martes, 29 de noviembre de 2016

Clase de teatro

El maestro de teatro entra al salón. Toma su lugar y comienza a hablar de las 36 situaciones dramáticas, nosotros ignoramos sus palabras.
—Eso yo ya lo sé, me susurra D.
—Eso ya lo leí —pienso yo.
Son casi las 7 de la noche, tenemos sueño, estamos aburridos y no podemos abrir la ventana, a esta hora la calle es muy transitada.
Después de un rato me canso de asentir cada vez que el profesor voltea a ver hacia dónde estamos D y yo. Comienzo a creer que el maestro sí odia a D; pero también estoy muy aburrida y cuando eso pasa me da por inventarme historias. También creo que a D le gusta el profe, y obviamente al profe no le gustan los chicos.
D se llenó de ira el día que conocimos a la novia del maestro. Pensé en muchos adjetivos para referirme a ella. D dijo que estaba gorda, pero yo sólo pude pensar que era majestuosa. No dije nada, le di la razón a D.
S y V hacen dibujos en una hoja, se ríen. También están distraídas. L trabaja en sus notas para el periódico. No ha dejado de teclear desde que acabó la clase de poesía. Para Yu la clase no le sirve de nada.
―No sé hacer drama. Soy una tonta para eso. Cuando mi novio me engañó ¡Yo le pedí perdón!, pero fue él quien gritó y se enojó. Yo no pude.
Nunca la he visto enojarse, ni siquiera el día que le dijeron que su trabajo parecía broma. Se exige, se pone roja, pero nunca explota.
Cuando el maestro habló de asesinato, una de nuestras situaciones dramáticas favoritas, todos estábamos en otro sitio. No subió el tono de voz, ni siquiera se molestó. Nos miró a todos, hizo una de esas miradas que él llama ´De cine´ y siguió hablando del tema. Nuestras obras habían sido planas, aburridas y breves; le urgía que entendiéramos que nos hacía falta hígado a la hora de escribir.
Todo fue lento y suave. Se asomó por el balcón y corrió la cortina. Caminó hacia el escritorio y buscó algo dentro de su mochila. No sacó nada, nos miró y sonrió. Fue a la puerta, la cerró bien y puso el seguro. Nos dijo que a eso refería con crear un ambiente. Nos miró y sonrió. Contó los pasos hasta llegar al escritorio. Sacó algo de la mochila y lo ocultó detrás de su espalda. Nos miró alterado. Se acercó a S y V. D se agachó, no pudo seguir mirando. El maestro apuntaba a S en la cabeza con su mano, ella comenzó a reírse.
―¿Qué pasaría si de verdad tuviera una pistola? ―preguntó mientras sacaba la pistola y apuntaba a V. Yu gritó. Entonces el profe se rio. Giró el arma hacia donde estábamos nosotros. Después apuntó hacia el fondo del salón. Todos gritaron. Yo nunca había escuchado la detonación de un arma. D no dejaba de repetir que no era real. Después el maestro guardó la pistola en su mochila. Nadie dentro del salón se movió, las demás personas dentro de la escuela no acudieron a ver qué sucedía.
―Así son sus obras ―quieren disparar pero nunca se atreven a jalar el gatillo. Así como yo me veo muy malo y les sacó una pinche pistola de utilería, entonces todo el ambiente que había trabajado se va al carajo. Así ustedes con sus pinches miedos y repeticiones.
Lo miré, ninguna de sus clases había sido tan ilustrativa. Los demás seguían asustados. El maestro miró su reloj, comenzó a ponerse el saco.
―Bueno, nos vemos la próxima clase.
Salió del salón. D se enderezó, aunque temblaba un poco.
―Ése wey está loco, pero me cae bien. Ya me gusta su clase― comenzó a reírse mientras guardaba sus cosas.

Salimos del salón, esta vez no hubo risas ni el ruido habitual del que se quejaban los demás. Nos fuimos caminando en silencio. Nadie quiso decir nada. Mis obras de teatro siguen siendo una mierda, no sé cómo explotar la utilería.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Me siento cansada, cansadísima. Me ha agotado el sol, el viaje, la gente. Siempre es el mismo camino, las mismas caras, cosas que hoy se han llevado la poca energía que tenía.
Antes de bajar del autobús busco las llaves. Las cubro con mi mano, casi como si las protegiera. Al bajar no siento el golpe del viento, no siento frío. Camino sin ganas, sin prisa, casi sin vida.

Al llegar a casa enciendo la lámpara de la sala. Sacó de mi bolsa la ensalada que malcomí en la tarde y me siento. No tengo hambre, pero me obligo. Sólo come un pocopienso.

No hay llamadas, otra vez. Me están olvidando. Están dejando que me vaya.

Abandono la sala. Me quito con pereza los zapatos y el pantalón. Me meto a la cama. No siento frío. La cama es cómoda, suave y me hundo. Me voy, me sumerjo tan profundo como el cansancio me lo permite.

Este lugar suave y cálido no es mi departamento, me hundo más, abandono mi cama, caígo en una más suave más cómoda. Sé que algo anda mal, terriblemente mal. Tengo miedo, frío. No hay luz, no puedo ver nada. No quiero ver nada. Cierro los ojos aunque no hay necesidad.

Ningún movimiento, sólo el sonido de mi voz. Quiero despertar ahora, de inmediato.

Miedo irracional. No hay nadie, pero temo que aparezca, que una vez más venga con sus manos y quieran arrebatarme de aquí, que ahí donde deben estar sus ojos no haya nada y quiera repetir mi nombre mientras sonríe. 

