No sé si mis palabras te harán bien
o te sumergirán en esa niebla en la que te empeñas en vivir. No sé si debo
cruzar esta línea imaginaria y decir algo para romper este silencio que nos
gobierna.
¿Debo cruzar la calle? ¿Hablaremos
del clima como todos los demás o prefieres hablar de ti o de la invención de ti?
Cruzo los brazos y respiro.
Ya le había dicho al doctor que no
puedo controlar este deseo de que me llames a las cuatro de la mañana en medio
de una crisis, diciéndome no sé que cosas y reclamando sólo una, pero no
llamas. Entonces tengo que volver a explicarle al doctor toda nuestra historia
y yo vuelvo a sufrir cumpliendo con todas las reglas que dicta el manual del
dolor.
Me acomodo en el sillón, me quedo
pensando en todo lo que no dijimos. Le cuento al doctor que, por fin, tú has
aceptado que tienes la culpa de todo y
que aceptas la responsabilidad. El
doctor me regaña, pero antes de que me llene con esas palabras de siempre, yo me
cubro los oídos. No quiero escuchar nada.
Sólo quiero establecer una charla ininterrumpida con tus labios. Quiero
reconocerte en medio de tanto deseo. Ahora sí estoy dispuesto a decirte todo y
de manera clara. Quiero que tu cuerpo vibre después de escucharme, deseo que te
falten los pretextos ante tanta claridad.
El doctor cierra la libreta y me
mira entre serio y enojado. Me pide que le cuente mi día, pero está vez me pide
que dejé a un lado el libro. Lo miro y quiero explicarle que sabes mejor en
estás páginas, que no te soporto en medio del concreto y la realidad. El doctor
suspira y me pide que le cuente el libro, pero que la próxima sesión debo
hablar de ti, sin invenciones o tramas robadas. Yo suspiro. Me acomodo en el
sillón y hablo de tus proezas.
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