Esta es la cuarta vez que
toma el teléfono, pero no se atreve a marcar el número. Se mueve de un lado a
otro de la habitación, está nervioso, se siente inseguro. No sabe cómo decirle,
no encuentra las palabras adecuadas, como si a estas alturas las palabras se
pudieran clasificar, como si de verdad su peso no importara.
Ya no
quiere nada. Lleva toda la semana evitando recrear la conversación, lo puede
recordar todo y le duele. Maldice su suerte, su estúpida mente que le va
dejando notas para no olvidar. Mas que necesitar, debe borrarlo todo.
Vacía la
vitrina, acaba con todas la botellas, con los restos de las botellas del fin de
semana pasado, pero no consigue nada, ahí está el tacto, los susurros, y siente
que se arrepentirá para siempre.
No le ha
dicho la verdad. Tiene miedo de romper la barrera que los separa o peor aún de intensificar la que los une. Él
sabe que no es difícil, basta con tomar el teléfono y llamarla, decirle que se
arrepintió, que ha retrasado el viaje, pero eso ¿qué significa? ¿Qué
significa para él, para este cuerpo sin
rumbo, sin forma? Él que siempre ha sido tan fácil de llevar, de perderse en
cualquier mente, siempre está en busca de algo, de alguien, de ella, de todo y
nada.
No fueron
las cosas que dijo las que le preocupan, sino las que le hicieron falta
escuchar, pero no sabe cómo reclamarlas, cómo exigirlas. Ante ella es difícil
hacer preguntas sin terminar con más dudas. ¿Cómo sentirse una bestia a su
lado? ¿Cómo ignorar todos los sentimientos acumulados? Él no niega, afirma su
etérea presencia, esas dos cuencas que lo invaden y le piden que se entregue,
que ignore todo y que se pierda junto a ella.
No se
quiere sentar en el sillón y ultrajar los recuerdos. El cuerpo le tiembla sólo
con estar cerca, la oscuridad lo llena, le susurra que ya va siendo hora de
tomar una decisión, pero ella no llama. Él sabe que ella no llamará, se
convenció de eso en cuanto se despido de él. Sabía que comenzaría a lamentarse
en cuanto ella cruzara el umbral.
—Son sus
manos lo que necesito—se repite. Son sus manos el cobijo que necesita. Pobre
diablo, antes de la fiesta, antes del encuentro, él ya estaba perdido. Su alma
había sido masacrada por una fuerza desconocida. Él, al que nada le importaba,
esta noche aún sigue temblando, hablando solo. Rogándole al vacío que la
traiga, le pide que le conceda otra ronda.
Ha
perdido la cordura y la determinación. Se detiene a pesar de los temblores, la
maleta ahí sigue, espera por él, sabe que debe darle tiempo, que ya casi está
listo para partir.
Prende un
cigarro, le da el prime golpe y por fin se sumerge en el sillón.
— ¡Que bien se mueve! ¡Con que maestría se
comunica!—se repite.
Pasan horas, minutos necesarios, al final se
duerme. Por primera vez desde el último abrazo no hay pesadillas ni sueños,
sólo descansa. Se sumerge en la oscuridad, por un rato deja descansar la imagen,
la estampa a la que tanto le ha rezado.
La luz y
las aves están ahí, igual que aquel lejano amanecer junto a ella, como el día
en que descubrió que era posible carecer de una estructura de red molecular.
Ese era el efecto que ella provocaba, la oferta de una posibilidad única, la
unión del todo y la nada.
¿En qué
momento entró? ¿Cuándo se convirtió en el único eje? Desconocía la respuesta,
él sólo sabía que la necesitaba, que ya no era posible seguir.
¿Para qué
irse si podía tenerla, para qué poseerla cuando ya se estaba marchando?
Las manos
le tiemblan. Desear ya no es suficiente, recorrer los bordes sólo lo
martirizan, ya no es necesario imaginarla, ella está ahí, y por eso no puede
tomar una decisión. No sabe si irse como lo había planeado o quedarse con ella.
Él sabe que si no hubiera sido porque su partida, ella nunca hubiera llegado a
sus brazos.
Era casi
el mediodía cuando se decidió y llamó al taxi. Todo estaba tan iluminado, que
casi cegaba. Antes de salir de la casa marcó, pero ella no contestó.
–Mañana,
siempre será mañana—Tomó la maleta y se marchó.
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