No quiero verlo. La cama deja de ser cómoda. Despierto, pero el sueño sólo es distinto, sé que aquí sí me alcanzará. No me molesto en correr, me siento a esperarlo. Quiero ver su rostro sonriente. Sé que sabe que me he dado por vencida. Puede sentirlo.

Ya me han dejado atrás. Tomaron todas mis palabras y las borraron es por ello que no le temo. Otros tiemblan ante su presencia, no es que quiera hacerle frente. Ya no le temo, aunque encienda las luces de este lugar para que nunca borre su expresión de mi mente. Viene a mí cada vez que su rostro comienza a desvanecerse. Puede hundirme en miles de sueños, nunca desaparecer. Se aferra a mí. 

Puedo escuchar su respiración, lo excesivamente suave de la cama, el sudor en mis manos diciéndome, tratando de recordarme que igual puedo morir en este sueño, en el siguiente. Te entiendo, los entiendo. Hay que borrar lo podrido, lo que hiere. Me han dejado de lado, nos han convertido en ceniza. Este lugar siempre será ocupado por ti. 

Las luces se encienden. Esa sonrisa que llena todo de terror. No hay sonidos, me miras desde lejos, siempre próximo para liberar todos mis temores. Recordándome que has de seguirme. Dejo que te acerques cada vez un poco más, que tú no me olvides, que  tú nunca me abandones. 

La cama es blanda, suave. Mañana he de caer más profundo, tú has de venir por mí, como siempre.

martes, 12 de abril de 2016

POSTERGAR

A veces, después de terminar una lectura descubro que mi texto/libro tiene varias anotaciones o está lleno de post it. Quiero comentarlo todo, no dejar que nada se me escape.
Cuando copio algunas citas, me doy cuenta que estoy copiando párrafos completos. Yo sé que esos fragmentos no irán a parar a ninguna investigación, sin embargo, es una tarea que cumplo con rigor.
Dejo notas, posibles preguntas que les quiero hacer a los personajes, voy haciendo un breve resumen, dejo un comentario, le respondo a la historia. Creo una charla privada (e inexistente). Cada rayón contiene esas palabras que me han dicho algo más. Me llenan de una alegría/desazón que me deja con sed, picazón, rabia; la vida pues.

Podría decir que eso de guardar palabras ha sido algo que yo me he inventado, pero estaría mintiendo. Así como esas brillantísimas palabras que copio, no me pertenecen, tampoco es del todo mío el método de querer guardarlas.
De cierta forma creo que es un vicio que le copié a mi abuela Inés. Le aprendí a guardar cosas para después. Cosas que de cierta forma le gustan, pero no quiere terminarlas. Es como pasar lista entre cada una de sus actividades: 1. Tomar Pastillas, 2. Beber agua, 3. Caminar, 4. ¡Ah sí! Postergar algo del desayuno, comida, cena. Pero también guarda secretos. Yo guardo palabras, todas las que puedo; aunque también guardo el café del desayuno para la hora de la comida, una porción de la comida para la cena. 

Tiene una frase que yo le he copiado: Pa'l ratito. Sí, pa'l ratito deja parte del desayuno; Pa'l ratito, deja la sopa, la gelatina, el guisado, pero nunca posterga su café. 
Antes no me era posible ver, pero la abuela Inés se guardaba un poquito de todo para poder compartir. Deja un poco de comida pero también guardaba sabores, pláticas, consejo, quejas. Sin saberlo, ella me estaba enseñando a tomar piezas, a disfrutarlo todo, pero a siempre separar una parte sólo para mí.


No sé en qué momento fue que aprendí a postergar, Inés lo ve como una mala costumbre pero yo no. Sé que entre tanta listas, rayones y notas voy construyendo/escribiendo una historia que sólo yo podré leer.

miércoles, 6 de abril de 2016

¿ESCRIBIR CARTAS?

Hace días me encontrado una convocatoria el tema parece ser simple, pero yo encuentro una amenaza: Escribir una carta a un escritor del pasado. Mi librero está lleno de autores contemporáneos, personas que sigo en las redes sociales y a quiénes leo. No siempre tiene algo que decir, y eso también, está bien.
Ellos, a los que llaman autores del pasado,  se me imaginan seres rígidos, expuestos en una vitrina con una clara nota: Admírese y tema. Prefiero sólo pensar en el asunto de las cartas, he de confesarlo, siempre he querido mandar cartas a alguien. A quien sea.
Hace años conocí, quizás como el resto del mundo, a un amigo en Internet. Ambos teníamos 12 años y nos encantaba hablar sin fin de nuestro mal sino amoroso. También hablábamos de otras cosas, pero en ese tiempo se nos daba bien sufrir y lo hacíamos con el rigor necesario. Nunca intentamos ser parte de una obra de teatro, pero estoy casi segura que de haberlo intentado lo hubiésemos hecho de maravilla.

Al principio escribíamos correos electrónicos breves. Nos poníamos al día de cómo iban las cosas en la escuela, si fulana lo vio y sólo le sonrió o si yo, por fin, le sonreí a fulano y le hablé. Visto a la distancia éramos súper cursis. El mundo se nos venía encima en un instante y por cualquier cosa.

Con el paso del tiempo los correos comenzaron a ser cada vez más largos. Se presentaron grandes dudas, grandes confesiones. Había un vínculo que ninguno de los dos habíamos podido establecer con nadie más.

Extrañé demasiado cuando nuestros horarios coincidieron y podíamos hablar. La bandeja de entrada dejó de estar llena de nuestros correos. Hubo periodos de silencio. Días que creíamos que no había nada que decir y era mejor no escribir ni un hola.

