, pero es que si usted lo viera. Si usted
pudiera ver lo feliz que es. No me vea de ese modo, estoy segura que se
sentaría a mi lado y haría lo mismo que yo, apuesto lo que sea a que me daría
ideas. Sólo lo sé, no me haga más preguntas. Le voy a explicar cómo es que
funciona todo.
¿Ve ese departamento de
allá arriba? Pues él vive ahí. ¿Ve ese de las cortinas rojas, el que está
enfrente? Pues desde ahí hago las llamadas.
Déjeme decirle que antes lo llamaba desde la calle, pero no es lo mismo.
Cuando uno está en la calle no alcanza a escuchar todo lo que él dice, por eso
renté el departamento. Desde ahí puedo verlo y escucharlo con claridad, además
ahí no hay nadie mirando o esperando detrás de mí. No hay quien me señale.
Al principio sólo lo
llamaba cuando estaba aburrida y quería divertirme, pero ahora lo hago como si
fuera algo vital, hasta tengo horarios establecidos, y por supuesto, él siempre
está ahí está esperando la llamada.
Sí, no lo voy a negar
tampoco, a veces quiero decirle que soy yo la que llama, para que deje de
hablar de ella y lo genial y bondadosa que es al seguir preocupándose por él, pero
cuando lo veo nervioso metido en un nuevo proyecto decido guardar silencio.
¿Para qué arruinarle el momento? ¿Para qué?
No, usted no ha
entendido nada. Yo sólo marco a su casa y él contesta, da por hecho que es ella
quien llama, pero es él el que habla, es él el que se hace ilusiones y le dice
una serie de cursilerías. Yo no he abierto la boca ni una sola vez.
En ocasiones lo invito
al cine o a caminar sólo para mantenerlo lejos del departamento, y ¡claro!, del teléfono. Me gusta verlo de arriba para abajo
tronándose los dedos cuando lo retengo un poco más. Usted no sabe, entra en
estado de ansiedad que ofrece un gran espectáculo. Nadie lo entiende y lo sé
por el gesto que acaba de hacer, pero aunque usted repruebe todo lo que le he
contado no me arrepiento de nada. No me importa lo que usted piense de mí.
¿Por qué lo hago? Ya le
había dicho que lo hago por diversión. ¿Por qué? ¿Cómo explicarlo? No, la
verdadera pregunta es para qué explicarlo. A la larga no hay daño. Él siempre le
agradecerá al fantasma por los nuevos proyectos, por la ansiedad bajo la que
vive. Usted no se ha dado cuenta que
gracias a este nuevo pasatiempo que tengo ambos, sí, él y yo seguimos con vida.
Mmm... ¿usted es tonto
o sólo finge? Sí, gracias a este jueguito que he iniciado él ya no ha intentado
cortarse y chorrear. Ya puedo descansar.
¿Qué va a pasar cuando
él lo descubra? Pues espero que no sea pronto, pero ya que si lo hace yo misma
le voy a ayudar a hacer los cortes bien profundos para que todo el dolor se
extinga rápido.
Insisto señor, no
debe escandalizarse, pero no olvide que fue usted el que insistió, casi me
suplicó que le contará en qué andaba metida. Ahora afronte las consecuencias.
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