lunes, 29 de abril de 2013

El terrible quizás...


Quizás no llegue, entonces para qué preocuparse, para qué imaginar que estos muros nos contendrán por un par de minutos. Para qué hacerlo...

Tal vez  me vea antes de entrar y se de cuenta de que todo esto está mal, que es mejor dar marcha atrás. Arrepentirse a tiempo. Yo lo llamaría cobarde y él me diría imprudente. Haríamos un recuento, tal vez un inventario de todos los encuentros que hemos frustrado. Reclamaríamos cosas que carecen de sentido.

Nos imagino  cerrando los ojos al mismo tiempo.

Me acomodo en el sillón y cierro los ojos. Nos pienso tan separados como siempre, tú parado en la entrada observando cada uno de mis movimientos, también cerrando los ojos tratando de compartir este momento conmigo, entonces antes de entrar lo ves venir todo, lo real y lo imaginario. Decides que es demasiado tarde y poca la lejanía. Te vas.

Abro los ojos, y siento como tu sombra se retira.

Quizás no llegue, tal vez el tiempo es demasiada espera.

Ahora sí, con todas las ganas de mundo cierro los ojos y te reto, te reto a que no aparezcas, a que te arrepientas de último momento. Quizás yo me vaya antes de que llegues. 

domingo, 14 de abril de 2013

LA PIEL DEL DOMINGO



Abro los ojos y la luz me obliga a cerrarlos de inmediato. No quiero saber la hora. Sé que es tarde. El sol me quema la cara, pero no quiero levantarme. ¿Para qué correr el riesgo de salir de la cama? ¿Para qué arriesgarme a perder la seguridad que me ofrecen las sábanas? Sé que es domingo y eso debe bastarme.

            Entre el sonido del viento pasando debajo de la puerta y la música de la calle, intento tomar valor para mover las piernas, pero tengo miedo, a veces son traicioneras. No basta con que uno les suplique, siempre siguen su voluntad y la caída es obligatoria.

             ¿Qué desastre provocaré hoy? ¿Qué tragedia iré a presenciar?

            No hay confesión de última hora. No me molesta que el señor de la calle cante otra vez. Nada puede ser real. La piel del domingo es resistente y fácil de limpiar.

              Voy a irme lejos, al menos por ahora, mientras la eternidad se posa en cabecera. Le voy a dar la oportunidad de mirarme de cerca.

            Cierro los ojos una vez y  otra vez. Primero lento, después aumento la velocidad. Juego a que tengo seis años y mis ojos, no son mis ojos, sino una cámara y puedo tomar todas las fotos que yo quiera. Puedo guardarlo todo. Cada uno de esos momentos vergonzosos, los que más dolieron y los que llenan los huecos. Todo. 

            Me aburro rápido.

            Ahora aguanto la respiración. Primero por diez segundos, después por veinte. Me mareo. Me gusta esa sensación. Regresa a mí ese deseo por comer golosinas antes del desayuno, caminar descalzo, hacer casas con las sábanas, esconder la carne y sólo comer las verduras que no saben feas. Deseo regresar en el tiempo. Necesito ser el niño que nunca pude ser, pero soy prisionero de este cuerpo lleno de cicatrices. Pasan los años y uno descubre que las limitaciones se incrementan y los deseos, ellos también crecen de manera desproporcional.

            Vuelvo a cerrar los ojos. Me calmo y trato de respirar con normalidad. Afuera el señor de la calle sigue cantando. Taladra muy dentro de mí. Nos descubro una vez más, entre los restos del domingo, agonizando cada uno a su manera.

jueves, 11 de abril de 2013

OLÍA A...



Te digo ese muchacho olía más que bien. ¿Cómo que qué muchacho? Pues el de la esquina y ya deja de  mirarme de esa forma.
            ¿A qué olía? Era un olor que te dejaba poner un pie en el edén. Fue un momento breve, pero te juro que por un momento pude tocar lo eterno.  Sí, quizás exagero... quizás.
            No, por supuesto que no olía a cítricos. Te digo que era un olor especial, no digo que único, es especial para mí. Es algo que no provoca mareo o repulsión. No, es algo diferente.
             Olía, como esa angustia que queda después de la primera mentira. Como la desproporción de las limitaciones. Un ir en reversa y querer mantener el ritmo.
            Por supuesto que puedo identificar ese aroma, y no, no estoy inventando nada. Claro que puedo decir el nombre exacto.
            Te digo que ese muchacho, al que hemos dejado tres cuadras atrás, olía a...

martes, 9 de abril de 2013

SESIONES



No sé si mis palabras te harán bien o te sumergirán en esa niebla en la que te empeñas en vivir. No sé si debo cruzar esta línea imaginaria y decir algo para romper este silencio que nos gobierna.

¿Debo cruzar la calle? ¿Hablaremos del clima como todos los demás o prefieres hablar de ti o de la invención de ti?

Cruzo los brazos y respiro.

Ya le había dicho al doctor que no puedo controlar este deseo de que me llames a las cuatro de la mañana en medio de una crisis, diciéndome no sé que cosas y reclamando sólo una, pero no llamas. Entonces tengo que volver a explicarle al doctor toda nuestra historia y yo vuelvo a sufrir cumpliendo con todas las reglas que dicta el manual del dolor.