Yo nunca había sido consejera y mucho menos había pensado en contar todos, o la mayoría, de mis secretos. Quizás la distancia fue el mejor de los aliados.

Cada vez que uno de los dos sale o no puede hacer una actividad por no tener un aliado nos lamentamos, entonces nos escribimos: Hoy estaba en la calle y tuve ganas de gritar una tontería, pero estaba solo y  no puede decir nada. Me hubiera gustado que estuvieras aquí. 

En el momento lo lamentamos, sufrimos lo necesario. Pero después de haberlo pensado mucho confirmamos que la distancia está bien. Que nuestra amistad se ha mantenido por eso, por los grandes huecos, por los días de silencios. Ambos sabemos lo que es ir perdiendo amigos, pero nosotros aún nos buscamos, nos reímos de la simpleza de nuestras quejas.

Quizás no escriba cartas. Quizás nunca reciba una postal. Quizás nunca compre estampillas ni escriba la dirección de alguien  en un sobre, pero sí tengo un amigo con el que intercambio palabras de alivio, dolor e inquietud. Tengo un cómplice que no conoce mi voz, pero sabe reconocer cuáles con mis frases favoritas.


No quiero escribirle a un autor del pasado, porque no obtendré respuesta. Prefiero reservar esas palabras para alguien que conoce mis días, alguien que elegirá las suyas para contarme lo que sea.

domingo, 3 de abril de 2016

DE DIBUJOS Y FALSAS IMÁGENES

Hace un par de días mi hermana dejó sus libros en el piso y tuve que levantarlos. Pude haberlos brincado y asunto resuelto, pero mi curiosidad me obligó a levantarlos. Tampoco pude evitar hojearlos. Todos eran libros de dibujo. Perspectiva, iluminación, técnica. Todos esos temas que a mí no me importan demasiado, que ya no me importan. Todos libros grandes, pesados, llenos de trazos perfectos, excepto por uno. El libro era el más pequeño de todos, casi como una biblia de bolsillo. Pequeño, azul, liviano.

La primera página hablaba de los dibujos de la infancia, de los colores y las escenas recurrentes. El libro me hablaba de un pasado no sólo desconocido, si no también extranjero. Cuando terminé de leer la primera página apenas pude reconocer de esas imágenes de las que hablaba. Yo no recuerdo haber hecho un dibujo de mi familia, y mucho menos presumirlo para recibir piropos de la abuela. Mis abuelas nunca estuvieron cerca ni en mi infancia ni en ninguna etapa de mi vida. Segura estoy de que tuve cajas de colores o crayolas, pero eso de andar dibujando casitas y mascotas para que al final del día alguien las pegara en el refri. No, definitivamente eso no pasó. Siempre he sido mala, pésima en eso del dibujo. Los colores me gustan. Las pinturas me gustan. Le tengo un gran respeto a los artistas, pintores, diseñadores, ilustradores y demás personas que me ofrezcan una imagen que sea capaz de tocar mis fibras. Pero ese libro mentía. Le miente a quien lo toma en sus manos.

Hace poco, poquísimo tiempo, he tenido que regresar a los colores, a las caras y cuerpos deformes. He intentado hacer mi mejor esfuerzo para que mis dibujos se confundan con los de los niños. No ha sido como ir al pasado, no ha sido como algo que haya vivido antes.

Lo pienso y lo creo con toda la firmeza del mundo: Los niños deberían de hacer los manuales de dibujo. Ellos sí tienen una técnica que compartir. No me venden términos complejos e imágenes ajenas a mí. Toman una hoja y ningún espacio los limita. Hay quienes eligen el color al azar. Casi nunca planean qué van a dibujar, sólo se dejan llevar. A veces les digo que no hay correcto o incorrecto, casi siempre lo creo.

Un león verde ahora mismo habita un parque. Niños rojos afuera de un fondo amarillo. Muchos colores. No han usado el color negro. Ya no necesitan usar lápiz para hacer el contorno. No usan rojo para las mayúsculas. Ven algo y quieren dibujarlo. No se detienen a pensar en si podrán. Ellos sólo dibujan.

Podría ver a la distancia los dibujos que ahora habitan el parque y el dichoso libro. Los miraría por un tiempo tratando de fusionarlos, de no separar la técnica y los consejos, pero me sería imposible. Me es imposible. Prefiero los dibujos. Elijo la libertad de crear, la inocencia que no aún no conoce las reglas. La próxima vez que mi hermana deje sus libros en el piso, definitivamente, los brincaré. Le voy a pedir a mi curiosidad que se relaje, que no nos condene a imágenes falsas y me permita ver más allá de lo que mi pasado no tuvo tiempo de construir.

sábado, 2 de abril de 2016

¡Anda, escribe!

Nadie me ha dicho que escriba. No me han ofrecido un pedazo de papel y me han pedido que me queje ahí, que vaya guardando mis memorias. Pero qué palabra: M E M O R I A. Tengo miedo de perderla, más miedo me da que alguien pretenda contar mis historias y que no las cuenten como es debido, tampoco sé a qué me refiero con eso.

Yo puedo decir que hay mucho para contar y que nadie me ha ofrecido un muro para llenarlo con mis palabras, pero podrían darme el muro y ni mi nombre voy a querer escribir.

He estado reclamando ese espacio, que estado diciendo que odio el típico Había una vez, pero no puedo renunciar al Érase una vez. He querido ser más que una vez, más que tres palabras que invitan a querer escuchar. He querido ser el deseo y permanecer.

Nadie me ha pedido que cuente una historia, cualquier historia, sin embargo, yo voy y la cuento. No detengo a la gente en la calle. No rompo internet con una noticia ni siquiera le pido a mis amigos que se queden a escucharme. Yo agarro y la escribo, le borro por aquí por allá, la borro toda, la vuelvo a pensar, la abandono, regreso a ella, dejo de entenderla, sentirla, quererla.

