Estoy segura que la tortuga
emprendió la huía cinco minutos antes del mediodía. Lo sé, porque hizo mucho
ruido y me despertó. Se salió de la tina en la que paso la noche, y se fue
siguiendo al sol.
Al principio me fastidio el ruido que iba haciendo
mientras avanzaba por el mar de hojas que había en el piso, pero no me levante.
Me quedé acostada en el sillón, y la observé hacer su recorrido.
Se quedaba quieta para tomar sol, y sólo se movía para
seguir el rayo que la ventana le ofrecía. Yo quise seguir su ejemplo, pero me
rehúse a bajarme del sueño que me invadía.
Yo miraba a la
tortuga o ella me miraba a mí. Ambas estábamos en silencio. Cada vez que abría
los ojos descubría que la tortuga se
había movido un poco más.
Ya no podía dormir, pero cerré los ojos e hice una lista
de las cosas que debía hacer: Hablar con la familia; después lavar la ropa de
la semana, pero antes llamar a la tienda para pedir lo de la comida, y al final
revisar el correo electrónico. No era demasiado, pero en lugar de hacerlo le di
la espalda al sol, a la tortuga y a los pendientes. Dejé que el sol llegará hasta el sofá y me
bañará de la espalda a los pies.
Pasó mucho tiempo. Cuando desperté. Ya no había sol y la
tortuga hacia el recorrido de regreso a la tina. Otra vez volvió a hacer ruido,
pero era un ruido lento, casi dolía. Seguí sin moverme y volví a contemplarla.
Por fin me
levanté. Contemplé por última vez a la tortuga, los restos del pan y el café.
Tomé el teléfono y le pedí que viniera por ella.
Era necesario dejar atrás sus pasos lentos, ya no tenía
sentido escribir más historias sobre nosotras. No había espacio para ambas. De
ahora en adelante sólo había espacio para mi caparazón, y esos rayos sólo
podían pertenecerme a mí.
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