Y yo que no era fan del
terrible hubiera, ahora no puedo negarlo. Me rindo ante él y pido disculpas. Me
arrepiento por tantos años de vivir en medio de la contradicción. Realmente me
arrepiento.
Veo al hubiera rosando mis huesos y no puedo dejar de
pensar en todas esas posibilidades que antes dejé pasar. Me siento a meditar en
eso que se fue y que ya no regresará. ¿Será que puedo pedirle que me perdone?
¿Lo haría, de verdad me daría una oportunidad?
Trato de imaginar si ahora seríamos un amasijo de dulzura
o cualquier otra cosa irreal. ¿Cómo saberlo o tratar de suponerlo? ¿Cómo? Las cosas cambias y el soplamocos es
inminente. ¡INMINENTE!
―Disculpe, le juro que no lo vuelvo a hacer― pero el señor Hubiera no me
mira. No me escucha.
Me deja ver un rostro con la cara maquillada. Algo a lo
lejos que puede ser cualquier cosa, un tigre, un león, un gato o un niño que
nunca creció. Sigue a lo lejos, de pie a un lado de sus padres, de su familia a
la que nunca ha negado. No sé si yo hubiera cumplido con los requisitos para
ser parte de la foto.
― ¿Señor, usted cree que yo hubiera tenido una oportunidad?― no me
contesta. El silencio lo gobierna. El viento sopla fuerte, insiste en llevar mi
cabello de un lado a otro y no puedo controlarlo.
― Señor por favor, no me mire así. Le pido que no me mire de esa manera.― Le
suplico una última vez, pero no me mira, no se mueve. Comienzo a caminar lejos
de él. Cierro los ojos. No hay más preguntas.
Me rindo ante el esplendor y la vanidad del hubiera. Me
entrego a él como si fuera lo único de lo que puedo vivir, y me voy pensando en
los nuevos lamentos que esto me provocará. Me duele todo con sólo pensarlo y lo
disfruto.
Alabado sea el hubiera. Alabado sea.
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