Nadie me ha dicho que hable de un tema en particular y por eso quiero hablar de todo. Las palabras se me junta y las confundo, no las invento, ellas vienen y deciden en qué lugar han de quedarse. Cuando, por fin, encuentra su sitio quiero correr y agradecerles, pero no lo hago, las contemplo, dejo que se queden un rato ahí, sin moverse, sin existir.  Las miro con la distancia que creo deben ser vistas.

Ciertamente nadie me ha dicho: ¡Anda, escribe!; también es cierto que nadie me ha dicho: No, aquí no puedes venir a llenarnos con tus palabras. Estoy sobre la línea que me permite contemplar ambos lugares, estoy perdida o cobijada. Sólo estoy. Tomo las palabras y las dispongo en no sé qué orden, queriendo provocar no sé qué sentimiento. Tomo las palabras antes de que se vayan y no puedan volver a encontrarme.

Escribo rápido, casi con prisa, hay una súplica pequeña para que las letras no se me vayan. Escribo lento, repito tantas veces la misma palabra hasta que siento que no existe, que la acabo de inventar, la abrazo, siento que sólo a mí me pertenece ¿En dónde está mi muro? ¿Quién quiere escuchar una historia? 

Érase una vez... 


viernes, 1 de abril de 2016

FOTOGRAFÍA

Busco, aunque tengo la certeza de que no encontraré otra foto. La única foto que tengo es aquella que tomaron hace cinco años. ¡Cinco años! Es una foto terrible, sólo puedo ver con claridad los zapatos, pero no las caras. Sé que somos nosotros porque estuve ahí, porque recuerdo aquella noche, de otra forma el manchón que es esta foto no representaría nada para mí. 
 No nos gustaban las fotos. Nunca nos importó salvar un poco de nosotros, siempre hicimos lo posible por ir perdiéndonos. Casi lo logramos, si no hubiera sido por este pedazo de papel todo lo que nunca deseamos guardar hoy lo hemos perdido.
 Hace cinco años tenías que decir adiós y por esa suerte de destino nos encontramos. Ahora tenemos lo necesario para comunicarnos, pero no lo hacemos. Recuerdo cuando aún temblaba ante la posibilidad de verte, de escucharte decir ´Estoy bien´.
 Alguien ajeno al grupo tomó la foto. Salíamos del bar, fue una tarde de lluvia y se sentía un poco de frío; eso también lo recuerdo. También recuerdo los pretextos que llegaron uno a uno para alargar la velada, para no pronunciar las palabras que confirmarían que aquella noche nos habíamos reunido para decirte adiós. Muchas veces después de aquel día nos dijimos adiós, pero nunca tuvimos uno tan sincero y real como el de aquella noche de septiembre.
 En la foto no estamos juntos. Descubro que nunca lo hemos estado. Siempre en medio de algo, siempre ingeniando algo para poner un poco de distancia.
 A veces, cuando me vienen pedazos de aquella noche creo fielmente que estábamos juntos, que estuvimos juntos. Pero ahora, en este momento estamos lejos. Es una distancia que no sabe a nada, y que tal vez mañana ya no me importe conservar una prueba de haber coincidido. Ya no pienso en ti con esa firme promesa de no dejarte ir, sólo trato de aclarar tu imagen. Ha sido algo que me ha asaltado de pronto. Tu rostro ya no estaba, y tampoco el rostro de lo que éramos. Ya no me queda más. Ha sido por eso que he buscado una foto. He querido recordar cuál era nuestra expresión. ¿Sonreíamos? ¿Temblábamos a causa del frío? 
 Busco una vez más, pienso que esta foto no puede ser lo único que nos quede, lo único que me diga que un día la gente agarra un camino y no vuelve más.
Hay otros recuerdos que se me mezclan con suposiciones. No hay a quién recurrir, esto que creo que son recuerdos también podrían ser invenciones.
No hay más, por más que busque sólo tengo esta foto y sólo somos eso. Nadie más ha de mirar la foto, los que por error lo hagan no van a entender que estábamos contentos en medio de una noche que no íbamos a repetir. 
La única foto que poseo no dice nada, al igual que nosotros que creímos que las palabras nos iban a durar para siempre. No he podido recordar nuestros rostros, quizás sea mejor que todo se borre, que nos convierta en una anécdota mal contada. 


jueves, 31 de marzo de 2016

Sueño/Pesadilla

Me desperté. Estaba sudando, algo había pasado en mi sueño, porque no era una pesadilla. Las pesadillas suelen doler, llenarte la cabeza de un miedo del que no puedes huir, pero eso que sentí sólo fue una sensación de malestar, también es cierto que me hizo despertar como suelen hacerlo las pesadillas.
He tenido todo tipo de pesadillas desde aquellas de las que despiertas llorando, no un llanto cualquiera, hablo de ese llanto que está cargado de un dolor genuino, y las más simples, ésas que sólo provocan un poco de escalofrío. Nada que distraiga la mente.
Abrí los ojos, aún no amanecía. Dentro del sueño supe que algo andaba mal, terriblemente mal. Salté y al abrir los ojos miré mi mano, justo como lo había hecho segundos antes de abrirlos y reconocer esa sensación de desagrado. Camina entre un grupo de gente, amigos mezclados de toda la vida, rostros y voces que no había dejado escapar y que por alguna razón aquella noche me hacían compañía. Todo el tiempo hubo sol, esa luz cálida de las cinco de la tarde que deja que algunas cosas brillen sin lastimar la vista. Estábamos haciendo un recorrido. Los edificios se mezclaron también, estaban esas casas que nunca he visto, las que siempre he querido recorrer y los lugares en los que he estado. Todo parecía corresponder. Era un día normal el que mi sueño quería imitar, hasta que el grupo tuvo que hacer una fila para avanzar, creí reconocer la silueta de la persona que iba guiándome, digo creí porque todo se fusiona, supe que no era quien yo creía ver por la forma en la que sujetó mi mano. Sí, todos nos tomamos de la mano para avanzar, cuando sujeté su mano sentí que algo no iba bien. Quise cerciorarme, entonces apreté su mano dos veces, no hubo respuesta. La silueta cambio, la voz era la misma, levanté la vista y la luz del sol me deslumbró.
Abrí los ojos. Miraba mi mano, sentí incertidumbre. Mi teléfono sonó. No tuve miedo, la melodía era un aviso de bienestar.
―Casi te quedas dormida, otra vez, dijo la voz.
No hubo necesidad de apretar su mano dos veces. Todo estaba bien.