Me acomodo en el sillón, me quedo pensando en todo lo que no dijimos. Le cuento al doctor que, por fin, tú has aceptado que tienes  la culpa de todo y que aceptas  la responsabilidad. El doctor me regaña, pero antes de que me llene con esas palabras de siempre, yo me cubro los oídos. No quiero escuchar nada.  Sólo quiero establecer una charla ininterrumpida con tus labios. Quiero reconocerte en medio de tanto deseo. Ahora sí estoy dispuesto a decirte todo y de manera clara. Quiero que tu cuerpo vibre después de escucharme, deseo que te falten los pretextos ante tanta claridad.

El doctor cierra la libreta y me mira entre serio y enojado. Me pide que le cuente mi día, pero está vez me pide que dejé a un lado el libro. Lo miro y quiero explicarle que sabes mejor en estás páginas, que no te soporto en medio del concreto y la realidad. El doctor suspira y me pide que le cuente el libro, pero que la próxima sesión debo hablar de ti, sin invenciones o tramas robadas. Yo suspiro. Me acomodo en el sillón y hablo de tus proezas. 

miércoles, 3 de abril de 2013

AMORFO


Esta es la cuarta vez que toma el teléfono, pero no se atreve a marcar el número. Se mueve de un lado a otro de la habitación, está nervioso, se siente inseguro. No sabe cómo decirle, no encuentra las palabras adecuadas, como si a estas alturas las palabras se pudieran clasificar, como si de verdad su peso no importara.
Ya no quiere nada. Lleva toda la semana evitando recrear la conversación, lo puede recordar todo y le duele. Maldice su suerte, su estúpida mente que le va dejando notas para no olvidar. Mas que necesitar, debe borrarlo todo.
Vacía la vitrina, acaba con todas la botellas, con los restos de las botellas del fin de semana pasado, pero no consigue nada, ahí está el tacto, los susurros, y siente que se arrepentirá para siempre.
No le ha dicho la verdad. Tiene miedo de romper la barrera que los separa o  peor aún de intensificar la que los une. Él sabe que no es difícil, basta con tomar el teléfono y llamarla, decirle que se arrepintió, que ha retrasado el viaje, pero eso ¿qué significa? ¿Qué significa  para él, para este cuerpo sin rumbo, sin forma? Él que siempre ha sido tan fácil de llevar, de perderse en cualquier mente, siempre está en busca de algo, de alguien, de ella, de todo y nada.

No fueron las cosas que dijo las que le preocupan, sino las que le hicieron falta escuchar, pero no sabe cómo reclamarlas, cómo exigirlas. Ante ella es difícil hacer preguntas sin terminar con más dudas. ¿Cómo sentirse una bestia a su lado? ¿Cómo ignorar todos los sentimientos acumulados? Él no niega, afirma su etérea presencia, esas dos cuencas que lo invaden y le piden que se entregue, que ignore todo y que se pierda junto a ella.
No se quiere sentar en el sillón y ultrajar los recuerdos. El cuerpo le tiembla sólo con estar cerca, la oscuridad lo llena, le susurra que ya va siendo hora de tomar una decisión, pero ella no llama. Él sabe que ella no llamará, se convenció de eso en cuanto se despido de él. Sabía que comenzaría a lamentarse en cuanto ella cruzara el umbral.
—Son sus manos lo que necesito—se repite. Son sus manos el cobijo que necesita. Pobre diablo, antes de la fiesta, antes del encuentro, él ya estaba perdido. Su alma había sido masacrada por una fuerza desconocida. Él, al que nada le importaba, esta noche aún sigue temblando, hablando solo. Rogándole al vacío que la traiga, le pide que le conceda otra ronda.
Ha perdido la cordura y la determinación. Se detiene a pesar de los temblores, la maleta ahí sigue, espera por él, sabe que debe darle tiempo, que ya casi está listo para partir.

Prende un cigarro, le da el prime golpe y por fin se sumerge en el sillón.
 — ¡Que bien se mueve! ¡Con que maestría se comunica!—se repite. 
 Pasan horas, minutos necesarios, al final se duerme. Por primera vez desde el último abrazo no hay pesadillas ni sueños, sólo descansa. Se sumerge en la oscuridad, por un rato deja descansar la imagen, la estampa a la que tanto le ha rezado.

La luz y las aves están ahí, igual que aquel lejano amanecer junto a ella, como el día en que descubrió que era posible carecer de una estructura de red molecular. Ese era el efecto que ella provocaba, la oferta de una posibilidad única, la unión del todo y la nada.
¿En qué momento entró? ¿Cuándo se convirtió en el único eje? Desconocía la respuesta, él sólo sabía que la necesitaba, que ya no era posible seguir.
¿Para qué irse si podía tenerla, para qué poseerla cuando ya se estaba marchando?
Las manos le tiemblan. Desear ya no es suficiente, recorrer los bordes sólo lo martirizan, ya no es necesario imaginarla, ella está ahí, y por eso no puede tomar una decisión. No sabe si irse como lo había planeado o quedarse con ella. Él sabe que si no hubiera sido porque su partida, ella nunca hubiera llegado a sus brazos.

Era casi el mediodía cuando se decidió y llamó al taxi. Todo estaba tan iluminado, que casi cegaba. Antes de salir de la casa marcó, pero ella no  contestó.
–Mañana, siempre será mañana—Tomó la maleta y se marchó.