Aquella tarde nos dijeron que nos fuéramos con cuidado y que no
camináramos por la orilla. Escuchamos con atención todos los consejos y las
indicaciones que debíamos seguir. Trataron de no asustarnos demasiado.
A veces yo levantaba la
vista y veía tu cara. Había algo extraño, un dolor pequeño. Pero hiciste un
gran esfuerzo al mantener serio, casi intocable, pero eso no evitó que yo lo
viera. Percibí que tus ojos se llenaban de lágrimas, pero lograbas contenerlas.
Hiciste hasta lo imposible por no perder la calma.
Cuando llegó la noche
mientras terminábamos de guardar nuestras pertenencias, lo supe. Vi ese
malestar que te hacía sombra, pero guarde silencio. No te dije nada. Cuando
llego el momento nos pusimos las chamarras y agarramos las mochilas. Salimos
sin encender la luz y sin hacer ruido.
No te lo dije, pero
antes de salir dejé sobre la mesa la nota que anunciaba nuestra partida. Aunque ya todos sabían que nos marchábamos
quise dejar una prueba, algo que pudieran enseñarme, si es que un día decidía a
regresar.
Cuando encontramos el
camino que nos habían trazado, te pedí que te detuvieras a mirar lo que
dejábamos atrás, también cometí la torpeza de decirte que te iba a
extrañarlo todo. Fue entonces cuando ya
no pudiste más y me dijiste que no podíamos irnos, que no podíamos abandonar
nuestro hogar. Yo te abracé, sabía que esto pasaría. Algo dentro de mí
necesitaba comprobarlo, supongo que por eso guardé silencio.
Él nunca quiso irse, sólo lo hacía por mí.
Comenzó a llorar, no era un llanto liviano y simple. No, algo de verdad le
dolía, así que le dije que a él también lo iba a extrañar. Comencé a caminar,
lo dejé atrás y me fui por la orilla. No me atreví a voltear para verle la
cara. Me uní a la oscuridad y seguí.
A veces por la noche,
cuando camino sola por las calles volteo y puedo verlo a lo lejos, llorando.
Otras veces puedo escuchar un murmullo que me llama, pero me niego a
entenderlo.Te niego. Ya me despedí una vez, ¿para qué hacerlo otra vez?
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