martes, 14 de abril de 2015

RELATOS SALVAJES

Podrían decirse muchas cosas de estos cortos, pero es mejor mirarlos y dejar que ellos hablen por si mismos. 

RELATOS SALVAJES (2014)
Director: Damián Szifron.

jueves, 7 de agosto de 2014

ESPANTAPÁJAROS-OLIVERIO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo
ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan
seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y
sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de
palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer
terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
.

miércoles, 25 de junio de 2014

FIN DE SEMANA

Ahora mismo tú te asomas por el balcón mientras yo busco el portal para leerte las noticias. Poco a poco interrumpirás mi lectura para darme tu opinión. Después, cansado de no notar nada diferente me pedirás que abandone lo que estoy haciendo y me aliste para salir. 

Tienes una manía extraña. Los fines de semana no puedes permanecer en casa. El mediodía te indica que algo no estamos viviendo y quieres salir de inmediato a alcanzarlo. 

A veces sólo quisiera permanecer en un sitio, pero te es imposible. Te mueves de un lado a otro y soy incapaz de volverte a pensar en el mismo lugar. Quisiera guardar un poco de ti aquí, justo ahora en ese balcón. No dejarte ir, pero te mueves casi como si no quisieras nada más que desaparecer. 

Me pides que me de prisa. Siempre tienes miedo de llegar tarde. Dices que no, pero ambos sabemos que no te gusta que la gente te mire. Te molesta que sea yo la razón por la que el tiempo tiene que ir más lento. 

Buscas una boina que haga juego con mis zapatos, un reloj que te recuerde el momento exacto por el cual atravesamos la puerta y partimos hacia esos planes que has estado orquestando mientras las noticias te indicaban qué lugar evitar, qué comida ordenar.

No quiero herirte nunca con mi ausencia, por eso hábito la tuya. Tomo tu mano y salimos. Me entrego a formar parte del conjunto, me permito estar a tu lado, aún después del atardecer y las horas vacías que dejamos pasar mientras el balcón nos mira alejarnos por la misma calle hacia un juego monótono que siempre nos permite reencontrarnos.

jueves, 5 de junio de 2014

AUTORRETRATOS

El ejercicio es simple, pero no deja de ser complejo: Hacer un autorretrato. ¿Qué problema puede haber con la petición? Sólo se trata de tomar cualquier elemento que permita plasmar mi rostro sobre una superficie, y cuando llegue el momento preciso decir que ésa, la de ahí, también soy yo.
La superficie blanca y un color negro me miran. Esperan por mí y mi primer movimiento, pero me freno, se que no puedo realizar tal tarea. Ni siquiera puedo recordar cómo soy.
Sé lo básico. Tengo un par de ojos, una nariz y una boca. Podría cometer el error y decir: tengo un rostro al igual que el resto de los habitantes del planeta, pero no lo digo. Sé que no es verdad.
Tener que pensarme aquí, justo frente a mí y al mismo tiempo serme ajena. Tener que llevarme a la representación sólo para poder hablar de mí. No, ¡Imposible!

Los autorretratos me parecen un acto que requieren regalarse ante la autocontemplación, por supuesto que se debe tener cuidado de no traicionar a la realidad. Estar enfrente y ser al mismo tiempo el objeto observado. Al final se trata de plasmar lo que se ve, pero ¿qué pasa con todo eso que no puedo contemplar? Me refiero a esos pequeños detalles que estoy segura que pasaré por alto, ¿seguiré siendo yo sin ellos?
La verdad es que más que traicionar mi imagen, tengo miedo de alterarla, perder un poco de mí ante la nueva representación. Ver cómo mis ojos me miran. Quedarme paralizada ante mi reflejo, viéndome siempre al revés. Perderme en la contemplación de lo que soy y no terminar de descubrirme. Cambiarme por lo que creo mirar.
¿Qué pasaría si dejo de ser yo? ¿A qué sitio irían a parar mis ojos o mis pestañas, el desorden que me habita cada día?

Un autorretrato significa, al mismo tiempo, confirmarse y negarse. Resaltar y borrar. Pensar una y otra vez qué es lo que se quiere mostrar. ¿He dicho ‘lo que se quiere mostrar’? ¿Debo dibujar la mueca que oculta el dolor o dibujar el dolor mismo?
Para este terrible acto es necesario saber hasta dónde nuestra mirada nos dice la verdad. Entonces, ¿retratamos lo que vemos o cómo nos vemos?
Después de decidir quien va primero si la representación o el modelo ¿qué debemos hacer? ¿En quién debemos reconocernos?
Examino mi rostro y mi cuerpo ante el reflejo en el agua. Pienso que así es como me gusta. Nada claro puede apreciarse. Lo indeterminado se traza frente a mí. Pienso que es un acto puro que me muestra lo que soy en realidad. Por fin puedo mirarme sin miedo a perderme.

