Te digo ese muchacho olía más que
bien. ¿Cómo que qué muchacho? Pues el de la esquina y ya deja de mirarme de esa forma.
¿A qué olía? Era un
olor que te dejaba poner un pie en el edén. Fue un momento breve, pero te juro
que por un momento pude tocar lo eterno. Sí, quizás exagero... quizás.
No, por supuesto que no
olía a cítricos. Te digo que era un olor especial, no digo que único, es
especial para mí. Es algo que no provoca mareo o repulsión. No, es algo
diferente.
Olía, como esa angustia que queda después de
la primera mentira. Como la desproporción de las limitaciones. Un ir en reversa
y querer mantener el ritmo.
Por supuesto que puedo
identificar ese aroma, y no, no estoy inventando nada. Claro que puedo decir el
nombre exacto.
Te digo que ese
muchacho, al que hemos dejado tres cuadras atrás, olía a...
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