Abro los ojos
y la luz me obliga a cerrarlos de inmediato. No quiero saber la hora. Sé que es
tarde. El sol me quema la cara, pero no quiero levantarme. ¿Para qué correr el
riesgo de salir de la cama? ¿Para qué arriesgarme a perder la seguridad que me
ofrecen las sábanas? Sé que es domingo y eso debe bastarme.
Entre el sonido del viento pasando
debajo de la puerta y la música de la calle, intento tomar valor para mover las
piernas, pero tengo miedo, a veces son traicioneras. No basta con que uno les
suplique, siempre siguen su voluntad y la caída es obligatoria.
¿Qué desastre provocaré hoy? ¿Qué tragedia iré
a presenciar?
No hay confesión de última hora. No
me molesta que el señor de la calle cante otra vez. Nada puede ser real. La
piel del domingo es resistente y fácil de limpiar.
Voy a irme lejos, al menos por ahora, mientras la eternidad se posa en
cabecera. Le voy a dar la oportunidad de mirarme de cerca.
Cierro los ojos una vez y otra vez. Primero lento, después aumento la
velocidad. Juego a que tengo seis años y mis ojos, no son mis ojos, sino una
cámara y puedo tomar todas las fotos que yo quiera. Puedo guardarlo todo. Cada
uno de esos momentos vergonzosos, los que más dolieron y los que llenan los
huecos. Todo.
Me aburro rápido.
Ahora aguanto la respiración.
Primero por diez segundos, después por veinte. Me mareo. Me gusta esa
sensación. Regresa a mí ese deseo por comer golosinas antes del desayuno,
caminar descalzo, hacer casas con las sábanas, esconder la carne y sólo comer
las verduras que no saben feas. Deseo regresar en el tiempo. Necesito ser el
niño que nunca pude ser, pero soy prisionero de este cuerpo lleno de
cicatrices. Pasan los años y uno descubre que las limitaciones se incrementan y
los deseos, ellos también crecen de manera desproporcional.
Vuelvo
a cerrar los ojos. Me calmo y trato de respirar con normalidad. Afuera el señor
de la calle sigue cantando. Taladra muy dentro de mí. Nos descubro una vez más, entre los restos del domingo, agonizando cada uno a su manera.
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