El reflejo de un espejo resalta lo grotesco, lo que hiere. Busco debajo de la cama el color más cálido para el dolor de mis ojos. Trazo una línea. Cierro la boca y callo todo el dolor. Ante mí un autorretrato, ante él un momento de sinceridad. 

miércoles, 21 de mayo de 2014

Sin título #1

—Otro día más, susurra. Yo no quiero voltear a ver su cara. Me cubro la cara con la chamarra y espero que el amanecer llegue. Todo lo que nos queda es esperar.
   Los ruidos de la calle desaparecen gradualmente. Aquí adentro el encierro es doble. No quiero verlo y mucho menos escucharlo.
   Regresemos el tiempo y veamos qué cosas ya no podrán regresar a su lugar.


Sólo es cuestión de ver nuestras caras, que alguien nos muestre la fotos y vayamos directamente a la hora de las aclaraciones.
   Acudir despacio y sin expectativas. Dejarse llevar por la gente y su máscara. Pedir un trago morado y esperar que la realidad comience a saber divertida.
  Tomar una mano inocente y no dejar que se marche nunca. Dejar caer todo nuestro miedo y sacudirse las reglas.
   Reconocer rostros y voces. Acudir a ellos en busca de una historia entretenida y observar falsas sonrisas, fotografías de la familia con la que no sueñas, esa con la que te has empeñado en alejar.
   Mueves tus fichas y cambias las que no necesitas. El juego parece divertido hasta que las confidencias dejan de serlo.
   Palabras cálidas, palabras pesadas y agobiantes. Un amor no declarado llega a la pista y te mueres por cambiar de pareja, justo antes de que alguien más te diga cuánto tiempo lleva esperando encontrarte.
  Luces que te hacen desviar la mirada. Música perfecta para alejarte brincando y haciendo crecer la esperanza de que al final de la pista seas capaz de regresar.
  Las pisadas de los otros me anuncian el amanecer. Es el momento en el que todos nos damos cuenta de que es tarde para irnos y demasiado pronto para despedirnos.
             

Él se mueve, pero no abre los ojos. Supones que duerme profundamente. Quieres salir de la habitación, de este momento frío y solitario.
   Un quejido largo y estridente obliga a todos a abrir los ojos, aún cuando estás segura que puedes permanecer ahí hasta que ya todos se hayan esfumado.
  Un abrigo te cubre, unos pasos se alejan. No hay palabras de intercambio, nada que indique que debes esperar el regreso de nadie.
  Son tus pasos lo único que se escucha dentro del cubo de las escaleras. Es tu respiración agitada y el sol clavándose en tus ojos, el son de tu retirada.
  Música suave te llama. Música de un compositor anónimo que te busca y salta entre los hombres de las calles. Alguien podría estarte llamando, pero te es imposible escucharlo.

sábado, 19 de abril de 2014

EVITAR CALLES O LLENARSE DE ILUSIÓN



Siempre a la misma hora tengo la impresión de que en algún lugar estás esperándome. Te imagino en la misma silla de siempre detrás del periódico riéndote de la tanta insensatez. De vez en cuando miras el reloj y buscas, entre la gente que pasa, mi rostro. No haces ningún tipo de mueca, no tienes una cara especial que indique que estás esperando encontrarme. Simplemente miras lo que hay a tu alrededor. No esperas nada. En cambio tú deberías mirarme entrar en este estado de pánico y felicidad. La boca se me seca y las manos sudan. Pienso que hoy tendré suerte. Hago las cosas bien y con mucho cuidado para no dañar tu recuerdo. ¿Era está la calle? Eso no importa, basta que en mis recuerdos elaborados te piense en esta calle esperando abordar algún autobús, dirigiéndote a cualquier parte, pero siempre con la intención de ir a mi encuentro. 

Sólo a veces yo también quiero coincidir contigo. Camino por las calles que alguna vez transitamos juntos, pero se caen de ordinarias. Pienso que bien pudiste caminar por aquí un día cualquiera que ibas a ningún destino en particular. Otras veces, y en las que me convierto en una creyente ferviente y espero que al dar la vuelta estés en la parada. 

Imaginarte es tan fácil que hubo un tiempo en el que evite por completo una gran avenida. No me importó caminar varias calles para rodear el lugar. Ahora lo sé, tenía miedo de encontrarte. Temblaba cada vez que la luz roja me sorprendía y no había ningún remedio más que el de permanecer ahí. Por segundos lo único que me habitó fue el pánico. Un pánico especial, uno que me recordaba detalles, que me sacaba una que otra sonrisa. ¿Y si te hubiera encontrado parado esperando para poder avanzar? ¿Qué nos hubiéramos dicho? 

Sólo puedo pensar que tú sí me hubieras encontrado. Tú sí me hubieras visto una y otra vez doblar la esquina, detenerme a mirar antes de cruzar la calle, riendo ante el mal clima. Tú sí, pero yo no. 

Poco a poco caminar se ha convertido en evitar calles, en llenarse de ilusión, en nunca perder la esperanza de que un día la fantasía sea realidad, de que la sombra desconocida sea un cuerpo conocido. Caminar y esperar.

miércoles, 9 de abril de 2014

Caída Libre

Estirar la mano y no sentir nada. Escuchar cada uno de mis movimientos, identificarlos con un color. Ante mí una paleta de sabores. Afuera la gente sigue moviéndose, lo sé porque puedo escuchar los ruidos de la calle, pero no me molesta, ya no me invitan a levantarme,  a salir y averiguar qué anda mal.  Me muevo dentro de la cama buscando una postura que no moleste, que me permita seguir con los ojos abiertos en otro sitio.Vuelvo a soñar lo mismo. ¿Cuántas veces se puede soñar con lo mismo?

 Mis pies flotan sobre una hoja de papel. Puedo ser yo o cualquiera la que viste de azul y se pierde en el cielo. Un sonido dentro de la casa hace que me mueva, me invita a despertar, pero no quiero, me siento y eso me basta.  Mis abrazos son alas de mosca que me llevan a probar cada detalle del mundo. Soy una mosca golosa que sólo se posa sobre lo que le gusta.

Mis alas se extienden, estiro mis patas quiero que mis huellas se impregnen en el sabor de las cosas.
Soy papel y mosca. Soy mosca dentro de mis sueños. Soy el papel que he postergado. Soy un sueño cotidiano. Soy de papel. Soy una mosca de papel.

La hoja de papel sobre la floto comienza a moverse cada vez más rápido y cambia de dirección de manera arbitraria. No hay sonido. No hay un sitio al cual dirigirme. Me dejo llevar y mis alas desaparecen. Mis brazos arden  al contacto con el viento. La hoja comienza a romperse.  Ya no floto.  Voy en caída libre.

Lo normal es que para este punto tiemble de miedo, que grite o intente salvarme, pero por el contrario yo quiero saber cómo acaba este sueño repetido, a dónde ha de llevarme esa caída. 

Un punto negro aparece en la muñeca de mi brazo izquierdo. Cierro los ojos, el azul del cielo desaparece. Mi peso no importa. El impacto será equivalente a la sorpresa del lugar que me reciba.

Es el ruido del primer mundo el que me indica que el sueño ha terminado. Son las luces del día los que no me dejan ver que un punto se convierte en línea debajo de mi piel, una línea que más tarde seguiré, más tarde cuando las luces y los sonidos no cuenten como realidad.


El sueño inicia y termina de la misma forma cada noche y cada despertar busco el punto debajo de mi brazo, pero no crece no avanza. Salgo de la cama, sigo la línea punteada que me lleva a todas partes, la que me permite rodear cada detalle. 

Ya no hay hoja de papel. No hay alas de mosca. Todo es caída libre. Un sueño repetido. 

viernes, 21 de marzo de 2014

De mi poemario Bestiario, ganador de 2do. Lugar en en la categoría de Poesía en el XIV Premio de Filosofía y Letras 2013.


KINKAJÚ


Y detrás de cada pesadilla: un mono nocturno.
Amarillo marrón que amenaza en convertirse  tormenta.
Ser de hábitos comunes,
hábil trepador,
contorsionista, devorador de flores.
¡Vamos!, salta de esta pesadilla
limpia tus culpas,
ve, busca el fruto.
ése que no se amarga en tu boca,
estírate,
redes cazadoras,
busca la selva madriguera donde reptarás durante el día.

Mono diminuto, temible monstruo,
kinkajú,
detrás de tu nombre el enigma:
en medio del azabache de tus ojos;
la luz de terror.



MANIACTUS

El maniactus no posee arco ni garras. Observa a sus presas, les hace saber que está presente en todo momento. No se mueve con sigilo ni se oculta. Nunca muestra sus dos caras, pues le gusta confundir al enemigo.
Con sus más de trescientos y diminutos ojos amarillos registra cada movimiento, no hay ruta que no conozca, ni rumor o burbuja que no perciba.
El maniactus es un ser solitario, sin forma fija. Lo mismo da que vista de gris o de rojo, si su pelaje es largo o corto, ya que nadie puede dejar de ver sus temibles ojos amarillos.
Desde la soledad de su nido se teje con sus propios brazos un manto que nunca lo ha de cubrir del frío. 

domingo, 23 de febrero de 2014

¡Ya no quiero volver a soñar!


El perro me mira desconcertado, y sé que tengo miedo, mucho más que él. Su respiración me parece más acelerada, casi violenta. La recámara se ilumina con las bombas que anuncian la fiesta de la iglesia. El perro llora y yo trato de calmarnos. Quiero que el sol salga y nos caliente un poco. Quitarme la duda. Salir corriendo y asegurarme de que aún está todo ahí, justo en el sitio donde lo he dejado meses atrás.

La respiración del perro inunda la habitación. Llena cada parte y las imágenes regresan a mi mente. Las manos me tiemblan y tengo mucho miedo. Los sueños no sirven para nada, pienso. Lo único que quiero es olvidar. Sí, cerrar los ojos y borrar esta nueva preocupación. A partir de este momento renuncio a los sueños, me repito. Ya no quiero ver todos los colores juntos ni formas diferentes e inexistentes. Deseo borrar todo, pero mantener la calma. ¡Ya no quiero volver a soñar! No me importa nada. Quiero arrepentirme más adelante, pero dejar de ver rostros que me abandonan, dejar los sueños atrás y mantener la pantalla en negro sólo por algún tiempo. 

El perro mantiene fija su mirada en mí y no puedo tranquilizarme. Tengo tanto miedo de que este sueño se convierta en una certeza. A nadie le gusta andar husmeando en el futuro. Nadie tiene tiempo para vivir con el remordimiento.

Salgo de la cama. Extiendo las sábanas y vuelvo a acostarme. Trato de regular mi respiración. Cierro los ojos. Trato de no pensar en nada. Cuento hasta quedarme dormida. Me doy vuelta y el perro se despierta. Respira fuerte y largo, sé que es su forma de quejarse. Durante el resto de la noche nos turnamos para interrumpir nuestros sueños, nos permitimos asegurarnos de que cada ladrillo, libro, sonrisa siga en su sitio.

jueves, 6 de febrero de 2014

MEGAGATO


MEGAGATO

Mamífero que no responde a la gravedad, es capaz de adoptar cualquier forma y color.

En las noches de luna llena se posa enfrente de ella provocando mareas altas, alterando la hora y el orden de los viajes. Le gusta provocar espejismos y comer estrellas mientras los solitarios dan paseos circulares. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

BESTIARIO

De mi poemario Bestiario, ganador de 2do. Lugar en en la categoría de Poesía en el XIV Premio de Filosofía y Letras 2013. 


MOSCA
Este no es tu sitio
ni tu espacio.
Miles de veces el mismo lugar invadido,
zumbido infinito.
Alguien debería darte un trozo de pan,
eterna queja alada.
Todo el espacio es tuyo,
Diminutas marcas negras delatan tu atropello.
Retrocedes y el tiempo te pertenece,
nace dentro de ti algo efervescente,
rebasa tu cuerpo
y nos salpica a todos.
Ira alada,
 atraviesas,
irrumpes cada centímetro,
tus marcas están sobre todas las cosas.
Nada te pertenece,
deseas todo para ti,
incluso lo que no ha sido creado.

Quisiera responder sólo ante  el estimulo de la seda sensorial,
posarme con libertad,
estirarme encima de todos,
ir destapando cada poro,
rellenar los huecos
y agitar,
ver volar a todos
los miles de zumbidos siguiéndote,
venerándote,
preparando el cañón que te borrará.

Quisiera estirar tus alas
hacerte parte de mi colección.




LA PULGA

Ni el manto de tu madre nos mantendrá a salvo.
Siempre te perseguirá tu estirpe,
padre de tus sobrinos,
has condenado a que se repliquen generaciones
todas las voces serán iguales
y ante el espejo la ansiedad.
El terror será tu única recompensa,
trotador de mundos femeninos para siempre fecundados.

Ante ti caerán todas las leyes,
que vengan todas las voces en un solo reclamo,
que vengan y exijan tu cabeza,
tú, el que nunca conocerá la luz,
el por siempre no nacido.

Ansiedad y quebranto, tu legado
de suciedad y lamento,
brinca, brinca, permite que tus hermanas se alejen,
y dentro la historia
del infinito que respira
la eternidad. 

Ivonne Vira 

domingo, 29 de septiembre de 2013

ASÍ NO SE TOMA UN LIBRO

A mi lado un niño lee, bueno en realidad deletrea. Me hace recordar viejos y dolorosos tiempos. ¡Pobre niño!

Lo veo y pienso en mí. Hoy puedo sin ningún problema leer un libro completo, devorarlo, después ir  a la búsqueda del siguiente, y el siguiente. Ese es un camino que no tiene fin.

Miro al niño y no puedo dejar de pensar en lo difícil que eran antes las palabras. Unas largas, larguísimas y casi incomprensibles. Mundos perfectos y lejanos venían a mi mente cuando una ene incomprensible me llevaba lejos, y una vocal traicionera con cara de a que siempre amenazaba con sonar como o. Yo deletreaba, leer, nunca. Era un sueño que creí inalcanzable.

La señora que martiriza al niño lo amenaza, le da un libro. ¡Demonios! ¿Es esa la biblia? Me muevo, hago acrobacias y compruebo que no, no es la biblia, y por más que me estiro, no logro ver nada, no sé con qué bloque pretende iniciarlo en la lectura.

Lo que veo es un libro enorme, sin ilustraciones, letra diminuta que ni en mis peores pesadillas llegaría a imaginar. Realmente se ve pesado, se le resbala de sus pequeñas manos. "Así no se toma un libro" lo regaña. 

Que alguien venga y le dé un golpe a esa señora que insiste en que el niño lea en voz alta. ¿Aquí, en medio de tanto adulto desconocido? ¿En serio?

El niño deletrea en voz baja, bajísima. Le señora le reclama porque no se le entiende nada. Por supuesto que no se entiende nada. Yo le hago gestos al niño y se ríe. Quiero llamarlo y decirle que  esos garabatos no son sus enemigos, que a su edad yo tampoco podía ni quería leer. Deseo compartir con él que por algún tiempo será una pesadilla, un juego atroz,  pero un día, lejos de la mirada de esa señora, lejos de nuestros oídos y esos ¡librotes!, por fin encontrará uno que reclame ser leído. Uno que esté tan solo como él y sin las exigencias de nadie, sólo así podrá leer libremente, pero no aquí enfrente de mí y en medio de tanta humillación.


Lejos de mi ensueño el niño regresa la mirada al libro, pasa las páginas más aburrido que enojado. La señora me mira y yo, después de verlo sufrir, le pregunto si quiere escuchar una historia. La señora me vuelve a mirar un poco asustada y el niño asiente animado. Comienzo mi relato, le confieso que yo leo libros para niños y ambos me miran incrédulos. Al final del relato le hablo de esas cosas raras llamadas bibliotecas públicas y la que pone cara de susto es la señora, pero yo le sonrió, le dedico la blancura más macabra que he venido reservando desde mi primera lectura. Pienso en ella, en la señora ¿será que volverá a señalar y sacar libros, obligará otra vez al niño a leer? ¿En voz alta, en público? ¿Volverá a disfrutar de esa malicia? Yo quiero que la señora se acuerde de mí, que nunca olvide este día. El niño me escucha y me pregunta por ese señor que escribe como si fuera un niño.